I
Dalia, ego centrista, te arroja como piedra a un riachuelo. Le gusta verte hundiéndote,
le gusta ahogarte. Dalia, nocturna, espera a que lamas su cuello y le provoques
tu sensación en la piel, que sacudas sus cabellos con tu soplido y que te
quiera tomar entre sus manos sin que pueda hacerlo. Le gusta sentirte callado,
le gusta silenciarte.
No. No eres una piedra, no eres el frío, tampoco el viento. Aurelio, si
tienes la desolación estática de una piedra, tu temperatura es inferior a la de
su tacto y sus suspiros te son legibles: ¿por qué no estás con ella?
Dalia, soturna y melancólica, camina sola en un parque. Tú le replicas.
II
La miras, Aurelio, todo el día la miras sin que se dé cuenta. Por qué no le
hablas. Dile que la sigues, que repites sus pasos por el parque, que imitas su
cacofonía. Tú también cazas flores, por que ella lo hace, dile que estás
juntando las más bonitas para ella. Dile de los nenúfares que bailan, dile de
las flores que brillan y que están debajo del agua, te gustan tanto porque son
como ella. Dile sin tartamudear. No puedes, Aurelio, esa maldita disfemia te
interrumpe el valor. No lo hagas, no le hables. Envenenarías su voz, su hermosa
boca pitiminí; su tararear pulularía tu sangre y te apenarías.
III
Mírala bien, Aurelio, no te apenes. Nadie le habla. Dalia, su piel es
quemada. No, mírala bien, es una cicatriz que deforma su cara. Su boca, no sé
si roja o si amarilla, no comenta si ríe o si llora; sus ojos son puertas
erradas. Mírala: ampollas en sus brazos, manchas de carne carcomida por el
fuego, casi podridas, como si estuvieran despellejadas; por eso rehúsa su
reflejo. Pero mírala bien, ella es el espejo que reproduce a tu alma y la
reduce.
IV
Hoy no, Aurelio, este siempre es el mejor día. Hoy no serás un cobarde. Te
ha visto tras de ella rompiendo el esqueleto de las hojas secas. Te mira y
siente pena, la miras y esa pena se redobla infinitamente. Te pregunta quién
eres, qué quieres. No le dices, tu lengua es una barca que ha encallado, es un
músculo atrofiado. Son muchas "de", Aurelio, que escasean de vocales,
son muchas "de" que parecen preludiar una burla. Dalia no entiende
por qué no hablas, son muchas "de", parece que estás asustando, ella
cree que es por miedo. No puedes verte como ella te ve, las ganas de querer hablarle
revolucionan bruscamente a tu cara y la tuercen. Dalia, lastimada, huye
llorando. Qué patético. De nuevo la piedra, la placa, el prado, el globo de tu
pecho que truena frigorífico; te vas, troglodita, a tu casa, tu cueva. Ahí
repetirás por siempre las palabras que no dijiste.
V
Dalia, noctámbula, arroja con odio las piedras al agua, (esta vez sí eres
tú, Aurelio). Sus lágrimas alteran al riachuelo que se exalta como si fuera
baleado. De pronto el agua se amena, luego se refleja su efigie. Aurelio los ha
visto antes, los nenúfares, que se mueven en círculos como si fueran rehiletes
y se separan, hacen un marco, una ventana que atisba con claridad lo profundo.
Son flores como tú, Dalia. Siente ese frío y su sensación, siente esa sumisión
del silencio que se sublima en tu susurro. Tienes razón, no son flores como tú,
eres tú como una flor, aquella que está en el riachuelo. Tu reflejo se
difumina: el manto acuático, que es tu cara, y el fondo del riachuelo, que es
esa flor que brilla. Mírate, Dalia, eres hermosa sumida en la profundidad. El
viento te incita, sacude tus ansias de beber de ti. Te precipitas, eres una
flor palpitante que siente un empuje por dentro. Se hunde tu rostro, es un beso
que ahogas al agua y que el riachuelo jala con intensidad. Tu cuerpo se moja y
se entume, lloras de felicidad bajo del agua.
VI
Aurelio, monomaniaco, murió hablando, después de muerto siguió callado. En
el riachuelo, el cuerpo quemado de Dalia se pudrió en el agua, nunca hubo
flores que brillaran y nada surgió después de ella. Nadie se percató de que
ambos murieron, ni siquiera entre ellos mismos. Murieron solos y para siempre.
Lo único que no morirá es su historia, se repetirá anacrónicamente por lo largo
del tiempo y su tristeza no tendrá fin.
-Omar Tiscareño 12-
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| De cuento_Rafael Elías |
Inspirado en el mito de Narciso y Eco y de los últimos escritos de Arely sobre el tema.