7 de marzo de 2012
Yo no soy aquél
Yo no soy aquél poeta
que se mojó en los calzones
por meter mano en palabras húmedas
y líquidas mientras soñaba.
Yo no soy aquél que te excita,
o que te sumerge en una lengua erecta
para que despiertes manchada
de los pecados que abrieron tus piernas.
Yo no soy la parvedad de un orgasmo
que se construyó de engaños
jamás convencidos de su pertinencia
ni la penetración dolorosa
o la perversión extramarital
o el himen avergonzado
por olvidar tan pronto.
Yo no soy el fuego que habita
en la cavidad del entrepierna,
la llama color de la carne
que gotea cera derretida
del cirio prohibido.
Yo no soy aquél
que destrozó tus enaguas
e hirió tu sexo
y con tu sexo mi nombre.
Yo no soy aquél poeta
que se mojó en los calzones
por meter mano en palabras húmedas
y líquidas mientras soñaba
con la mujer de otro.
-Omar Tiscareño-
4 de marzo de 2012
Antípodas
¿Y si ya no regresa?
Imaginé que como ella es fuego y como en mis labios quedaron boceras de cenizas, entonces ella es una llamarada que se consume y resucita, no agotada sino auto-fulminada, como un terrible quemafuegos.
Esa palabra me gusta para ella: quemafuego.
Y yo que había jurado ahogarme entre su flama este día. Sí, ahogarme, porque era un fuego líquido -tantísimo erotismo-. Soñaba que me ahogaba en su saliva, que era tibia, y que su lengua entumecía mi boca con su lengua pez de hielo. Era una lluvia de besos, una mojalluvia.
Ella era magia, materia clara, una vez hizo que lloviera para arriba e inundó ese vacío que esa allá donde no se pisa. A veces me soplaba en las heridas, así me curó de los miedos. Olía a menta mascada, a semillas de limón chupado, o a caramelo quemado cuando no lavaba su boca. Su respiración en mi oído son corrientes de aire fresco, secretos que me hacen cosquillas, agua helada que toca mi espalda haciéndome propagar el granizo por mi cuerpo.
También le sopla a las piedras como tratando de animarlas. Un día encontramos una que ella creyó fruta disfrazada, la quiso masticar; rompió su muela cual roseta de maíz. Desde ese día entendimos que las piedras son peligrosas y que no se les debe de incitar la gracia. Por eso ahora, cuando jugamos a herirnos en el sexo, ya no roe mi pecho (piedra blanda) ni yo sus ojos (canicas de topacio).
Antier se fue. Le gusta ir al mar a hundirse hasta muy lejos, hervir el agua; soplarle al sol y refrescarlo, hacer que llueva agua de eucalipto; le gusta, sobre todo, despejarse de mí porque para mí ella es toda vanagloria. Voy siguiendo en mis impulsos un íntimo secreto, que ella conoce bien, es que no puedo tolerar que salga un fin de semana sin mí.
Imaginé que como ella es fuego y como en mis labios quedaron boceras de cenizas, entonces ella es una llamarada que se consume y resucita, no agotada sino auto-fulminada, como un terrible quemafuegos.
Esa palabra me gusta para ella: quemafuego.
Y yo que había jurado ahogarme entre su flama este día. Sí, ahogarme, porque era un fuego líquido -tantísimo erotismo-. Soñaba que me ahogaba en su saliva, que era tibia, y que su lengua entumecía mi boca con su lengua pez de hielo. Era una lluvia de besos, una mojalluvia.
Ella era magia, materia clara, una vez hizo que lloviera para arriba e inundó ese vacío que esa allá donde no se pisa. A veces me soplaba en las heridas, así me curó de los miedos. Olía a menta mascada, a semillas de limón chupado, o a caramelo quemado cuando no lavaba su boca. Su respiración en mi oído son corrientes de aire fresco, secretos que me hacen cosquillas, agua helada que toca mi espalda haciéndome propagar el granizo por mi cuerpo.
También le sopla a las piedras como tratando de animarlas. Un día encontramos una que ella creyó fruta disfrazada, la quiso masticar; rompió su muela cual roseta de maíz. Desde ese día entendimos que las piedras son peligrosas y que no se les debe de incitar la gracia. Por eso ahora, cuando jugamos a herirnos en el sexo, ya no roe mi pecho (piedra blanda) ni yo sus ojos (canicas de topacio).
Antier se fue. Le gusta ir al mar a hundirse hasta muy lejos, hervir el agua; soplarle al sol y refrescarlo, hacer que llueva agua de eucalipto; le gusta, sobre todo, despejarse de mí porque para mí ella es toda vanagloria. Voy siguiendo en mis impulsos un íntimo secreto, que ella conoce bien, es que no puedo tolerar que salga un fin de semana sin mí.
3 de marzo de 2012
Te regalo un beso y una araña (poema y FF)
Un beso
Déjame lamer tus comisuras,
pelliscar con mis dientes las paredes de tus labios,
dejarte heridas como boceras.
Píntame de tu sabor con el sudor de los labios,
materia líquida adherida a mi carne
Déjame mojar ese desierto coarteado
-tierra caliente que agrieta la sensasión-.
hala con tu hadeo mi alma
tu aire en mi boca son hilos
invisibles que anudan adentro
-Omar Tiscareño-
La araña
Déjame lamer tus comisuras,
pelliscar con mis dientes las paredes de tus labios,
dejarte heridas como boceras.
Píntame de tu sabor con el sudor de los labios,
materia líquida adherida a mi carne
Déjame mojar ese desierto coarteado
-tierra caliente que agrieta la sensasión-.
hala con tu hadeo mi alma
tu aire en mi boca son hilos
invisibles que anudan adentro
-Omar Tiscareño-
La araña
Se priva de su libertad. No sale de la esquina, ángulo estratégico de tres paredes para los cimientos. Su choza son palabras que se hicieron hilos, espera o aguarda estática como la piedra. Moscas viajeras enredan sus alas y las quiebran por el movimiento brusco de su intención de escapar. Estas desdichadas culpan a la araña pero son ellas quienes eligieron volar a lo prohibido.
El veneno de la araña -de las más peligrosas, de las ambiciosas que van tras cuerpos más grandes- puede ser curada. Se atiende, se trata con diligencia. Pasado el tiempo, la araña, vieja embustera, escupe saliva superflua y la sangre se hace inmune, la ponzoña da cosquillas en las venas.
La araña muere sola, enraizada en su propia tela. Pisa las trampas que procuró para otros, el hilo se distiende y se queda sin capital para invertir en carretes(porque las palabras no son suyas y las tiene que comprar). Yace envenenada de su propia saliva, mentiras húmedas que por no usarse inundaron sus pequeños pulmones.
-Omar Tiscareño-
26 de febrero de 2012
Baila, por qué no
Me gusta que los niños bailen, ¿ a ti no?.
¿No te parece que así debería de ser el baile?; inocente, descompasado, de improvisto.
A lo mejor no estarás de acuerdo porque ahora es una disciplina, en ocasiones, claro; porque el baile es convencional; porque te ves ridículo cuando bailas con la chica más sensacional de la fiesta, es decir, imagínate:
Los de contabilidad se graduaron (bailongo seguro), digamos que hipotéticamente alguien te invita al festejo porque uno de los invitados no pudo ir. Démosle más forma, digamos que Antonio te invitó a la graduación de Eva porque César no pudo ir por estar con Yosa. Sigamos imaginando. Las primas de Antonio son bonitas, bailan muy bien y... están solas, sentadas, sin bebidas. A Antonio, ingenioso, se le ocurre salir a bailar.
Ya no me quiero imaginar el resto, la verdad es que me incomoda pensarlo. Tú puedes terminar la historia mejor de lo que a mí se me ocurre, tienes que tomar en cuenta de que eres sordo de un pie (como dice Mimí), que tienes pánico escénico, y que te da algo así como disfemia en tus piernas flacas.
Una marioneta de cobre moviendose rápido sin aceitarse.
Por eso me gusta que los niños bailen. Que se rían cuando brincan, que se pisen los pies mutuamente o que les den cosquillas cuando se tocan los costados.
La otra vez te vi bailando, a mí no me engañas, sé que preferirías quedarte bebiendo y reírte de quien sí se anima, es porque dentro de ti imaginas que puedes ser tú y te ríes de ti (todos nos reímos de nosotros intimamente, no te preocupes).
Para deslindarme de todas esas mofas que en ocasiones recibo, yo sólo me tranquilizo y les digo: "Es que a mí me enseño a bailar Airam. Me enseñó a disfrutar de que estoy bailando, pero nada más eso"
19 de febrero de 2012
Las malas prácticas
La amarro, luego la desamarro, enredo y desenredo el listón de su frente.
Voy enredando sus pasos para que ya no camine; trenzo la ruta de sus huellas y
las desubico del suelo hasta confundirla; evoco su destino y tuerzo su ruta
pero nunca me encuentra.
La cuelgo, luego la recuesto. Rezo todos los días con ella, invento letanías que describan su cuerpo; procuro que la inocencia no se deshilvane de sus ojos para que me siga mirando; la tejo con doble retazo.
Camino con ella. Le platico las cosas que no sabe, las cosas que no le interesan o una que otra palabra romántica que nos intimide. Somos el cielo rojizo de todos los días, somos las hojas caídas, somos todo lo transparente.
Lloro de solo verla. La encuentro en la desolación, me mira estática como un axioma que no quiere ser explicado, me dogmatizo. Es materia prima para el calor de mis manos, con una la detengo, con la otra me detengo yo. Se estiran hilos de miel blanca que caen al suelo.
Salen los del otro lado del espejo a reclamar su nombre. Ella es la par de la nada. No es la negrura que juega en el piso -que surge desde un talón-, tampoco la estampa del agua que danza a ritmos descompuestos; es la sinagoga de un mechón de cabellos, el orbe del fetichismo construido con un par de objetos olvidados.
Te miro; te descuencas a embaucar mis ojos falaces. Estás tan lejos. Se invoca la congregación de mi cuerpo, cada órgano pulula a su conveniencia: la sangre me recorre como serpientes provocadas, mi oscuro cerebro se hincha de creencias y deidades, el resto de mi cuerpo se rige por la pasión de mi vista que se sugestiona con la realidad. Tú eres como un acto brusco, eres la espesura que rehúsa mi tacto, eres, también, motivo de mi enfado, pero dime qué sería de ti sin la vigilia de este ciego que ilumina a intermitencia tu camino.
Por eso la amarro con un listón en la frente, quisiera ya no desamarrarla para mejor amarrarte a ti. Me bebo la sangre, me parto el corazón, aún te ofrezco la tajada que no quieres. Rasco tus piernas y les entierro espinas, quiero guiarte a mi camino. Hago un ojo sobre ti y te nombro por mucho tiempo.
-Omar Tiscareño-
La cuelgo, luego la recuesto. Rezo todos los días con ella, invento letanías que describan su cuerpo; procuro que la inocencia no se deshilvane de sus ojos para que me siga mirando; la tejo con doble retazo.
Camino con ella. Le platico las cosas que no sabe, las cosas que no le interesan o una que otra palabra romántica que nos intimide. Somos el cielo rojizo de todos los días, somos las hojas caídas, somos todo lo transparente.
Lloro de solo verla. La encuentro en la desolación, me mira estática como un axioma que no quiere ser explicado, me dogmatizo. Es materia prima para el calor de mis manos, con una la detengo, con la otra me detengo yo. Se estiran hilos de miel blanca que caen al suelo.
Salen los del otro lado del espejo a reclamar su nombre. Ella es la par de la nada. No es la negrura que juega en el piso -que surge desde un talón-, tampoco la estampa del agua que danza a ritmos descompuestos; es la sinagoga de un mechón de cabellos, el orbe del fetichismo construido con un par de objetos olvidados.
Te miro; te descuencas a embaucar mis ojos falaces. Estás tan lejos. Se invoca la congregación de mi cuerpo, cada órgano pulula a su conveniencia: la sangre me recorre como serpientes provocadas, mi oscuro cerebro se hincha de creencias y deidades, el resto de mi cuerpo se rige por la pasión de mi vista que se sugestiona con la realidad. Tú eres como un acto brusco, eres la espesura que rehúsa mi tacto, eres, también, motivo de mi enfado, pero dime qué sería de ti sin la vigilia de este ciego que ilumina a intermitencia tu camino.
Por eso la amarro con un listón en la frente, quisiera ya no desamarrarla para mejor amarrarte a ti. Me bebo la sangre, me parto el corazón, aún te ofrezco la tajada que no quieres. Rasco tus piernas y les entierro espinas, quiero guiarte a mi camino. Hago un ojo sobre ti y te nombro por mucho tiempo.
-Omar Tiscareño-
16 de febrero de 2012
La cuerda
Voy enredando los hilos que se me dispersen. Voy haciendo nudos, unos grandes otros no tanto. Voy escribiendo lo que digo para que no lo olvide. Tenía un buen plan y un buen cuento; quería contarte cómo es pero ya no lo siento.
Me juegan un juego tarugo, les digo que sí para que se alegren.
Era algo así como mi familia, eran cerca de diez-. Me llamaban por un nombre y yo les respondía con otros. Él me abandono y no sé quien es. Me quedo varado en el agua, me miro en el reflejo y no me recuerdo.
--Lo veo con dos, lo ato con tres; le hago nudos, enredo sus pies.
Canto como sólo yo sé y se pierde en el agua el sonido. Voy juntando las piedras, las dejo en el mismo lugar. Camino cerca del agua y me agrieto por dentro. Remojo la sal de mi boca y le escupo la cara, me engañan con agua de Mara.
El loco me sigue siguiendo, le miro a los ojos para que se enfade.
Quieren enredarme a mí, quieren amarrarme los brazos.Corro para que no me alcancen, me esperan del otro lado, me agarran con muchos lazos. Les dejo mi cuerpo doliente, me voy y no dicen nada.
--Me duermen con agua de brujo; con sangre los pinto y dibujo.
La carne se me hace liviana, la cuerda se estira. Voy haciendo nudos, unos grandes otros no tanto. Amarro al aire de mi garganta. Te miro, con tres te miro. Te cuento un cuento que ya no recuerdo.
-Omar Tiscareño-
13 de febrero de 2012
La ida (Edgar)
I
El aire me quema por dentro, Edgar, la tristeza se me estira hasta la vientre y me arde, la siento tan hueca. Mis sueños de verte crecer se me ahogan en la garganta y mi ser es un reducto de carne vacía.
Se me van despacio las ganas de vivir; mi sonrisa se tuerce y mi alma se deshilvana, es peor que llorar. Edgar, ahora podrías deconstruir lo que pienso, porque puedes, pero no vas encontrar nada, quizá sólo la suspención de mi gracia. Es la maldita miseria de tu muerte.
II
Puedo decir lo que sucedió porque ya no me duele decirlo. Éramos tan jóvenes y tan profundamente solitarios. Estábamos ahí sólo Pablo y yo, supuestamente normales. Edgar arriba, atípicamente callado. Pablo subió al baño y lo encontró caído. Gritó -el aleteo de avizpa en su pecho-, yo preparé el protocolo común de una convulsión. Marqué a mamá.
Ya había muerto, pero todavía no lo entendíamos -éramos tan jóvenes-. No supe qué hacer, empujé su pecho con mis manos juntas -con las que oraba-, golpeé su rostro con mi palma -con la que me persignaba-; lo besé en los labios e intenté llenarlos de aire, aire puro que se llevaron los rezos que ya no volveré a decir. Sí, besé a mi hermano en los labios porque pensé que lo llenaría de vida. Tal vez fui el primero en darme cuenta que ya había muerto, comencé a llorar en silencio. Pablo salió de casa a buscar ayuda -porque estábamos tan profundamente solos-.
El aire me quema por dentro, Edgar, la tristeza se me estira hasta la vientre y me arde, la siento tan hueca. Mis sueños de verte crecer se me ahogan en la garganta y mi ser es un reducto de carne vacía.
Se me van despacio las ganas de vivir; mi sonrisa se tuerce y mi alma se deshilvana, es peor que llorar. Edgar, ahora podrías deconstruir lo que pienso, porque puedes, pero no vas encontrar nada, quizá sólo la suspención de mi gracia. Es la maldita miseria de tu muerte.
II
Puedo decir lo que sucedió porque ya no me duele decirlo. Éramos tan jóvenes y tan profundamente solitarios. Estábamos ahí sólo Pablo y yo, supuestamente normales. Edgar arriba, atípicamente callado. Pablo subió al baño y lo encontró caído. Gritó -el aleteo de avizpa en su pecho-, yo preparé el protocolo común de una convulsión. Marqué a mamá.
Ya había muerto, pero todavía no lo entendíamos -éramos tan jóvenes-. No supe qué hacer, empujé su pecho con mis manos juntas -con las que oraba-, golpeé su rostro con mi palma -con la que me persignaba-; lo besé en los labios e intenté llenarlos de aire, aire puro que se llevaron los rezos que ya no volveré a decir. Sí, besé a mi hermano en los labios porque pensé que lo llenaría de vida. Tal vez fui el primero en darme cuenta que ya había muerto, comencé a llorar en silencio. Pablo salió de casa a buscar ayuda -porque estábamos tan profundamente solos-.
11 de febrero de 2012
Cecilia Bartoli en el Teatro Olimpico Vicenza, "Seguidilla" (letra)
Cecilia Bartoli interpreta una seguidilla ("Cerca de las murallas de Sevilla) de Georges Bizet de su obra Carmen.
(descaradamente mira a don José,
que gradualmente se aproxima a ella)
Cerca de las murallas de Sevilla,
a la taberna de mi amigo Lillas Pastia,
iré a bailar la seguidilla
y beber manzanilla,
¡En la taberna de Lillas Pastia!
Sí, pero me aburro cuando estoy sola,
y el placer llega
cuando dos están juntos;
así, para tener compañía,
¡me llevaré a mi amante conmigo!
(riendo)
¡Mi amante...
lo mandé al diablo!
¡Ayer lo eché a la calle!
¡Mi pobre corazón,
fácil de consolar,
mi corazón es libre como el aire!...
Me rodean amantes por docenas,
pero de mi gusto no son.
Llega el fin de la semana:
¿quién me amará?
¡yo lo amaré!
¿Quién quiere mi alma?...
¡Aquí esta para tomarla!...
¡Has venido en el momento justo!
No podré esperar mucho más,
pues con mi nuevo amante,
cerca de las murallas de Sevilla,
a la taberna de mi amigo Lillas Pastia,
iré a bailar la seguidilla
y a beber manzanilla.
¡Sí, iré a la taberna de mi amigo
Lillas Pastia!
(descaradamente mira a don José,
que gradualmente se aproxima a ella)
Cerca de las murallas de Sevilla,
a la taberna de mi amigo Lillas Pastia,
iré a bailar la seguidilla
y beber manzanilla,
¡En la taberna de Lillas Pastia!
Sí, pero me aburro cuando estoy sola,
y el placer llega
cuando dos están juntos;
así, para tener compañía,
¡me llevaré a mi amante conmigo!
(riendo)
¡Mi amante...
lo mandé al diablo!
¡Ayer lo eché a la calle!
¡Mi pobre corazón,
fácil de consolar,
mi corazón es libre como el aire!...
Me rodean amantes por docenas,
pero de mi gusto no son.
Llega el fin de la semana:
¿quién me amará?
¡yo lo amaré!
¿Quién quiere mi alma?...
¡Aquí esta para tomarla!...
¡Has venido en el momento justo!
No podré esperar mucho más,
pues con mi nuevo amante,
cerca de las murallas de Sevilla,
a la taberna de mi amigo Lillas Pastia,
iré a bailar la seguidilla
y a beber manzanilla.
¡Sí, iré a la taberna de mi amigo
Lillas Pastia!
4 de febrero de 2012
Poemas ideográficos, Ajedrez
Un jaque mate es la suma de todas las estrategias, la causa de los errores.
La dama
El juego es
feminista,
los que jugamos
somos
feministas:
son las
m á s
importa-
ntes, nos
ayudan en
todo, duele
feminista,
los que jugamos
somos
feministas:
son las
m á s
importa-
ntes, nos
ayudan en
todo, duele
pe r d e r l as.
Se pierde una
dama solo por otra,
después, celosas, nos
abandoban dejando un
Se pierde una
dama solo por otra,
después, celosas, nos
abandoban dejando un
juego absurdo que de cual-
quier manera hay que terminar.
quier manera hay que terminar.
El alfil
Son incisiones
trasversales, son
A los médicos les gusta
utilizarlos porque
son como bisturíes.
utilizarlos porque
son como bisturíes.
Ellos se quejan de
que su tierra sea cuadrada
con muchos cuadros.
Pintan el tablero
de triángulos.
El caballo
que su tierra sea cuadrada
con
Pintan el tablero
de
El caballo
o
oooo
El caballo.
Seguido preguntamos:
Seguido preguntamos:
¿De donde demonios salió?
Es un experto en dislocar
las casillas, apun-
ta a uno y muer-
de a otro, vive en un
Es un experto en dislocar
las casillas, apun-
ta a uno y muer-
de a otro, vive en un
establo de sesenta y
cuatro hectáreas, se la
pasa saltando y co-
miendo.Se le acusa
de ser el favorito.
pasa saltando y
miendo.Se le acusa
de ser el favorito.
Los peones
Es poca la paga y mucha
la caminata, tenemos los pies
cortos. Somos muchos
y somos envi-
diosos, robamos lo
que esta en el
camino del
compa-
ñero
de al lado y luego le
est-
orbamos.
Somos como
emigrantes, igualito
está el sueño dora-
do de llegar
al norte. Chocamos
con los del otro color, tope de
borrego que empata la fuerza.
la caminata, tenemos los pies
cortos. Somos muchos
y somos envi-
diosos, robamos lo
que esta en el
camino del
compa-
ñero
de al lado y luego le
est-
orbamos.
Somos como
emigrantes,
está el sueño dora-
do de llegar
al norte. Chocamos
con los
La torre
La t o r r e n u n c a aprendió
por completo l a ros a d e l o s
vientos; arriba, abajo y a los lados,
nada más. Dicen los expertos que
ellos son los más lerdos, son los úl-
timos que empiezana pelear. Lo cie-
rto es que, aunque son chonchitos,
recorren por completo la cinta asf-
áltica que pintan. Claro, la torre es ca-
tólica, siempre lleva consigo una cruz.
Faltan más por completar
-Omar Tiscareño-
31 de enero de 2012
¿Dónde duele?
Me duele el pecho, la caja torácica, la siento como que vacía y me duele, no sé qué, pero me duele. Tengo un dolor psicológico que quién sabe dónde habita. Me duele algo que no tengo (me duele no tenerlo), me frustra no saber por qué no sé y siento que si supiera me desilusionaría porque quizá sea absurdo saber. Me duele lo que no me das, me duele darte lo que no quieres. Lo más seguro es que seas tú muchas veces, y todas esas "tú" me duelen, pero no sé dónde.
Me duele ese espacio que deje para ti
(ahí donde no sé dónde duele).
30 de enero de 2012
El cuento de Dalia y Aurelio
I
Dalia, ego centrista, te arroja como piedra a un riachuelo. Le gusta verte hundiéndote, le gusta ahogarte. Dalia, nocturna, espera a que lamas su cuello y le provoques tu sensación en la piel, que sacudas sus cabellos con tu soplido y que te quiera tomar entre sus manos sin que pueda hacerlo. Le gusta sentirte callado, le gusta silenciarte.
No. No eres una piedra, no eres el frío, tampoco el viento. Aurelio, si tienes la desolación estática de una piedra, tu temperatura es inferior a la de su tacto y sus suspiros te son legibles: ¿por qué no estás con ella?
Dalia, soturna y melancólica, camina sola en un parque. Tú le replicas.
II
La miras, Aurelio, todo el día la miras sin que se dé cuenta. Por qué no le hablas. Dile que la sigues, que repites sus pasos por el parque, que imitas su cacofonía. Tú también cazas flores, por que ella lo hace, dile que estás juntando las más bonitas para ella. Dile de los nenúfares que bailan, dile de las flores que brillan y que están debajo del agua, te gustan tanto porque son como ella. Dile sin tartamudear. No puedes, Aurelio, esa maldita disfemia te interrumpe el valor. No lo hagas, no le hables. Envenenarías su voz, su hermosa boca pitiminí; su tararear pulularía tu sangre y te apenarías.
III
Mírala bien, Aurelio, no te apenes. Nadie le habla. Dalia, su piel es quemada. No, mírala bien, es una cicatriz que deforma su cara. Su boca, no sé si roja o si amarilla, no comenta si ríe o si llora; sus ojos son puertas erradas. Mírala: ampollas en sus brazos, manchas de carne carcomida por el fuego, casi podridas, como si estuvieran despellejadas; por eso rehúsa su reflejo. Pero mírala bien, ella es el espejo que reproduce a tu alma y la reduce.
IV
Hoy no, Aurelio, este siempre es el mejor día. Hoy no serás un cobarde. Te ha visto tras de ella rompiendo el esqueleto de las hojas secas. Te mira y siente pena, la miras y esa pena se redobla infinitamente. Te pregunta quién eres, qué quieres. No le dices, tu lengua es una barca que ha encallado, es un músculo atrofiado. Son muchas "de", Aurelio, que escasean de vocales, son muchas "de" que parecen preludiar una burla. Dalia no entiende por qué no hablas, son muchas "de", parece que estás asustando, ella cree que es por miedo. No puedes verte como ella te ve, las ganas de querer hablarle revolucionan bruscamente a tu cara y la tuercen. Dalia, lastimada, huye llorando. Qué patético. De nuevo la piedra, la placa, el prado, el globo de tu pecho que truena frigorífico; te vas, troglodita, a tu casa, tu cueva. Ahí repetirás por siempre las palabras que no dijiste.
V
Dalia, noctámbula, arroja con odio las piedras al agua, (esta vez sí eres tú, Aurelio). Sus lágrimas alteran al riachuelo que se exalta como si fuera baleado. De pronto el agua se amena, luego se refleja su efigie. Aurelio los ha visto antes, los nenúfares, que se mueven en círculos como si fueran rehiletes y se separan, hacen un marco, una ventana que atisba con claridad lo profundo. Son flores como tú, Dalia. Siente ese frío y su sensación, siente esa sumisión del silencio que se sublima en tu susurro. Tienes razón, no son flores como tú, eres tú como una flor, aquella que está en el riachuelo. Tu reflejo se difumina: el manto acuático, que es tu cara, y el fondo del riachuelo, que es esa flor que brilla. Mírate, Dalia, eres hermosa sumida en la profundidad. El viento te incita, sacude tus ansias de beber de ti. Te precipitas, eres una flor palpitante que siente un empuje por dentro. Se hunde tu rostro, es un beso que ahogas al agua y que el riachuelo jala con intensidad. Tu cuerpo se moja y se entume, lloras de felicidad bajo del agua.
VI
Aurelio, monomaniaco, murió hablando, después de muerto siguió callado. En el riachuelo, el cuerpo quemado de Dalia se pudrió en el agua, nunca hubo flores que brillaran y nada surgió después de ella. Nadie se percató de que ambos murieron, ni siquiera entre ellos mismos. Murieron solos y para siempre. Lo único que no morirá es su historia, se repetirá anacrónicamente por lo largo del tiempo y su tristeza no tendrá fin.
-Omar Tiscareño 12-
Inspirado en el mito de Narciso y Eco y de los últimos escritos de Arely sobre el tema.
Dalia, ego centrista, te arroja como piedra a un riachuelo. Le gusta verte hundiéndote, le gusta ahogarte. Dalia, nocturna, espera a que lamas su cuello y le provoques tu sensación en la piel, que sacudas sus cabellos con tu soplido y que te quiera tomar entre sus manos sin que pueda hacerlo. Le gusta sentirte callado, le gusta silenciarte.
No. No eres una piedra, no eres el frío, tampoco el viento. Aurelio, si tienes la desolación estática de una piedra, tu temperatura es inferior a la de su tacto y sus suspiros te son legibles: ¿por qué no estás con ella?
Dalia, soturna y melancólica, camina sola en un parque. Tú le replicas.
II
La miras, Aurelio, todo el día la miras sin que se dé cuenta. Por qué no le hablas. Dile que la sigues, que repites sus pasos por el parque, que imitas su cacofonía. Tú también cazas flores, por que ella lo hace, dile que estás juntando las más bonitas para ella. Dile de los nenúfares que bailan, dile de las flores que brillan y que están debajo del agua, te gustan tanto porque son como ella. Dile sin tartamudear. No puedes, Aurelio, esa maldita disfemia te interrumpe el valor. No lo hagas, no le hables. Envenenarías su voz, su hermosa boca pitiminí; su tararear pulularía tu sangre y te apenarías.
III
Mírala bien, Aurelio, no te apenes. Nadie le habla. Dalia, su piel es quemada. No, mírala bien, es una cicatriz que deforma su cara. Su boca, no sé si roja o si amarilla, no comenta si ríe o si llora; sus ojos son puertas erradas. Mírala: ampollas en sus brazos, manchas de carne carcomida por el fuego, casi podridas, como si estuvieran despellejadas; por eso rehúsa su reflejo. Pero mírala bien, ella es el espejo que reproduce a tu alma y la reduce.
IV
Hoy no, Aurelio, este siempre es el mejor día. Hoy no serás un cobarde. Te ha visto tras de ella rompiendo el esqueleto de las hojas secas. Te mira y siente pena, la miras y esa pena se redobla infinitamente. Te pregunta quién eres, qué quieres. No le dices, tu lengua es una barca que ha encallado, es un músculo atrofiado. Son muchas "de", Aurelio, que escasean de vocales, son muchas "de" que parecen preludiar una burla. Dalia no entiende por qué no hablas, son muchas "de", parece que estás asustando, ella cree que es por miedo. No puedes verte como ella te ve, las ganas de querer hablarle revolucionan bruscamente a tu cara y la tuercen. Dalia, lastimada, huye llorando. Qué patético. De nuevo la piedra, la placa, el prado, el globo de tu pecho que truena frigorífico; te vas, troglodita, a tu casa, tu cueva. Ahí repetirás por siempre las palabras que no dijiste.
V
Dalia, noctámbula, arroja con odio las piedras al agua, (esta vez sí eres tú, Aurelio). Sus lágrimas alteran al riachuelo que se exalta como si fuera baleado. De pronto el agua se amena, luego se refleja su efigie. Aurelio los ha visto antes, los nenúfares, que se mueven en círculos como si fueran rehiletes y se separan, hacen un marco, una ventana que atisba con claridad lo profundo. Son flores como tú, Dalia. Siente ese frío y su sensación, siente esa sumisión del silencio que se sublima en tu susurro. Tienes razón, no son flores como tú, eres tú como una flor, aquella que está en el riachuelo. Tu reflejo se difumina: el manto acuático, que es tu cara, y el fondo del riachuelo, que es esa flor que brilla. Mírate, Dalia, eres hermosa sumida en la profundidad. El viento te incita, sacude tus ansias de beber de ti. Te precipitas, eres una flor palpitante que siente un empuje por dentro. Se hunde tu rostro, es un beso que ahogas al agua y que el riachuelo jala con intensidad. Tu cuerpo se moja y se entume, lloras de felicidad bajo del agua.
VI
Aurelio, monomaniaco, murió hablando, después de muerto siguió callado. En el riachuelo, el cuerpo quemado de Dalia se pudrió en el agua, nunca hubo flores que brillaran y nada surgió después de ella. Nadie se percató de que ambos murieron, ni siquiera entre ellos mismos. Murieron solos y para siempre. Lo único que no morirá es su historia, se repetirá anacrónicamente por lo largo del tiempo y su tristeza no tendrá fin.
-Omar Tiscareño 12-
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| De cuento_Rafael Elías |
Inspirado en el mito de Narciso y Eco y de los últimos escritos de Arely sobre el tema.
24 de enero de 2012
Del diablo
17 de enero de 2012
Silencio
al final verás: el agua no nos mojó
querrás sanarme pero ya me habré ido: tu soplo me levanta
-es el miedo universal de tu pecho. es intimo el miedo, mujer
estamos perdiendo la inmortalidad, estamos acarreando el agua de lo dividido
se nos seca en la boca las palabras que no decimos.
querrás sanarme pero ya me habré ido: tu soplo me levanta
-es el miedo universal de tu pecho. es intimo el miedo, mujer
estamos perdiendo la inmortalidad, estamos acarreando el agua de lo dividido
se nos seca en la boca las palabras que no decimos.
11 de enero de 2012
10 de enero de 2012
El corazón húmedo
Quisiera poder tener el corazón completo y sano para quererte, sólo a ti; tener la cohesión y el léxico basto para saber mentirte necesariamente sin que yo me dé cuenta.
Por favor, qué sea cierto que la gente que muere ahogado en el mar llega más rápido al cielo. Es que me quiero confundir.
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| Justa Levedad, Carlos Canales |
Y humedecerme
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