I El valiente vive hasta que otro más valiente quiera
II Cuando un valiente muere, nacen tres cobardes; cuando nace un valiente, mueren dos cobardes.
III Una multitud de cobardes (que realmente sean cobardes) jamás vencerá a un valiente (que realmente sea valiente)
IV El cobarde llora porque el valiente impone
V Si pelean dos valientes, ambos mueren y ganan; si pelean dos cobardes el valiente gana (y ríe).
VI Sólo Dios es el más valiente entre los valientes pero se esconde entre los cobardes (algo anda mal aquí).
VII.I (Hechos:) Una vez un valiente sintió compasión por un cobarde, entonces el cobarde murió.
VII.II (El equilibrio:) Había un cobarde que temía a la muerte, no dormía por preocupación. Un día lo asesinó un valiente -sin razón alguna- y éste no supo cómo ocurrió.
VIII (Más lúdico:) Amar es de valientes, querer es de cobardes.
IX.I Existe una congregación de cobardes -una empresa que simula vender valor- que reza al valiente, pero este los ignora.
IX.II Hay tratados en donde los valientes reparen a los cobardes y sus tierras para que estos los veneren.
X Si no existieran cobardes solamente habría valientes, si no existieran valientes solamente no habría valientes.
XI Los cobardes nunca cuestionan su existencia (además son felices): les ve tan mal que sólo así encuentran su razón de ser, están de acuerdo con ser miserables.
XII El valiente solo envejece por fuera, el tiempo no resquebraja los vacíos de su carne.
XIII
---¿Y si no hubiésemos nacido?
---No sé, no creo que ese sea el punto. Quizá tuvimos la oportunidad de elegir nuestra naturaleza.
---¿Y por qué elegiríamos está?
---Nunca he pensado en esas cosas.
---Tal vez no tenga importancia.
-Omar Tiscareño-
15 de marzo de 2012
14 de marzo de 2012
Mónica
Seguido estoy en un lugar así, no sé cómo o por qué, con la mínima intención de amanecer pero esperando, por ejemplo, en la barra de un bar: entró una joven y se sentó cerca de mí -las luces cambiaron de intención-, era Mónica pero no era como ella.
--Te invito algo, lo que quieras- mi voz adquirió otra actitud: tan firme al hablar, tan seductor y eficaz.
Apenas aprendía a controlar el miedo, ya había yacido el sonido, ya se había fundido la gente con las sombras detrás de su pelo; había aprendido a calcular el tiempo, porque no era común: el conteo de los segundo es inducido por el cambio de posición de nuestras bocas -que se tocan- y se dilata cuando muerde mis comisuras; ahora tenía dominado el espacio, podría ser una playa oscura como la mágica Copacabana, podría ser en el misticismo del Ganges mojándonos las palabras, o podría ser el agua de cualquier lugar que se vaciaba a mi boca.
--También soy ilusionista- dijo tal y como lo esperaba, sin sentido lógico
--Lo sé, esa profesión me has conferido. También tienes una belleza abstracta e indecible, lucidez al fluir de las palabras. Tienes la innoble intención de excitar mi virilidad -esparces tus cabellos al decir que no-, manejas con soltura la certeza y sabes fracturarla a tu incumbencia-- pensé en decirte.
Es ahí cuando me detengo, ya todo es falto de verdad: no puede ser que te conozca, es inaudito, es dislocar mis preceptos morales que se rigen de seriedad y apocamiento, es creer que puedo hablarte o que hay determinación en mí.
--¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Por qué careces de autonomía?- le pregunté.
Entonces sus ojos, del color de un diablo cobrizo, me miran como provocando un maleficio, uno real y absolutorio que me exalta de miedo, que esclarece esta sugestión hipnótica. Todo se destruye, el mundo se queda sin ti y tu vestido rojo que nunca noté cuando entraste, sin el parís de noche que nadie ordenó en la barra, sin el beso que no tuvo inicio ni fin para mi boca, sin la plática que me llevó a la confesión de tu oficio -del cual dudo sea verdadero-.
Cuando por fin hay luz, mis sencillos ojos cafés se derriten de tristeza por ya no estar en reposo, mi protagónico vuelve a ser el de un humano común -o poco menos que eso- y me quedó igual: insuficiente de audacia, sin ti, Mónica.
-Omar Tiscareño-
--Te invito algo, lo que quieras- mi voz adquirió otra actitud: tan firme al hablar, tan seductor y eficaz.
Apenas aprendía a controlar el miedo, ya había yacido el sonido, ya se había fundido la gente con las sombras detrás de su pelo; había aprendido a calcular el tiempo, porque no era común: el conteo de los segundo es inducido por el cambio de posición de nuestras bocas -que se tocan- y se dilata cuando muerde mis comisuras; ahora tenía dominado el espacio, podría ser una playa oscura como la mágica Copacabana, podría ser en el misticismo del Ganges mojándonos las palabras, o podría ser el agua de cualquier lugar que se vaciaba a mi boca.
--También soy ilusionista- dijo tal y como lo esperaba, sin sentido lógico
--Lo sé, esa profesión me has conferido. También tienes una belleza abstracta e indecible, lucidez al fluir de las palabras. Tienes la innoble intención de excitar mi virilidad -esparces tus cabellos al decir que no-, manejas con soltura la certeza y sabes fracturarla a tu incumbencia-- pensé en decirte.
Es ahí cuando me detengo, ya todo es falto de verdad: no puede ser que te conozca, es inaudito, es dislocar mis preceptos morales que se rigen de seriedad y apocamiento, es creer que puedo hablarte o que hay determinación en mí.
--¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Por qué careces de autonomía?- le pregunté.
Entonces sus ojos, del color de un diablo cobrizo, me miran como provocando un maleficio, uno real y absolutorio que me exalta de miedo, que esclarece esta sugestión hipnótica. Todo se destruye, el mundo se queda sin ti y tu vestido rojo que nunca noté cuando entraste, sin el parís de noche que nadie ordenó en la barra, sin el beso que no tuvo inicio ni fin para mi boca, sin la plática que me llevó a la confesión de tu oficio -del cual dudo sea verdadero-.
Cuando por fin hay luz, mis sencillos ojos cafés se derriten de tristeza por ya no estar en reposo, mi protagónico vuelve a ser el de un humano común -o poco menos que eso- y me quedó igual: insuficiente de audacia, sin ti, Mónica.
-Omar Tiscareño-
11 de marzo de 2012
10 de marzo de 2012
Hay mucha gente ya olvidada y otros más que estamos por ser olvidados
-Se me olvido algo
-¿qué?
-...
Es decir,
podría sumergirme en esa laguna o levitar por el viento azul o caminar por esas dunas de noche -buscar en mi memoria- y entonces encontrarlo ahí escondido
después le preguntaría
quién eresy no me contestaría nada porque está construido estratégicamente para no ser recordado.
Así sucede con los personajes de mis sueños, cuando les quiero preguntar quiénes son, de dónde vienen o a dónde van mejor desaparecen.
Lo que exalta mi miedo es que, ya estando en ese lugar -que es hermoso y solitario, que es el olvido-, la pregunta sería
por qué te olvidé, por qué te has quedado ahí
entonces sería yo quien se desharía, porque destruiría el castillo de arena que edifiqué, o mejor: desenterraría lo que sepulté inconscientemente.
Pienso que el olvido entre personas es un producto de dos vertientes: el que olvida y el que es olvidado; el que está por ser olvidado no sólo es objeto paciente porque tiene un vinculo con quien olvida, porque permanece y la permanencia es existencia, el que está por ser olvidado desaparece cuando deja de insistir en quien olvida.
Tengo miedo, también, de que llegue al agua, o al viento o a la tierra y que no encuentre a nadie:
o que yo esté ahí buscando, solo buscando, y llegue alguien y me pregunte:
quién eres tú, por qué te has quedado ahí
de pronto dejaré de permanecer en aquél que no recuerdo, dejaremos de buscarnos, no tendremos nombre, desconoceremos nuestra existencia, ¿o será que realmente dejamos de existir un poco?
8 de marzo de 2012
De la vida que he aprendido a disfrutar
Tengo a una mujer que me gusta y quiero tanto, pero ella no igual; tengo
amigos que aprecio, pero dudo que su amistad sea verdadera; tengo una
hermanita que está muy lejos; tengo un idioma que no entiendo; tengo un
primer apellido que no me quiere.
Nada me impide ser feliz
7 de marzo de 2012
Yo no soy aquél
Yo no soy aquél poeta
que se mojó en los calzones
por meter mano en palabras húmedas
y líquidas mientras soñaba.
Yo no soy aquél que te excita,
o que te sumerge en una lengua erecta
para que despiertes manchada
de los pecados que abrieron tus piernas.
Yo no soy la parvedad de un orgasmo
que se construyó de engaños
jamás convencidos de su pertinencia
ni la penetración dolorosa
o la perversión extramarital
o el himen avergonzado
por olvidar tan pronto.
Yo no soy el fuego que habita
en la cavidad del entrepierna,
la llama color de la carne
que gotea cera derretida
del cirio prohibido.
Yo no soy aquél
que destrozó tus enaguas
e hirió tu sexo
y con tu sexo mi nombre.
Yo no soy aquél poeta
que se mojó en los calzones
por meter mano en palabras húmedas
y líquidas mientras soñaba
con la mujer de otro.
-Omar Tiscareño-
4 de marzo de 2012
Antípodas
¿Y si ya no regresa?
Imaginé que como ella es fuego y como en mis labios quedaron boceras de cenizas, entonces ella es una llamarada que se consume y resucita, no agotada sino auto-fulminada, como un terrible quemafuegos.
Esa palabra me gusta para ella: quemafuego.
Y yo que había jurado ahogarme entre su flama este día. Sí, ahogarme, porque era un fuego líquido -tantísimo erotismo-. Soñaba que me ahogaba en su saliva, que era tibia, y que su lengua entumecía mi boca con su lengua pez de hielo. Era una lluvia de besos, una mojalluvia.
Ella era magia, materia clara, una vez hizo que lloviera para arriba e inundó ese vacío que esa allá donde no se pisa. A veces me soplaba en las heridas, así me curó de los miedos. Olía a menta mascada, a semillas de limón chupado, o a caramelo quemado cuando no lavaba su boca. Su respiración en mi oído son corrientes de aire fresco, secretos que me hacen cosquillas, agua helada que toca mi espalda haciéndome propagar el granizo por mi cuerpo.
También le sopla a las piedras como tratando de animarlas. Un día encontramos una que ella creyó fruta disfrazada, la quiso masticar; rompió su muela cual roseta de maíz. Desde ese día entendimos que las piedras son peligrosas y que no se les debe de incitar la gracia. Por eso ahora, cuando jugamos a herirnos en el sexo, ya no roe mi pecho (piedra blanda) ni yo sus ojos (canicas de topacio).
Antier se fue. Le gusta ir al mar a hundirse hasta muy lejos, hervir el agua; soplarle al sol y refrescarlo, hacer que llueva agua de eucalipto; le gusta, sobre todo, despejarse de mí porque para mí ella es toda vanagloria. Voy siguiendo en mis impulsos un íntimo secreto, que ella conoce bien, es que no puedo tolerar que salga un fin de semana sin mí.
Imaginé que como ella es fuego y como en mis labios quedaron boceras de cenizas, entonces ella es una llamarada que se consume y resucita, no agotada sino auto-fulminada, como un terrible quemafuegos.
Esa palabra me gusta para ella: quemafuego.
Y yo que había jurado ahogarme entre su flama este día. Sí, ahogarme, porque era un fuego líquido -tantísimo erotismo-. Soñaba que me ahogaba en su saliva, que era tibia, y que su lengua entumecía mi boca con su lengua pez de hielo. Era una lluvia de besos, una mojalluvia.
Ella era magia, materia clara, una vez hizo que lloviera para arriba e inundó ese vacío que esa allá donde no se pisa. A veces me soplaba en las heridas, así me curó de los miedos. Olía a menta mascada, a semillas de limón chupado, o a caramelo quemado cuando no lavaba su boca. Su respiración en mi oído son corrientes de aire fresco, secretos que me hacen cosquillas, agua helada que toca mi espalda haciéndome propagar el granizo por mi cuerpo.
También le sopla a las piedras como tratando de animarlas. Un día encontramos una que ella creyó fruta disfrazada, la quiso masticar; rompió su muela cual roseta de maíz. Desde ese día entendimos que las piedras son peligrosas y que no se les debe de incitar la gracia. Por eso ahora, cuando jugamos a herirnos en el sexo, ya no roe mi pecho (piedra blanda) ni yo sus ojos (canicas de topacio).
Antier se fue. Le gusta ir al mar a hundirse hasta muy lejos, hervir el agua; soplarle al sol y refrescarlo, hacer que llueva agua de eucalipto; le gusta, sobre todo, despejarse de mí porque para mí ella es toda vanagloria. Voy siguiendo en mis impulsos un íntimo secreto, que ella conoce bien, es que no puedo tolerar que salga un fin de semana sin mí.
3 de marzo de 2012
Te regalo un beso y una araña (poema y FF)
Un beso
Déjame lamer tus comisuras,
pelliscar con mis dientes las paredes de tus labios,
dejarte heridas como boceras.
Píntame de tu sabor con el sudor de los labios,
materia líquida adherida a mi carne
Déjame mojar ese desierto coarteado
-tierra caliente que agrieta la sensasión-.
hala con tu hadeo mi alma
tu aire en mi boca son hilos
invisibles que anudan adentro
-Omar Tiscareño-
La araña
Déjame lamer tus comisuras,
pelliscar con mis dientes las paredes de tus labios,
dejarte heridas como boceras.
Píntame de tu sabor con el sudor de los labios,
materia líquida adherida a mi carne
Déjame mojar ese desierto coarteado
-tierra caliente que agrieta la sensasión-.
hala con tu hadeo mi alma
tu aire en mi boca son hilos
invisibles que anudan adentro
-Omar Tiscareño-
La araña
Se priva de su libertad. No sale de la esquina, ángulo estratégico de tres paredes para los cimientos. Su choza son palabras que se hicieron hilos, espera o aguarda estática como la piedra. Moscas viajeras enredan sus alas y las quiebran por el movimiento brusco de su intención de escapar. Estas desdichadas culpan a la araña pero son ellas quienes eligieron volar a lo prohibido.
El veneno de la araña -de las más peligrosas, de las ambiciosas que van tras cuerpos más grandes- puede ser curada. Se atiende, se trata con diligencia. Pasado el tiempo, la araña, vieja embustera, escupe saliva superflua y la sangre se hace inmune, la ponzoña da cosquillas en las venas.
La araña muere sola, enraizada en su propia tela. Pisa las trampas que procuró para otros, el hilo se distiende y se queda sin capital para invertir en carretes(porque las palabras no son suyas y las tiene que comprar). Yace envenenada de su propia saliva, mentiras húmedas que por no usarse inundaron sus pequeños pulmones.
-Omar Tiscareño-
26 de febrero de 2012
Baila, por qué no
Me gusta que los niños bailen, ¿ a ti no?.
¿No te parece que así debería de ser el baile?; inocente, descompasado, de improvisto.
A lo mejor no estarás de acuerdo porque ahora es una disciplina, en ocasiones, claro; porque el baile es convencional; porque te ves ridículo cuando bailas con la chica más sensacional de la fiesta, es decir, imagínate:
Los de contabilidad se graduaron (bailongo seguro), digamos que hipotéticamente alguien te invita al festejo porque uno de los invitados no pudo ir. Démosle más forma, digamos que Antonio te invitó a la graduación de Eva porque César no pudo ir por estar con Yosa. Sigamos imaginando. Las primas de Antonio son bonitas, bailan muy bien y... están solas, sentadas, sin bebidas. A Antonio, ingenioso, se le ocurre salir a bailar.
Ya no me quiero imaginar el resto, la verdad es que me incomoda pensarlo. Tú puedes terminar la historia mejor de lo que a mí se me ocurre, tienes que tomar en cuenta de que eres sordo de un pie (como dice Mimí), que tienes pánico escénico, y que te da algo así como disfemia en tus piernas flacas.
Una marioneta de cobre moviendose rápido sin aceitarse.
Por eso me gusta que los niños bailen. Que se rían cuando brincan, que se pisen los pies mutuamente o que les den cosquillas cuando se tocan los costados.
La otra vez te vi bailando, a mí no me engañas, sé que preferirías quedarte bebiendo y reírte de quien sí se anima, es porque dentro de ti imaginas que puedes ser tú y te ríes de ti (todos nos reímos de nosotros intimamente, no te preocupes).
Para deslindarme de todas esas mofas que en ocasiones recibo, yo sólo me tranquilizo y les digo: "Es que a mí me enseño a bailar Airam. Me enseñó a disfrutar de que estoy bailando, pero nada más eso"
19 de febrero de 2012
Las malas prácticas
La amarro, luego la desamarro, enredo y desenredo el listón de su frente.
Voy enredando sus pasos para que ya no camine; trenzo la ruta de sus huellas y
las desubico del suelo hasta confundirla; evoco su destino y tuerzo su ruta
pero nunca me encuentra.
La cuelgo, luego la recuesto. Rezo todos los días con ella, invento letanías que describan su cuerpo; procuro que la inocencia no se deshilvane de sus ojos para que me siga mirando; la tejo con doble retazo.
Camino con ella. Le platico las cosas que no sabe, las cosas que no le interesan o una que otra palabra romántica que nos intimide. Somos el cielo rojizo de todos los días, somos las hojas caídas, somos todo lo transparente.
Lloro de solo verla. La encuentro en la desolación, me mira estática como un axioma que no quiere ser explicado, me dogmatizo. Es materia prima para el calor de mis manos, con una la detengo, con la otra me detengo yo. Se estiran hilos de miel blanca que caen al suelo.
Salen los del otro lado del espejo a reclamar su nombre. Ella es la par de la nada. No es la negrura que juega en el piso -que surge desde un talón-, tampoco la estampa del agua que danza a ritmos descompuestos; es la sinagoga de un mechón de cabellos, el orbe del fetichismo construido con un par de objetos olvidados.
Te miro; te descuencas a embaucar mis ojos falaces. Estás tan lejos. Se invoca la congregación de mi cuerpo, cada órgano pulula a su conveniencia: la sangre me recorre como serpientes provocadas, mi oscuro cerebro se hincha de creencias y deidades, el resto de mi cuerpo se rige por la pasión de mi vista que se sugestiona con la realidad. Tú eres como un acto brusco, eres la espesura que rehúsa mi tacto, eres, también, motivo de mi enfado, pero dime qué sería de ti sin la vigilia de este ciego que ilumina a intermitencia tu camino.
Por eso la amarro con un listón en la frente, quisiera ya no desamarrarla para mejor amarrarte a ti. Me bebo la sangre, me parto el corazón, aún te ofrezco la tajada que no quieres. Rasco tus piernas y les entierro espinas, quiero guiarte a mi camino. Hago un ojo sobre ti y te nombro por mucho tiempo.
-Omar Tiscareño-
La cuelgo, luego la recuesto. Rezo todos los días con ella, invento letanías que describan su cuerpo; procuro que la inocencia no se deshilvane de sus ojos para que me siga mirando; la tejo con doble retazo.
Camino con ella. Le platico las cosas que no sabe, las cosas que no le interesan o una que otra palabra romántica que nos intimide. Somos el cielo rojizo de todos los días, somos las hojas caídas, somos todo lo transparente.
Lloro de solo verla. La encuentro en la desolación, me mira estática como un axioma que no quiere ser explicado, me dogmatizo. Es materia prima para el calor de mis manos, con una la detengo, con la otra me detengo yo. Se estiran hilos de miel blanca que caen al suelo.
Salen los del otro lado del espejo a reclamar su nombre. Ella es la par de la nada. No es la negrura que juega en el piso -que surge desde un talón-, tampoco la estampa del agua que danza a ritmos descompuestos; es la sinagoga de un mechón de cabellos, el orbe del fetichismo construido con un par de objetos olvidados.
Te miro; te descuencas a embaucar mis ojos falaces. Estás tan lejos. Se invoca la congregación de mi cuerpo, cada órgano pulula a su conveniencia: la sangre me recorre como serpientes provocadas, mi oscuro cerebro se hincha de creencias y deidades, el resto de mi cuerpo se rige por la pasión de mi vista que se sugestiona con la realidad. Tú eres como un acto brusco, eres la espesura que rehúsa mi tacto, eres, también, motivo de mi enfado, pero dime qué sería de ti sin la vigilia de este ciego que ilumina a intermitencia tu camino.
Por eso la amarro con un listón en la frente, quisiera ya no desamarrarla para mejor amarrarte a ti. Me bebo la sangre, me parto el corazón, aún te ofrezco la tajada que no quieres. Rasco tus piernas y les entierro espinas, quiero guiarte a mi camino. Hago un ojo sobre ti y te nombro por mucho tiempo.
-Omar Tiscareño-
16 de febrero de 2012
La cuerda
Voy enredando los hilos que se me dispersen. Voy haciendo nudos, unos grandes otros no tanto. Voy escribiendo lo que digo para que no lo olvide. Tenía un buen plan y un buen cuento; quería contarte cómo es pero ya no lo siento.
Me juegan un juego tarugo, les digo que sí para que se alegren.
Era algo así como mi familia, eran cerca de diez-. Me llamaban por un nombre y yo les respondía con otros. Él me abandono y no sé quien es. Me quedo varado en el agua, me miro en el reflejo y no me recuerdo.
--Lo veo con dos, lo ato con tres; le hago nudos, enredo sus pies.
Canto como sólo yo sé y se pierde en el agua el sonido. Voy juntando las piedras, las dejo en el mismo lugar. Camino cerca del agua y me agrieto por dentro. Remojo la sal de mi boca y le escupo la cara, me engañan con agua de Mara.
El loco me sigue siguiendo, le miro a los ojos para que se enfade.
Quieren enredarme a mí, quieren amarrarme los brazos.Corro para que no me alcancen, me esperan del otro lado, me agarran con muchos lazos. Les dejo mi cuerpo doliente, me voy y no dicen nada.
--Me duermen con agua de brujo; con sangre los pinto y dibujo.
La carne se me hace liviana, la cuerda se estira. Voy haciendo nudos, unos grandes otros no tanto. Amarro al aire de mi garganta. Te miro, con tres te miro. Te cuento un cuento que ya no recuerdo.
-Omar Tiscareño-
13 de febrero de 2012
La ida (Edgar)
I
El aire me quema por dentro, Edgar, la tristeza se me estira hasta la vientre y me arde, la siento tan hueca. Mis sueños de verte crecer se me ahogan en la garganta y mi ser es un reducto de carne vacía.
Se me van despacio las ganas de vivir; mi sonrisa se tuerce y mi alma se deshilvana, es peor que llorar. Edgar, ahora podrías deconstruir lo que pienso, porque puedes, pero no vas encontrar nada, quizá sólo la suspención de mi gracia. Es la maldita miseria de tu muerte.
II
Puedo decir lo que sucedió porque ya no me duele decirlo. Éramos tan jóvenes y tan profundamente solitarios. Estábamos ahí sólo Pablo y yo, supuestamente normales. Edgar arriba, atípicamente callado. Pablo subió al baño y lo encontró caído. Gritó -el aleteo de avizpa en su pecho-, yo preparé el protocolo común de una convulsión. Marqué a mamá.
Ya había muerto, pero todavía no lo entendíamos -éramos tan jóvenes-. No supe qué hacer, empujé su pecho con mis manos juntas -con las que oraba-, golpeé su rostro con mi palma -con la que me persignaba-; lo besé en los labios e intenté llenarlos de aire, aire puro que se llevaron los rezos que ya no volveré a decir. Sí, besé a mi hermano en los labios porque pensé que lo llenaría de vida. Tal vez fui el primero en darme cuenta que ya había muerto, comencé a llorar en silencio. Pablo salió de casa a buscar ayuda -porque estábamos tan profundamente solos-.
El aire me quema por dentro, Edgar, la tristeza se me estira hasta la vientre y me arde, la siento tan hueca. Mis sueños de verte crecer se me ahogan en la garganta y mi ser es un reducto de carne vacía.
Se me van despacio las ganas de vivir; mi sonrisa se tuerce y mi alma se deshilvana, es peor que llorar. Edgar, ahora podrías deconstruir lo que pienso, porque puedes, pero no vas encontrar nada, quizá sólo la suspención de mi gracia. Es la maldita miseria de tu muerte.
II
Puedo decir lo que sucedió porque ya no me duele decirlo. Éramos tan jóvenes y tan profundamente solitarios. Estábamos ahí sólo Pablo y yo, supuestamente normales. Edgar arriba, atípicamente callado. Pablo subió al baño y lo encontró caído. Gritó -el aleteo de avizpa en su pecho-, yo preparé el protocolo común de una convulsión. Marqué a mamá.
Ya había muerto, pero todavía no lo entendíamos -éramos tan jóvenes-. No supe qué hacer, empujé su pecho con mis manos juntas -con las que oraba-, golpeé su rostro con mi palma -con la que me persignaba-; lo besé en los labios e intenté llenarlos de aire, aire puro que se llevaron los rezos que ya no volveré a decir. Sí, besé a mi hermano en los labios porque pensé que lo llenaría de vida. Tal vez fui el primero en darme cuenta que ya había muerto, comencé a llorar en silencio. Pablo salió de casa a buscar ayuda -porque estábamos tan profundamente solos-.
11 de febrero de 2012
Cecilia Bartoli en el Teatro Olimpico Vicenza, "Seguidilla" (letra)
Cecilia Bartoli interpreta una seguidilla ("Cerca de las murallas de Sevilla) de Georges Bizet de su obra Carmen.
(descaradamente mira a don José,
que gradualmente se aproxima a ella)
Cerca de las murallas de Sevilla,
a la taberna de mi amigo Lillas Pastia,
iré a bailar la seguidilla
y beber manzanilla,
¡En la taberna de Lillas Pastia!
Sí, pero me aburro cuando estoy sola,
y el placer llega
cuando dos están juntos;
así, para tener compañía,
¡me llevaré a mi amante conmigo!
(riendo)
¡Mi amante...
lo mandé al diablo!
¡Ayer lo eché a la calle!
¡Mi pobre corazón,
fácil de consolar,
mi corazón es libre como el aire!...
Me rodean amantes por docenas,
pero de mi gusto no son.
Llega el fin de la semana:
¿quién me amará?
¡yo lo amaré!
¿Quién quiere mi alma?...
¡Aquí esta para tomarla!...
¡Has venido en el momento justo!
No podré esperar mucho más,
pues con mi nuevo amante,
cerca de las murallas de Sevilla,
a la taberna de mi amigo Lillas Pastia,
iré a bailar la seguidilla
y a beber manzanilla.
¡Sí, iré a la taberna de mi amigo
Lillas Pastia!
(descaradamente mira a don José,
que gradualmente se aproxima a ella)
Cerca de las murallas de Sevilla,
a la taberna de mi amigo Lillas Pastia,
iré a bailar la seguidilla
y beber manzanilla,
¡En la taberna de Lillas Pastia!
Sí, pero me aburro cuando estoy sola,
y el placer llega
cuando dos están juntos;
así, para tener compañía,
¡me llevaré a mi amante conmigo!
(riendo)
¡Mi amante...
lo mandé al diablo!
¡Ayer lo eché a la calle!
¡Mi pobre corazón,
fácil de consolar,
mi corazón es libre como el aire!...
Me rodean amantes por docenas,
pero de mi gusto no son.
Llega el fin de la semana:
¿quién me amará?
¡yo lo amaré!
¿Quién quiere mi alma?...
¡Aquí esta para tomarla!...
¡Has venido en el momento justo!
No podré esperar mucho más,
pues con mi nuevo amante,
cerca de las murallas de Sevilla,
a la taberna de mi amigo Lillas Pastia,
iré a bailar la seguidilla
y a beber manzanilla.
¡Sí, iré a la taberna de mi amigo
Lillas Pastia!
4 de febrero de 2012
Poemas ideográficos, Ajedrez
Un jaque mate es la suma de todas las estrategias, la causa de los errores.
La dama
El juego es
feminista,
los que jugamos
somos
feministas:
son las
m á s
importa-
ntes, nos
ayudan en
todo, duele
feminista,
los que jugamos
somos
feministas:
son las
m á s
importa-
ntes, nos
ayudan en
todo, duele
pe r d e r l as.
Se pierde una
dama solo por otra,
después, celosas, nos
abandoban dejando un
Se pierde una
dama solo por otra,
después, celosas, nos
abandoban dejando un
juego absurdo que de cual-
quier manera hay que terminar.
quier manera hay que terminar.
El alfil
Son incisiones
trasversales, son
A los médicos les gusta
utilizarlos porque
son como bisturíes.
utilizarlos porque
son como bisturíes.
Ellos se quejan de
que su tierra sea cuadrada
con muchos cuadros.
Pintan el tablero
de triángulos.
El caballo
que su tierra sea cuadrada
con
Pintan el tablero
de
El caballo
o
oooo
El caballo.
Seguido preguntamos:
Seguido preguntamos:
¿De donde demonios salió?
Es un experto en dislocar
las casillas, apun-
ta a uno y muer-
de a otro, vive en un
Es un experto en dislocar
las casillas, apun-
ta a uno y muer-
de a otro, vive en un
establo de sesenta y
cuatro hectáreas, se la
pasa saltando y co-
miendo.Se le acusa
de ser el favorito.
pasa saltando y
miendo.Se le acusa
de ser el favorito.
Los peones
Es poca la paga y mucha
la caminata, tenemos los pies
cortos. Somos muchos
y somos envi-
diosos, robamos lo
que esta en el
camino del
compa-
ñero
de al lado y luego le
est-
orbamos.
Somos como
emigrantes, igualito
está el sueño dora-
do de llegar
al norte. Chocamos
con los del otro color, tope de
borrego que empata la fuerza.
la caminata, tenemos los pies
cortos. Somos muchos
y somos envi-
diosos, robamos lo
que esta en el
camino del
compa-
ñero
de al lado y luego le
est-
orbamos.
Somos como
emigrantes,
está el sueño dora-
do de llegar
al norte. Chocamos
con los
La torre
La t o r r e n u n c a aprendió
por completo l a ros a d e l o s
vientos; arriba, abajo y a los lados,
nada más. Dicen los expertos que
ellos son los más lerdos, son los úl-
timos que empiezana pelear. Lo cie-
rto es que, aunque son chonchitos,
recorren por completo la cinta asf-
áltica que pintan. Claro, la torre es ca-
tólica, siempre lleva consigo una cruz.
Faltan más por completar
-Omar Tiscareño-
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