I
Cómo puedes hablar del pasado sin que te duela el recuerdo;
no te arde la lengua al decir amar
no es como a mí
que pronuncio tu nombre y me duelen los labios
y palpitan
se sienten mordidos de nuevo.
Cómo puedes hablar del pasado
si ya lo olvidaste
II
[vol]vi a la-divina
la noche
el andador
la mesa
la/el fe-tichismo
los cuarzos
me sentí visto por el pedrusco de tus ojos
le robé una piedra (como si le arrancara una muela al ocultismo)
con forma de co-razón
fracasa un infarto agudo ante tal mío-cardio
III
Creo en el solipsismo
lo creo con todas mis fuerzas:
estoy hecho porque tú me inventaste.
Afuera, en otro mundo, en el que estás ahora,
todos los días suena I wanna be sedated
y yo detesto los años
de mi educación media-superior.
El punk me da asco (ese asco también lo inventaste tú)
IV
Mi nombre casi es un palíndromo de Roma
pero no es más que un ramO de hojas secas.
Lo cierto es que, aunque no sea como Roma,
antes me confundías con Amor.
Era un roma-nce de amor-didas
(muy mal chiste para algo que no he podido olvidar)
Con las letras de tu nombre podrías escribir Satanam,
es algo tenebroso en el latín (así tendrías suficiente ocultismo
para vender mentiras como la-divina)
V
No tolero ver sólo la luz de tus letras
por este maldito internet
ni ser como la cutícula.
No tolero que hayas dejado de fumar sin mí
y que yo todavía lo haga ahí, en ese sitio común
donde nos sentábamos a ver el vaivén del dólar
como si esperáramos a que fluctuara la moneda,
y que un árbol, esa jacaranda, nos apedreara con sus flores violáceas.
Me duele, no sé por qué, que no sea tan parcial para olvidar el pasado,
que no pueda perder los menos y ganar los más así como tú.
Habrá un día en que deje de reconocerte como la mejor de todas
ese día Yo quiero estar sedado.
VI
Einstein no
se equivocó con la teoría de la relatividad.
Ahora yo estoy demasiado lejos y aquí
el tiempo no
parece transcurrir o se dilata mucho.
Estoy viviendo las cosas que para ella ya pasaron.
Pero hay una anomalía: ¿por qué estoy más envejecido que ella?
VII
O-mar[tirio] Tiscareño-
29 de abril de 2012
24 de abril de 2012
El último lugar
Alguien debería hacer un estudio sociológico sobre las personas que se
sienten comprometidos a regalar una moneda a quienes hacen espectáculo en el autobús.
Una razón podría ser la influencia católica que compromete a ayudar al prójimo;
quizá se reconozca el esfuerzo, más la empatía u otras cosas más, qué sé yo.
Antier iba en el camión, dormí de pronto, como si me hubiese desplomado el cansancio o me fulminara el sueño y el calor, y soñé, tal vez arrastré hasta mis sueños mis pensamientos:
es una carrera de hombres, realmente una carrera, es un circuito de quizá una milla cuyas vueltas no se anotan ni se valoran, todas parecen ser la última vuelta. Somos sólo hombres corriendo para alcanzar una meta que nadie asegura si haya.
Aunque también puedes ayudar a los demás participantes, todos se golpean los talones o se jalan las playeras para derribarse, se pisa a quien cae o se le patea en la cabeza para retirarlo de la competencia con su convulsión, es común, somos tantos que es normal.
Yo no tengo la posibilidad de golpear ni ser golpeado, soy la última posición del tablero. A veces, cuando alcanzo al penúltimo y sus consiguientes, desacelero o detengo mi paso: ellos también se detienen, ahorcan a otros o se rompen sus piernas, eso es aún más triste, hay quienes quieren seguir participando con sus piernas rotas pero también son retirados o ellos mismos se retiran con el suicidio.
En ocasiones zigzagueo para entretener mi ruta, hago espirales, cuento los pasos que hago en ciertas zonas, lo que sea para ganar tiempo, no estoy seguro si lo correcto es decir ganar, pues parece que aquí el tiempo no transcurre, siempre es un día soleado. Fantaseaba con que todos se habían destruido entre sí y llegué a con la primera posición y me celebran como si fuera un modelo ejemplar y las reglas cambian gracias a mí, que el juego se tornaba diferente: nadie gana porque nadie pierde. Realmente era entusiasmante pensar en eso, pero hace tanto tiempo que me doy cuenta de la verdad, y es que eso nunca sucederá.
Entonces iba trotando en reversa, me causa gracia hacerlo, por eso lo hago. Divisé a lo lejos un participante que corría enérgico como a nadie había visto. ¿Qué podría hacer? estaba completamente seguro de que era el último lugar, me había esforzado tanto en alcanzar esta calma. ¿Y si intenta derribarme? podría lograrlo fácilmente, en cuanto se acercaba, notaba su musculatura y repito, es tan enérgico como nunca he visto a nadie.
Corrí, creo que nunca lo he hecho así, con todas mis fuerzas. Mis pies ardían en calor, sentía que caminaba sobre el mismo infierno y que un diablo poderoso iba tras de mí a perforarme con los cuernos de su trinche. Miré atrás en varias ocasiones, era inminente que me alcanzaría, pensé en ya no gastar mis fuerzas y esperarlo para combatirlo, pero eso no sería de mí. Me alcanzó, golpeó mi talón provocando que corriera a trastabille y luego caí. Procuré que en mi caída me alejara de él pero me persiguió y ya estando yo en el suelo pateó mi estómago tan fuerte que me sofocó por mucho tiempo, no cabe duda que en sus piernas está la fuerza de cien hombres. Al principio no me daba cuenta, no me había equivocado: él era el primer lugar.
Nunca me importó saber cuál era la razón de ser de este juego, pero ahora me preocupaba algo más, ya no sabía cuál era la razón por la que estaba ahí. Entonces me detuve completamente y pedí que se me retirara de la competencia. No sé quién escuchó, pero así fue. Era el primer participante que se retiraba de esta manera. De pronto ya estaba fuera, dolorido, feliz de la resignación. Al salir al público, muchos se ofendieron conmigo, habían apostado por mí, creían que todos se destruirían entre sí y que tal vez podría ganar. Fui a la sala de apuestas y dejé todo lo que tenía de valor apostando a favor de aquél que me derribó.
Luego desperté, ya había pasado mi destino. Al querer bajar, me detuvo un señor para pedirme una moneda, jaló mi playera. Yo no tengo por qué darle nada. Alguien debería hacer ese estudio, para explicar si uno debería sentirse afligido si no quiere ayudar a otro de esta manera.
-Omar Tiscareño-
Antier iba en el camión, dormí de pronto, como si me hubiese desplomado el cansancio o me fulminara el sueño y el calor, y soñé, tal vez arrastré hasta mis sueños mis pensamientos:
es una carrera de hombres, realmente una carrera, es un circuito de quizá una milla cuyas vueltas no se anotan ni se valoran, todas parecen ser la última vuelta. Somos sólo hombres corriendo para alcanzar una meta que nadie asegura si haya.
Aunque también puedes ayudar a los demás participantes, todos se golpean los talones o se jalan las playeras para derribarse, se pisa a quien cae o se le patea en la cabeza para retirarlo de la competencia con su convulsión, es común, somos tantos que es normal.
Yo no tengo la posibilidad de golpear ni ser golpeado, soy la última posición del tablero. A veces, cuando alcanzo al penúltimo y sus consiguientes, desacelero o detengo mi paso: ellos también se detienen, ahorcan a otros o se rompen sus piernas, eso es aún más triste, hay quienes quieren seguir participando con sus piernas rotas pero también son retirados o ellos mismos se retiran con el suicidio.
En ocasiones zigzagueo para entretener mi ruta, hago espirales, cuento los pasos que hago en ciertas zonas, lo que sea para ganar tiempo, no estoy seguro si lo correcto es decir ganar, pues parece que aquí el tiempo no transcurre, siempre es un día soleado. Fantaseaba con que todos se habían destruido entre sí y llegué a con la primera posición y me celebran como si fuera un modelo ejemplar y las reglas cambian gracias a mí, que el juego se tornaba diferente: nadie gana porque nadie pierde. Realmente era entusiasmante pensar en eso, pero hace tanto tiempo que me doy cuenta de la verdad, y es que eso nunca sucederá.
Entonces iba trotando en reversa, me causa gracia hacerlo, por eso lo hago. Divisé a lo lejos un participante que corría enérgico como a nadie había visto. ¿Qué podría hacer? estaba completamente seguro de que era el último lugar, me había esforzado tanto en alcanzar esta calma. ¿Y si intenta derribarme? podría lograrlo fácilmente, en cuanto se acercaba, notaba su musculatura y repito, es tan enérgico como nunca he visto a nadie.
Corrí, creo que nunca lo he hecho así, con todas mis fuerzas. Mis pies ardían en calor, sentía que caminaba sobre el mismo infierno y que un diablo poderoso iba tras de mí a perforarme con los cuernos de su trinche. Miré atrás en varias ocasiones, era inminente que me alcanzaría, pensé en ya no gastar mis fuerzas y esperarlo para combatirlo, pero eso no sería de mí. Me alcanzó, golpeó mi talón provocando que corriera a trastabille y luego caí. Procuré que en mi caída me alejara de él pero me persiguió y ya estando yo en el suelo pateó mi estómago tan fuerte que me sofocó por mucho tiempo, no cabe duda que en sus piernas está la fuerza de cien hombres. Al principio no me daba cuenta, no me había equivocado: él era el primer lugar.
Nunca me importó saber cuál era la razón de ser de este juego, pero ahora me preocupaba algo más, ya no sabía cuál era la razón por la que estaba ahí. Entonces me detuve completamente y pedí que se me retirara de la competencia. No sé quién escuchó, pero así fue. Era el primer participante que se retiraba de esta manera. De pronto ya estaba fuera, dolorido, feliz de la resignación. Al salir al público, muchos se ofendieron conmigo, habían apostado por mí, creían que todos se destruirían entre sí y que tal vez podría ganar. Fui a la sala de apuestas y dejé todo lo que tenía de valor apostando a favor de aquél que me derribó.
Luego desperté, ya había pasado mi destino. Al querer bajar, me detuvo un señor para pedirme una moneda, jaló mi playera. Yo no tengo por qué darle nada. Alguien debería hacer ese estudio, para explicar si uno debería sentirse afligido si no quiere ayudar a otro de esta manera.
-Omar Tiscareño-
20 de abril de 2012
tu patio, el frente de tu casa: la esquina, tus calles;
"prohibido pisar", tus huellas, mis pies;
mis ojos, el "no", cortinas de acero;
las luces, el off;
el francés (lengua y nudo): la garganta;
las letras, la errata, el abecedario (ida y vuelta)
tus señales
un rincón: el laberinto;
el agua: lo insulso;
el cielo: lejanía (peón arraigado);
la escalatura descendente
el altibajo más bajo que nunca
Piscis, abrazados, ahogados en el viento
"prohibido pisar", tus huellas, mis pies;
mis ojos, el "no", cortinas de acero;
las luces, el off;
el francés (lengua y nudo): la garganta;
las letras, la errata, el abecedario (ida y vuelta)
tus señales
un rincón: el laberinto;
el agua: lo insulso;
el cielo: lejanía (peón arraigado);
la escalatura descendente
el altibajo más bajo que nunca
Piscis, abrazados, ahogados en el viento
17 de abril de 2012
Me entretengo escribiendo
Me duele que el tiempo que cae de tus manos
no lo pueda yo tomar
que abrace al viento y no tenga nada
que si me quedo estático no suceda algo (como el derrumbamiento o la abolición de lo absurdo)
que si miro a tus ojos, no los atraviese (y descubra que no se puede azolar el alma o dude de su existencia)
que diga una palabra y no tenga significado:
La veo pintar, todo el día lo hace (pinta , por favor, cada detalle, cada partícula de todo). Pinta cada grano de polvo o todas las imágenes del cielo, pero no dejes de pintar.
Críptidos
I
Cuando hay huracanes en medio del mar, las sirenas se exaltan de miedo pensando que están siendo absorbidas por el cielo.
II
Me da tristeza que la ventisca no pueda helar los ojos humanos para que el yeti pueda salir a bailar con sus trescientos hijos
II
Solo cuando el sol es suficientemente dorado, el cuerno de los caballos puede ser visible para la gente que dogmatiza.
no lo pueda yo tomar
que abrace al viento y no tenga nada
que si me quedo estático no suceda algo (como el derrumbamiento o la abolición de lo absurdo)
que si miro a tus ojos, no los atraviese (y descubra que no se puede azolar el alma o dude de su existencia)
que diga una palabra y no tenga significado:
La veo pintar, todo el día lo hace (pinta , por favor, cada detalle, cada partícula de todo). Pinta cada grano de polvo o todas las imágenes del cielo, pero no dejes de pintar.
Críptidos
I
Cuando hay huracanes en medio del mar, las sirenas se exaltan de miedo pensando que están siendo absorbidas por el cielo.
II
Me da tristeza que la ventisca no pueda helar los ojos humanos para que el yeti pueda salir a bailar con sus trescientos hijos
II
Solo cuando el sol es suficientemente dorado, el cuerno de los caballos puede ser visible para la gente que dogmatiza.
11 de abril de 2012
Cápsula del tiempo
Hace mucho tiempo, es decir hoy once de abril, escribí algo que me ayudaría a dejar de quererla, lo estoy comprendiendo: en realidad no me quiere o no me quiso como yo a ella-. Quiero leer esto cuando pase más tiempo, es decir hoy.
-Omar Tiscareño 12- A Eli
"Su nombre es un juego de palabras, le digo the gamer. Ambos tenemos alma para fantasear"
10 de abril de 2012
Microcuentos
La vida, la muerte y el odio.
Lo alcanzó, por fin terminaría la persecusión. Disparó sin vacilar.
-Si es sencillo llegar al infierno, te sugiero esconderte en un mejor lugar- le dijo porque no quedó satisfecho.
El héroe
Llegó acobardado a arrancar el fuego líquido de sus ojos: golpeó la profundidad de su pecho, piel calcinada, castigada con el dedo del sol, y se fue cuando ella esperaba que sólo muriera. Lo esperó dos o tres veces, diez o veinte años; al volver, la piel morena de ella que sudaba el mismo fuego, se excitó de gracia de ver al héroe prolífico que fracasó. Él confesó haberse equivocado, después murió. Lo enterraron bajo los pies de los moros y su carne nunca se descompuso.
-Números y letras-
Sí: tus ojos son un libro abierto, escritos en un idioma que desconozco. Sí, los míos son como lunas aburridas que sólo saben leer . Tus miles de números hacen un camino distinto al que yo piso; me agrego a tu profesión: soy contador de ceros.
Las visitaciones
Hace diez calendarios que no se veía uno por aquí. Cuando se asomó por la ventana, todos los fanáticos se exaltaron de emoción. Luego ese avión no aterrizó adecuadamente. Tiempo después, el Vaticano preparo humo para elegir a otro.
-Omar Tiscareño-
Lo alcanzó, por fin terminaría la persecusión. Disparó sin vacilar.
-Si es sencillo llegar al infierno, te sugiero esconderte en un mejor lugar- le dijo porque no quedó satisfecho.
El héroe
Llegó acobardado a arrancar el fuego líquido de sus ojos: golpeó la profundidad de su pecho, piel calcinada, castigada con el dedo del sol, y se fue cuando ella esperaba que sólo muriera. Lo esperó dos o tres veces, diez o veinte años; al volver, la piel morena de ella que sudaba el mismo fuego, se excitó de gracia de ver al héroe prolífico que fracasó. Él confesó haberse equivocado, después murió. Lo enterraron bajo los pies de los moros y su carne nunca se descompuso.
-Números y letras-
Sí: tus ojos son un libro abierto, escritos en un idioma que desconozco. Sí, los míos son como lunas aburridas que sólo saben leer . Tus miles de números hacen un camino distinto al que yo piso; me agrego a tu profesión: soy contador de ceros.
Las visitaciones
Hace diez calendarios que no se veía uno por aquí. Cuando se asomó por la ventana, todos los fanáticos se exaltaron de emoción. Luego ese avión no aterrizó adecuadamente. Tiempo después, el Vaticano preparo humo para elegir a otro.
-Omar Tiscareño-
5 de abril de 2012
Predicciones
I
Te he dejado un par de recuerdos inventados,
guardados con soltura en la memoria;
la carne arrancada de está alma;
las palabras, ahora sin saliva,
que no querrás escuchar por primera vez.
Por último,
te dejo un par de predicciones más:
jamás sabrás de este hombre
que nunca te conoció,
pero estuvo contigo por mucho tiempo.
II
Te conozco muy bien:
tienes una pecera con muchos ojos
que te miran las piernas al salir de la ducha,
esos ojos, que son de golondrinas,
los encarnas en tus sueños
para que igual, húmedos,
se reencuentren cuando despiertes.
Tienes, también, a un gato
que cuida a tu tejado;
centinela o fetiche
que va y viene al infierno o al cielo
cuando atraviesa al espejo.
Todos los viernes rezas
a un santo anónimo
una oración fortuita,
y hieres tu lengua
cuando dices amén.
III
Es una esfera,
orbe salida de agua sucia,
pupila de algún dios omnipresente.
Son cartas,
imágenes de ídolos inciertos,
estos ingenian la red
que se ha de tejer:
cada uno tiene un argumento
que cambia de intención
según su representante.
Son cuarzos, son dientes coloridos
que las deidades paganas mudaron
por hablar del futuro;
dijeron los hechos reales
cuando todavía no era tiempo.
IV
Y dirá, la de los ojos inalcanzables,
que derribé por fin, con la mirada,
una muralla que tenía puertas;
que fui, casi arrastrándome,
como la sombra de la serpiente,
hacia la ruta de una sincera desgracia.
Y que cuando llegué
al puerta de tu casa,
a las puertas del mundo verdadero,
recibí con miedo
los golpes de tu padre.
V
A María le duelen las piernas cuando salta la cuerda;
Roberto siente un dolor agudo en los testículos cuando la ve por la ventana.
-Omar Tiscareño-
3 de abril de 2012
El desamparado
Hace mucho mucho tiempo, en un lugar muy muy lejano, había un hogar.
-Omar Tiscareño-
30 de marzo de 2012
Insumisión
I
Cuando los soltaron para combatirlos, ambos corrieron feroces a matar al dueño de su compañero. Se quebrantó el pacto: ahora serán los peores enemigos, ya no habrá peleas clandestinas, el perro humillará al hombre en público.
II
Todos corrieron al mismo tiempo, a la misma velocidad. Se sintieron naturales. De sus lomos brotaron alas que derribaron al jinete y desprendieron su ser artificial; se borraron los números, se abandonaron las rutas de polvo. Nació una parvada de pegasos en el hipódromo.
III
Llegaron con sus gallos al palenque. Al emprender la contienda, todos, supuestos líderes y espectadores, cacarearon sin fin. Ambos machos se excitaron, ganaron los dos: habrá suficientes gallinas para pisar a talón desnudo.
IV
Una vez cansada la bestia, y ya analizada meticulosamente su anatomía, el toro arremetió al hombre con una estocada magistral. Mió sobre su escudo amarillo-rojo y bufó poemas que Dios y sus vírgenes agradecieron íntimamente.
-Omar Tiscareño-
Cuando los soltaron para combatirlos, ambos corrieron feroces a matar al dueño de su compañero. Se quebrantó el pacto: ahora serán los peores enemigos, ya no habrá peleas clandestinas, el perro humillará al hombre en público.
II
Todos corrieron al mismo tiempo, a la misma velocidad. Se sintieron naturales. De sus lomos brotaron alas que derribaron al jinete y desprendieron su ser artificial; se borraron los números, se abandonaron las rutas de polvo. Nació una parvada de pegasos en el hipódromo.
III
Llegaron con sus gallos al palenque. Al emprender la contienda, todos, supuestos líderes y espectadores, cacarearon sin fin. Ambos machos se excitaron, ganaron los dos: habrá suficientes gallinas para pisar a talón desnudo.
IV
Una vez cansada la bestia, y ya analizada meticulosamente su anatomía, el toro arremetió al hombre con una estocada magistral. Mió sobre su escudo amarillo-rojo y bufó poemas que Dios y sus vírgenes agradecieron íntimamente.
-Omar Tiscareño-
28 de marzo de 2012
26 de marzo de 2012
Bajo control
I
Cuando terminé mi trabajo, presioné con gran ímpetu la tecla enter. Escuché entonces un chillido muy agudo, casi sofocado pero perceptible, duró un segundo o poco más. Creí que había averiado algún componente de mi computadora portátil, o que ya era hora de descansar, pronto amanecería. Siempre me dejo llevar por las cosas, mi investigación me atrapó y tenía que terminar.
Para guardar, quise presionar las teclas Ctrl+G pero algo falló, pareció que Ctrl no era pulsable. Ya me había pasado hace mucho: una vez cayeron trozos de cacahuates que impedían la barra espaciadora, en otra ocasión aserrín y así muchas veces distintas cosas, nunca procuré limpiar, sólo presionaba más fuerte hasta hacerlas funcionar. Fui por un mondadientes y comencé a jurungar el teclado. Detecté, al parecer, sangre cuando saqué la punta, sangre color bermellón, como un rojo amarillento.
Pensé que el mondadientes ya había sido utilizado, sentí un poco de asco. Fui por otro y repetí el acto. Al sacar el nuevo mondadientes, del cual me había asegurado estaba limpio, encontré plastas de una macilla extraña, como la que se urga a veces entre los dientes. Tuve, nuevamente, la impresión de que en realidad era sangre cuajada que se podría de una extraña manera.
Rasqué por todos los estrechos de las teclas y en diversos lados encontraba macilla de diferentes colores. También la había verde, la asocié con lagaña o con moco; café, que me remitió a costras arrancadas; beige, que parecían pequeños pellejos jalados, entre otros más.
Dejé de rascar, mi estomago se contraía, todo me provoca una sensación intensa. Presioné nuevamente Ctrl y escuché una vez más ese chillido agudo. Me sorprendí un poco. Volví a hacerlo pero ya no escuché nada. Soporte la nausea, que era poca, e intenté jurungar debajo de esa tecla cuando de pronto algo, no sé qué, empujó el mondadientes y se escondió en otra tecla, creo que en la Z.
Me exalté, estaba seguro de haber visto algo anómalo. Corrí con prisa por una lupa, ya sabía donde estaba así que no tarde en lo absoluto. Acerqué mi lampara de estudio hacia el teclado, con la mano izquierda buscaba por entre los estrechos con la lupa y con la otra rascaba (procuraba que mi sombra no estorbara).
Era obvio que ya no estaría en la Z, así que empecé por la P pensando que se extremaría. Recordé que en esta zona había rascado la macilla beige, cuando empecé a escudriñar con más cautela, me di cuenta de que eran diminutas partículas de polvo, parecía una pequeña duna, una playa calcinada por el sol artificial de mi monitor. Descubrí pequeñas huellas recién marcadas, las perseguí, se perdían por la O pero las encontraba después por entre la I y la K, señalaban hacia la J y de allí ya no había huellas.
Presioné esa tecla con un poco de miedo pero con algo de fuerza, escuché ese sonido, como si pisara a una rata, y aquella cosa corrió, yo sólo la perseguí con la lupa un buen rato, lo suficiente para tenerle una descripción: tenía diminutas escamas como si fuesen formadas por la mugre; tenía muy pocos pelos, cortos y chamuscados; ¿pies? a lo mejor seis, no sé bien, todos tenían ampollas; tenía bastantes trocitos de, creo yo, sal brillante, quizá eran sus ojos.
Así fue, pues, que la iba correteando. Se estacionaba debajo de una tecla y yo la presionaba con fuerza para espavilarla, había momentos en que no salía y tenía que insistir pulsando de nuevo, en cada apretón el sonido chirriante que comenzaba a excitarme. Sentía que era como un Dios, uno verdadero y castigador, sentía que su chillido eran súplicas que yo ignoraba, no tenían importancia, él había provocado mi enfado, porque me asustó, nunca procuró tener un contacto amigable, sólo se escondía y me lanzaba ese maldito chillido.
Corría a través de este laberinto interminable. Debo admitir que tenía un poco de inteligencia -quizá era un lector ideal de todo lo que escribía, tal vez reconocía cada pulsación y se entretenía leyendo-: corría hacia la izquierda tratando de resolver la salida, seguido llegaba a Ctrl y de allí chillaba con aún más tristeza de no liberarse; recordé al minotauro, a su llanto.
Me detuve, observé todo lo que había rascado. Las pequeñas dunas habían perdido ese peculiar encanto que sólo podía revelarse con la lupa. Dejé de atormentarla un poco para observar detenidamente su tan limitada ciudad debajo de mi teclado. La zona verde profundo era en realidad una minúscula selva formada de musgo seco y cabellos que simulaban ser lianas; la café, eran pedruscos de galleta y cutículas amontonadas, era la zona más alta y rocosa -míticas montañas sagradas-. Así fui poco a poco maravillándome de tan característicos paisajes ahora destruidos por mi saña. Sentí un poco de pena, casi tristeza.
Mientras me afligía, me concentré en determinar qué paisaje sería aquel que circundaba la tecla Ctrl, la rojiza. No encontraba nada sorprendente, solo macilla más fina del mismo color. Rasqué hasta muy abajo de la tecla hasta jalar un pequeño montón de piedra. Enfoque más la lupa hasta encajar una terrible imagen en mi pecho, era una fracción de esqueleto aberrante parecido al de aquél en vida -la monstruosidad nunca tiene tamaño-.
Ya exaltado, busqué de nuevo aquella criatura. Presionaba con casi toda la palma el teclado y muy pronto se avivó la inusual figura. Esta vez arremetí a matar con los dedos índices. Esta extraña cosa se había hecho de energía insólita y escapaba como gacela sorprendida.
Llegó, como era de esperarse, a la tecla Ctrl. Esta vez le daría una salida: la muerte. Di un puñetazo tan insensato a esta parte de mi computadora, que la tecla se desprendió y la perdí de vista, se apagó todo el equipo. En su hueco, estaba aquel insecto infernal muriendo, rompí todos sus huesos como si fuese una cucaracha que crujía en mis manos, como una hoja seca o una galleta salada.
II
Entregué mi trabajo. No sé cuándo lo guardé, pero estaba en mi memoria, lo imprimí en la escuela. Sus signos, perfectamente bien escritos, sin caracteres de más, no delataron ninguna extrañeza.
Regalé mi computadora a un amigo, dice que no está tan sucia y que funciona perfectamente bien. Le creo, y me arrepiento de lo que hice.
-Omar Tiscareño-
Cuando terminé mi trabajo, presioné con gran ímpetu la tecla enter. Escuché entonces un chillido muy agudo, casi sofocado pero perceptible, duró un segundo o poco más. Creí que había averiado algún componente de mi computadora portátil, o que ya era hora de descansar, pronto amanecería. Siempre me dejo llevar por las cosas, mi investigación me atrapó y tenía que terminar.
Para guardar, quise presionar las teclas Ctrl+G pero algo falló, pareció que Ctrl no era pulsable. Ya me había pasado hace mucho: una vez cayeron trozos de cacahuates que impedían la barra espaciadora, en otra ocasión aserrín y así muchas veces distintas cosas, nunca procuré limpiar, sólo presionaba más fuerte hasta hacerlas funcionar. Fui por un mondadientes y comencé a jurungar el teclado. Detecté, al parecer, sangre cuando saqué la punta, sangre color bermellón, como un rojo amarillento.
Pensé que el mondadientes ya había sido utilizado, sentí un poco de asco. Fui por otro y repetí el acto. Al sacar el nuevo mondadientes, del cual me había asegurado estaba limpio, encontré plastas de una macilla extraña, como la que se urga a veces entre los dientes. Tuve, nuevamente, la impresión de que en realidad era sangre cuajada que se podría de una extraña manera.
Rasqué por todos los estrechos de las teclas y en diversos lados encontraba macilla de diferentes colores. También la había verde, la asocié con lagaña o con moco; café, que me remitió a costras arrancadas; beige, que parecían pequeños pellejos jalados, entre otros más.
Dejé de rascar, mi estomago se contraía, todo me provoca una sensación intensa. Presioné nuevamente Ctrl y escuché una vez más ese chillido agudo. Me sorprendí un poco. Volví a hacerlo pero ya no escuché nada. Soporte la nausea, que era poca, e intenté jurungar debajo de esa tecla cuando de pronto algo, no sé qué, empujó el mondadientes y se escondió en otra tecla, creo que en la Z.
Me exalté, estaba seguro de haber visto algo anómalo. Corrí con prisa por una lupa, ya sabía donde estaba así que no tarde en lo absoluto. Acerqué mi lampara de estudio hacia el teclado, con la mano izquierda buscaba por entre los estrechos con la lupa y con la otra rascaba (procuraba que mi sombra no estorbara).
Era obvio que ya no estaría en la Z, así que empecé por la P pensando que se extremaría. Recordé que en esta zona había rascado la macilla beige, cuando empecé a escudriñar con más cautela, me di cuenta de que eran diminutas partículas de polvo, parecía una pequeña duna, una playa calcinada por el sol artificial de mi monitor. Descubrí pequeñas huellas recién marcadas, las perseguí, se perdían por la O pero las encontraba después por entre la I y la K, señalaban hacia la J y de allí ya no había huellas.
Presioné esa tecla con un poco de miedo pero con algo de fuerza, escuché ese sonido, como si pisara a una rata, y aquella cosa corrió, yo sólo la perseguí con la lupa un buen rato, lo suficiente para tenerle una descripción: tenía diminutas escamas como si fuesen formadas por la mugre; tenía muy pocos pelos, cortos y chamuscados; ¿pies? a lo mejor seis, no sé bien, todos tenían ampollas; tenía bastantes trocitos de, creo yo, sal brillante, quizá eran sus ojos.
Así fue, pues, que la iba correteando. Se estacionaba debajo de una tecla y yo la presionaba con fuerza para espavilarla, había momentos en que no salía y tenía que insistir pulsando de nuevo, en cada apretón el sonido chirriante que comenzaba a excitarme. Sentía que era como un Dios, uno verdadero y castigador, sentía que su chillido eran súplicas que yo ignoraba, no tenían importancia, él había provocado mi enfado, porque me asustó, nunca procuró tener un contacto amigable, sólo se escondía y me lanzaba ese maldito chillido.
Corría a través de este laberinto interminable. Debo admitir que tenía un poco de inteligencia -quizá era un lector ideal de todo lo que escribía, tal vez reconocía cada pulsación y se entretenía leyendo-: corría hacia la izquierda tratando de resolver la salida, seguido llegaba a Ctrl y de allí chillaba con aún más tristeza de no liberarse; recordé al minotauro, a su llanto.
Me detuve, observé todo lo que había rascado. Las pequeñas dunas habían perdido ese peculiar encanto que sólo podía revelarse con la lupa. Dejé de atormentarla un poco para observar detenidamente su tan limitada ciudad debajo de mi teclado. La zona verde profundo era en realidad una minúscula selva formada de musgo seco y cabellos que simulaban ser lianas; la café, eran pedruscos de galleta y cutículas amontonadas, era la zona más alta y rocosa -míticas montañas sagradas-. Así fui poco a poco maravillándome de tan característicos paisajes ahora destruidos por mi saña. Sentí un poco de pena, casi tristeza.
Mientras me afligía, me concentré en determinar qué paisaje sería aquel que circundaba la tecla Ctrl, la rojiza. No encontraba nada sorprendente, solo macilla más fina del mismo color. Rasqué hasta muy abajo de la tecla hasta jalar un pequeño montón de piedra. Enfoque más la lupa hasta encajar una terrible imagen en mi pecho, era una fracción de esqueleto aberrante parecido al de aquél en vida -la monstruosidad nunca tiene tamaño-.
Ya exaltado, busqué de nuevo aquella criatura. Presionaba con casi toda la palma el teclado y muy pronto se avivó la inusual figura. Esta vez arremetí a matar con los dedos índices. Esta extraña cosa se había hecho de energía insólita y escapaba como gacela sorprendida.
Llegó, como era de esperarse, a la tecla Ctrl. Esta vez le daría una salida: la muerte. Di un puñetazo tan insensato a esta parte de mi computadora, que la tecla se desprendió y la perdí de vista, se apagó todo el equipo. En su hueco, estaba aquel insecto infernal muriendo, rompí todos sus huesos como si fuese una cucaracha que crujía en mis manos, como una hoja seca o una galleta salada.
II
Entregué mi trabajo. No sé cuándo lo guardé, pero estaba en mi memoria, lo imprimí en la escuela. Sus signos, perfectamente bien escritos, sin caracteres de más, no delataron ninguna extrañeza.
Regalé mi computadora a un amigo, dice que no está tan sucia y que funciona perfectamente bien. Le creo, y me arrepiento de lo que hice.
-Omar Tiscareño-
24 de marzo de 2012
Tres Microcuentos
Los Vencidos
Sus dientes despostillados por tanto roer piedras; su melena como delgadísimos hilos de cobre oxidados por la hambruna del sol; sus garras: espolones mal atados, fastidiados de sólo caminar; y sus ojos: pedruscos de topacios castigados con la picazón del polvo.
El león corrió como siendo perseguido por la muerte, sin mucha prisa en realidad, y muy apenas acometió a su presa. La asesino con exito. La gacela ya había detectado a su persecutor, fingió ser despistada.
Así se extinguió la gacela y pronto se extinguirá el león.
Jugar Rayuela
"Para jugar Rayuela, he seccionado mis recuerdos en etapas del uno al diez. Voy y vengo las veces que quiera, divirtiéndome como nunca porque puedo pisar segura sin que me duelan los pies"
"Me he enterado de que otros juegan de otra manera, que me han colocado en una de sus casillas; brincan pero no se alzan, enredan sus pies y rompen sus huesos. No los juzgo, yo también jugaba mal, olvidaba que en la vida uno va colocando sus casillas hacia adelante y que si se regresa no es para caer (ese no es el objetivo)."
El altiplano
Cuando por fin llegué, me sentí tan logrado que lo único que quise fue bajar. Cuando bajé, ya todos habían muerto.
-Omar Tiscareño-
Gracias por leer
Sus dientes despostillados por tanto roer piedras; su melena como delgadísimos hilos de cobre oxidados por la hambruna del sol; sus garras: espolones mal atados, fastidiados de sólo caminar; y sus ojos: pedruscos de topacios castigados con la picazón del polvo.
El león corrió como siendo perseguido por la muerte, sin mucha prisa en realidad, y muy apenas acometió a su presa. La asesino con exito. La gacela ya había detectado a su persecutor, fingió ser despistada.
Así se extinguió la gacela y pronto se extinguirá el león.
Jugar Rayuela
para Mimí
"Para jugar Rayuela, he seccionado mis recuerdos en etapas del uno al diez. Voy y vengo las veces que quiera, divirtiéndome como nunca porque puedo pisar segura sin que me duelan los pies"
"Me he enterado de que otros juegan de otra manera, que me han colocado en una de sus casillas; brincan pero no se alzan, enredan sus pies y rompen sus huesos. No los juzgo, yo también jugaba mal, olvidaba que en la vida uno va colocando sus casillas hacia adelante y que si se regresa no es para caer (ese no es el objetivo)."
El altiplano
Cuando por fin llegué, me sentí tan logrado que lo único que quise fue bajar. Cuando bajé, ya todos habían muerto.
-Omar Tiscareño-
Mi recomendación: hay que tener mucho cuidado con el paso del tiempo.
Gracias por leer
21 de marzo de 2012
El día
...Encontré a una mujer de la que me enamoraba, pero no recuerdo su descripción. Ella también se enamoraba de mí y nos casamos; no recuerdo qué sentía.
Todas las personas hablaban de algo, un hombre dijo una cosa sumamente interesante que revelaría todas las mentiras. Después yo dije algo que a todos exaltó: unos rieron, otros lloraron, no hubo nadie pensativo.
Había algo que me gustaba hacer, me sentía tan enérgico haciéndolo. A ella le fascinaba que lo hiciera con tanta exactitud. Después ella estaba haciendo otra cosa y no conseguía dejarla de ver. Me queda la sensación que aquello fue un regalo de la vida porque lloré, pero no tenía tristeza.
Miraba algo que jamás habrá, su estética era sumamente impresionante, no recuerdo si estaba en el mar o levitaba en el cielo o si surgía de la tierra o si se consumía como el fuego; yo le proferí más de diez adjetivos y ninguno era semjante a otro. Ella dijo que era colosal, extremadamente enorme, yo bajé un poco la mirada y dejé de verlo. Después lo cubrí con mis manos. No me incomodaba su imagen.
La veía a sus ojos, estaba a punto de hacerlo, ella reía un poco sin disimular su miedo. Estaba sucediendo, escurría luz por las rendijas -fuego derramado-, había nubes trancitando como ventarrones. Sentía su calor como si fuera aire tibio, quise tocarla pero no logré moverme, así entendí que no habría regreso. Ella extendió su mano derecha al frente, mordió un poco sus labios, irguió su espalda, alzó su frente. Estaba sucediendo...
-Omar Tisc
Todas las personas hablaban de algo, un hombre dijo una cosa sumamente interesante que revelaría todas las mentiras. Después yo dije algo que a todos exaltó: unos rieron, otros lloraron, no hubo nadie pensativo.
Había algo que me gustaba hacer, me sentía tan enérgico haciéndolo. A ella le fascinaba que lo hiciera con tanta exactitud. Después ella estaba haciendo otra cosa y no conseguía dejarla de ver. Me queda la sensación que aquello fue un regalo de la vida porque lloré, pero no tenía tristeza.
Miraba algo que jamás habrá, su estética era sumamente impresionante, no recuerdo si estaba en el mar o levitaba en el cielo o si surgía de la tierra o si se consumía como el fuego; yo le proferí más de diez adjetivos y ninguno era semjante a otro. Ella dijo que era colosal, extremadamente enorme, yo bajé un poco la mirada y dejé de verlo. Después lo cubrí con mis manos. No me incomodaba su imagen.
La veía a sus ojos, estaba a punto de hacerlo, ella reía un poco sin disimular su miedo. Estaba sucediendo, escurría luz por las rendijas -fuego derramado-, había nubes trancitando como ventarrones. Sentía su calor como si fuera aire tibio, quise tocarla pero no logré moverme, así entendí que no habría regreso. Ella extendió su mano derecha al frente, mordió un poco sus labios, irguió su espalda, alzó su frente. Estaba sucediendo...
-Omar Tisc
18 de marzo de 2012
Valientes
I El valiente vive hasta que otro más valiente quiera
II Cuando un valiente muere, nacen tres cobardes; cuando nace un valiente, mueren dos cobardes.
III Una multitud de cobardes (que realmente sean cobardes) jamás vencerá a un valiente (que realmente sea valiente)
IV El cobarde llora porque el valiente impone
V Si pelean dos valientes, ambos mueren y ganan; si pelean dos cobardes el valiente gana (y ríe).
VI Sólo Dios es el más valiente entre los valientes pero se esconde entre los cobardes (algo anda mal aquí).
VII.I (Hechos:) Una vez un valiente sintió compasión por un cobarde, entonces el cobarde murió.
VII.II (El equilibrio:) Había un cobarde que temía a la muerte, no dormía por preocupación. Un día lo asesinó un valiente -sin razón alguna- y éste no supo cómo ocurrió.
VIII (Más lúdico:) Amar es de valientes, querer es de cobardes.
IX.I Existe una congregación de cobardes -una empresa que simula vender valor- que reza al valiente, pero este los ignora.
IX.II Hay tratados en donde los valientes reparen a los cobardes y sus tierras para que estos los veneren.
X Si no existieran cobardes solamente habría valientes, si no existieran valientes solamente no habría valientes.
XI Los cobardes nunca cuestionan su existencia (además son felices): les ve tan mal que sólo así encuentran su razón de ser, están de acuerdo con ser miserables.
XII El valiente solo envejece por fuera, el tiempo no resquebraja los vacíos de su carne.
XIII
---¿Y si no hubiésemos nacido?
---No sé, no creo que ese sea el punto. Quizá tuvimos la oportunidad de elegir nuestra naturaleza.
---¿Y por qué elegiríamos está?
---Nunca he pensado en esas cosas.
---Tal vez no tenga importancia.
-Omar Tiscareño-
II Cuando un valiente muere, nacen tres cobardes; cuando nace un valiente, mueren dos cobardes.
III Una multitud de cobardes (que realmente sean cobardes) jamás vencerá a un valiente (que realmente sea valiente)
IV El cobarde llora porque el valiente impone
V Si pelean dos valientes, ambos mueren y ganan; si pelean dos cobardes el valiente gana (y ríe).
VI Sólo Dios es el más valiente entre los valientes pero se esconde entre los cobardes (algo anda mal aquí).
VII.I (Hechos:) Una vez un valiente sintió compasión por un cobarde, entonces el cobarde murió.
VII.II (El equilibrio:) Había un cobarde que temía a la muerte, no dormía por preocupación. Un día lo asesinó un valiente -sin razón alguna- y éste no supo cómo ocurrió.
VIII (Más lúdico:) Amar es de valientes, querer es de cobardes.
IX.I Existe una congregación de cobardes -una empresa que simula vender valor- que reza al valiente, pero este los ignora.
IX.II Hay tratados en donde los valientes reparen a los cobardes y sus tierras para que estos los veneren.
X Si no existieran cobardes solamente habría valientes, si no existieran valientes solamente no habría valientes.
XI Los cobardes nunca cuestionan su existencia (además son felices): les ve tan mal que sólo así encuentran su razón de ser, están de acuerdo con ser miserables.
XII El valiente solo envejece por fuera, el tiempo no resquebraja los vacíos de su carne.
XIII
---¿Y si no hubiésemos nacido?
---No sé, no creo que ese sea el punto. Quizá tuvimos la oportunidad de elegir nuestra naturaleza.
---¿Y por qué elegiríamos está?
---Nunca he pensado en esas cosas.
---Tal vez no tenga importancia.
-Omar Tiscareño-
15 de marzo de 2012
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