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18 de julio de 2020

Gógol Idiota



Y de qué te sirvió esa búsqueda, Gógol, de qué te sirvió esforzarte durante tanto tiempo en desentrañar una nueva novela que no terminaste nunca de cuajar; que ahora es reconocida por ser incompleta y porque “casi se parece” a otras obras aún más célebres. De qué te sirvió la tentativa de una frescura en las letras. 

Fuiste un idiota, Gógol. Debiste quemarlo todo cuando te lo propusiste. Estabas ahí, delante de los fuegos, pero el capricho de tu discípulo te convenció de que no lo hicieras y tú, ya con los albores de la demencia senil, te dejaste convencer. Fuiste un idiota, Gógol. 

Tuviste la oportunidad de demostrarte que puedes hacer algo y deshacer sin perturbar en nada al cosmos. ¿Para qué quisiste que te recordaran?

Decidiste no pertenecer a la inmensa gloria de los que son olvidados, de los que son verdaderamente libres de todo y conforman el esplendor del gran vacío. 

Debes estar avergonzado porque aún con tus textos recuperados tú fuiste y seguirás siendo por siempre una simple ánima, una estúpida alma muerta. 



12 de marzo de 2020

Sobre la potencia nula

No quiero escribir de nada.

Me siento bien así, sin mucho que idear. Ni de ficción ni de un atisbo a la realidad. Apenas y me asomo a terminar bocetos de antaño.

Mi compromiso con la literatura ahora es nulo. Me siento bien así, quiero que así sea. Yo no soy ni he sido nunca un hacedor de nada y no quiero que nada me haga regresar a escribir sobre nada.

Sucede que me siento feliz, pleno, en paz. Me siento satisfecho con la soledad de mi casa, con las ocupaciones hacia los padres, hacia el hermano, hacia la mujer que me acompaña (o yo a ella). Hacia la primera persona. Me parece justa la medianía, es una luz dorada.

Y desde hace mucho tiempo que no padezco esta plenitud de ahora. Aunque sea ciega. Aunque sea aciaga: que no advierta o descuide los tropiezos.

Es un canto de triunfo no preocuparse por el mundo
ni por la enorme vastedad de las cosas que lo cohabitan.


10 de febrero de 2020

Apuntes XIV (Pelaje)

I
El cabello de Ilá se ha triplicado solo esta semana. Es de sorprender que no pierda ni un solo cabello. Me he propuesto identificar si hay al menos uno por aquí o por allá: observo en la ducha, sacudo su moqueta, escudriño entre su ropa. Ni un solo hilo. Ni corto ni chico.

Ahora, cuando Ilá corre, deja una hermosa estela. Desde su pelaje nace el sol, eso ya se lo he mencionado. Cuando corre, parece una pincelada castaña que no cesa. Entonces llega a mí, me derriba con su fuerza; le he repetido en varias ocasiones que se detenga un poco, porque siempre se abalanza y al caer rodamos: "¿Y tú qué piensas? ¿que mis huesos son igual de duros que los tuyos? ¿que aunque ñangos, siempre rendirán lo que me rinden ahora?".

Ilá se estrella conmigo y caemos. En la rotación, su cabello nos enrosca como espagueti en el tridente. Vuelta tras vuelta hasta hacer un forro gordo, un churro grueso de hilos y de hilos y de hilos que nacen de su pelaje. Me constriñe. Siento mi aliento perderse en el suyo.

Eres cálida, Ilá, como un buen recuerdo.

II
Hace dos meses que no veo a Ilá. La nombro desde la sala. La chito bajo la cama. La silbo desde el patio de atrás.

Cuando me dispongo a tomar el sueño, percibo una voz distante que repite mi nombre. No estoy seguro si es Ilá o si es el viento, pero ha sucedido tantas veces que ahora la sueño. Es un sueño gris en donde la persigo por la casa para enredar mis dedos en su cabello. A veces me tiendo sobre ella, en su pelaje y me dejo perder como en un sumidero de arena. Imagino una muerte plácida.

"Ay, Ilá, por qué me dices esas cosas, ¿tú qué sabes de la melancolía? ¿Tú qué sabes de vivir de noche y morir de día? ¿Tú qué sabes de sentimientos azules?", le digo a veces entre los sueños y sus respuestas no me convencen, aunque a veces se sale con las suyas.

Ahora dice que no puede volver. Ni a la casa ni a los sueños. Le digo que está bien. Le prometo no sentirme abandonado porque sería ridículo.

Esta mañana me he sentido ridículo.


III
Hoy en la moqueta de Ilá he descubierto muchos hilos. Muchos muchos hilos cortos. Son del color del atardecer, pero tienen el temple del alba.


Deslizo mi palma desde mi frente hasta la nuca. No puedo creer que esté perdiendo tan rápido el cabello.



Omar Tristereño, ja!

Cuando observo

Lo que pasa es que cuando yo observo a alguien, 
me estrello.

Me arrojo por completo a lo que miro 
como un acróbata sin redes y sin poleas. 

Lo que pasa es que cuando observo 
no dejo orilla, 
me arrincono y veo cerrarse los contornos 
y las esquinas. 

Lo que pasa es que cuando yo observo,
absorbo 
y se me cuela el mundo y sus abrojos
me hago de trastos y de nodos 

Todo lo que pasa es que cuando miro,
El mundo se hace complejo,
me preguntan que qué pasa,

no sé qué miro
no sé si miro

y todavía hacerlo palabra


ort

17 de enero de 2020

Los juegos de Samat

No me siento cómodo escribiendo así. sin primera persona. Ni son temas que sé. Así lo dejaré incompleto, ya hasta me dio flojera terminarlo




Los juegos de Samat

A Samat no le gusta perder, la última vez que perdió, menguó su magnificencia. No le gustan las derrotas, aunque es adepto de los juegos. Es un genio caprichoso. Siempre a la espera de arrebatar lo ajeno.

Hacía lustros que nadie lo visitaba a la Ciudad Perdida, salivó al ver a un expedicionario que se acercaba a la periferia.

Evicserar, quien se acercaba hacia Samat, venía de las dunas del Gran Gahar, de donde nadie vuelve. Sorprendentemente, estaba ileso, andaba aún con júbilo: su cabello largo y ordenado, su piel morena lisa, los labios húmedos. No hay lugares hostiles para Eviscerar.

Notó a lo lejos que había arribado a su destino, así que se despojó de todo lo que tenía, incluso de los libros y diarios que lo habían traído hasta aquí. Agradeció a los objetos que lo habían ayudado en su viaje y los ofrendó a un sumidero de arena.

Al entrar, al templo donde moraba Samat, éste mutó en su forma humana y se presentó:

- ¿Sabes quién soy?
- Lo sé
- ¿Sabes qué es lo que hago?
- Sí
- ¿Ha sido fortuito o me estás buscando?


Eviscerar había leído los diarios de Zherezada, los guardaba con mucho recelo. En ellos se nombraba al genio burlón, al del escarnio. Se detallaban solo dos de sus cuatro dones, el de la mutación y el de la alquimia, razón por la que era buscado por cientos; pero se suponía la inmortalidad como un tercero y no se tenía conocimiento del cuarto. Los escritos narraban las historias del infortunio que provocaba Samat: las ciudades yermas, las familias tristes, los reyes abdicados. "Ante Samat siempre se pierde, incluso si Samat no gana nada en el juego" se leía en los libros.

-Te he buscado por lo que eres y por lo que haces- soltó Eviscerar con firmeza
- ¿Sabes que puedo hundirte en las aguas del Khar, donde los humanos se ahogan, pero nunca mueren?
- Lo sé
- ¿Sabes que, por otro lado, puedo ofrecerte alguno de mis cuatro dones?
- He escuchado de eso.
- Entonces dime, ¿Cuál es el juego? ¿Cómo deseas poner fin a tus horas?

Zherezada tenía un plan contra Samat, pero no vivió lo suficiente para cometerlo. Ella había leído un manuscrito arcano que hablaba de la hechicería de la luz, la magia de Astaroth. En sus diarios, Zherezada narra que buscó y encontró a ese hechicero, un viejo de barba blanca; lo describe como el ser más bondadoso que hubo nunca. Fue su discípula durante veinte años, hasta que la bendijo con la Luz de Plata, uno de los hechizos más hermosos y benéficos que además hace eco a su desendencia.

Todos saben de la historia de Zherezada y de cómo el régimen cayó luego de que el Rey del Mundo determinara su vida. Se debe a la mano arcana de Astaroth, porque su magia cubre de buenaventura y favores místicos a los elegidos, además de castigar a quienes terminan con la vida de los benditos. Fue entonces que el Rey del Mundo, lleno de celos porque la gente amaba a Zherezada, ordenó arrebatar la vida de la mujer bendita y al hacer esto, pereció de igual manera: con un tajo metálico que se resbaló por su cuello.

"Hijo, la vida cae fácil como las hojas de laurel. Busca un propósito que te defina y reparte la luz con la que hemos vivido", se leen en las últimas hojas de los diarios, “yo he elegido vencer a Samat y dar honra a la muerte de tu padre”. Luego de heredar los diarios de su madre, Eviscerar prometió que buscaría a Samat y se impondría ante él. Que ajusticiaría la muerte de su padre, víctima de los juegos de Samat. "La magia de Astaroth es milenaria, capaz de disolver la maldad más añeja, por más que se haya cuajado en el mundo. El plan es ofrecer mi vida en sus juegos y dejar que gane. Con mi vida resuelta pondré fin a la suya", escribió Zherezada.

- ¿Cómo deseas poner fin a tus horas? -repitió Samat, impaciente.
- Una carrera con tu forma humana- respondió el expedicionario con calma- Desde aquí, este punto, hasta el primer oasis del este. No tengo familia, no tengo posesiones, nada más que mi vida para apostar; mi vida a cambio de uno de tus dones.
- Estás seguro de lo que pides.
- Lo estoy.

Samat cerró los ojos. A lo alto, una alondra surcaba un cielo limpio, sin protesta de nubes; entonces, el dios de la burla chasqueó los labios y aquello resonó como un tañido, luego sonrió con poca gana. La alondra cayó vencida a la periferia de la ciudad sin que Eviscerar lo notara.

-¿qué don es el que deseas?
El joven hizo un pausa, proclamó:
- Se conoce de ti el don de la mutación, el de la alquimia y el de la inmortalidad, ¿es verdad esto? -luego de una pausa sin respuesta, continuó:- de cualquier manera, ninguno de ellos me interesa.


-el don de advertir el devenir de las personas

-eso no es posible, yo no poseo ese don.


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- Entonces así será. Tu vida a cambio de mi don.
- ¿Cuál es el don que podría ganar?
- Nada, no podrás ganar nada.
- Entonces, dime: ¿cuál es el mayor de tus dones?
- Advertir el devenir de las personas.

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Samat mutó en un enorme felino. Giro en torno suyo y después se echó a reflexionar sobre el juego, después de todo, a Samat nunca le gusta perder. La última vez que perdió, fue ante un simple humano.  A cambio, el genio perdió el don de la libre aparición, la capacidad de estar y ser donde se desee; al igual que los genios sin este don, quedó confinado a un espacio límite, a la Ciudad Perdida.


A Samat no le gusta perder, pero también, desde hace tiempo tampoco le gusta ganar.

20 de octubre de 2019

La página en blanco

Uno llega a casa con la comida en una sola bolsa, en una sola mano. Come y después de hacer nada, se tira a una moqueta a pensar en lo pequeños que son sus problemas y de cómo él cabe perfectamente en ellos. 

Como sea, uno está bien. Se encuentra solo y piensa "pues a hacer algo", y lee, subraya y cree que puede escribir sobre algo porque piensa que escribir es hacer, pero no escribe nada.

Lo leyó en un mensaje que le compartió un viejo amigo: sobre la ansiedad de sus muertos, la enfermedad de los vivos. dice que ahora escribe poderosamente, desde que sabe que va a morir. Uno piensa que esos sí son problemas que estremecen la piel; se reconoce triste cuando lo lee, no quisiera amistar nunca con ese sentimiento: una persecución invisible.

Aunque lo lee y lo relee, uno en verdad no sabe de lo que le hablan. No entiende lo que dicen sus amigos que van a morir por culpa de un visitante que llegó a su cuerpo.  Uno orina sin espuma; siente el amor como un corazón batiente; su sangre es limpia y se renueva después de los golpes; cuando respira, no escucha un chillido que le provoque la tos. No piensa en el hambre como algo que solía tener.

Y lo que se siente es tristeza de leer las mentes más tenaces, más incendiarias que escriben a partir del dolor.

Uno recuerda que solía escribir cuando adolecía de algo: de la casa, del hermano, de la mente.

Ahora piensa y espera que no suceda algo que lo haga escribir de nuevo, que permanezca en la página en blanco.

23 de septiembre de 2019

Quería decirte algo

Un día, poco antes de comer, Marco me telefoneó para decirme que había besado a Elizabeth.

-Oye, no lo vas a creer: besé a la Elizabeth en la boca, un beso como de cuarenta segundos...- fueron sus primeras palabras.

Marco no solía marcarme porque en realidad no éramos tan buenos amigos. Yo había dado por sentado que, luego de terminar la secundaria hace unas semanas, ya no lo volvería a ver. Estaba bien para mí ya no saber de nadie, a Marco y a cualquier otro compañero había dicho gracias y adiós.

-...me dijo "nos vemos en el parquecito azul"- continuó Marco-, pero que no me fuera a tardar porque solo iba a estar ahí unos minutos...- me platicaba con emoción y con júbilo, imaginaba por completo su sonrisa idiota.

Mientras Marco se explayaba, yo con el teléfono al cuello y sin decir nada, pensaba que con Elizabeth era distinto, a ella sí esperaba verla. Me hacía sentir que tenía un gusano enrollado en la garganta, por dentro. Palabras, palabras, palabras. Nunca hallé qué decirle a ella.

-...yo no sabía qué. Ni quería ir. Hasta pensé que le había hecho algo malo, ¡ah! porque, ¡espera! ¡no te lo conté! cuando me marcó al teléfono para decirme que nos viéramos... no lo vas a creer...-

Mi interés por Elizabeth surgió cuando un día coincidimos en el hospital. Fractura de mi hermano el torpe. Ella estaba en un módulo de espera al lado de nosotros. Nos encontramos con la mirada, pero no le dije nada y ella tampoco. Al poco rato, ella se acurrucó al brazo de su padre y comenzó a temblar como si hiciera mucho frío, pero en realidad no lo hacía. Tembló tanto y tanto hasta que la cargaron para pasar con el doctor.

-...me habló con una voz como chillona: "Soy Elizabeth, quería decirte que si vas a andar ocupado mañana", pero no inventes, yo dije "¿qué le hice?". Y ya, me dijo que nos viéramos en tal lado a tal hora y le dije que sí, pero sin muchas ganas...

Yo supuse que seguido ocurría lo de sus temblores y que por eso faltaba tanto a la escuela. Me intrigaba mucho Elizabeth, me hacía pensarla a diario, tanto así que un día soñé con ella: estábamos todo el grupo en un museo o algo parecido, había poca luz. Poco a poco la gente se fue hasta quedarnos solos. Me preguntó por la salida y no supe decirle, también me sentía desorientado. Ella me tomó de la mano y caminamos a tientas hasta hallar la salida. Cuando por fin hubo luz, miré su rostro y estaba esa mueca que hizo en el hospital, como si sonriera con mucho dolor. No me espanté y mi única inquietud al despertar era el desconocimiento hacia ella: ¿qué tienes, qué es lo que te duele cuando sonríes así, Elizabeth? Quería decirle y preguntarle tantas cosas y entonces me daba cuenta que no tuve el valor de hacerlo y que jamás tendría la oportunidad de nuevo.

-...ya en el parquecito azul, yo estaba en donde me dijo. Vi que entró corriendo y pensé "algo no está bien aquí, yo no quiero problemas", pero venía sola. Cuando llegó conmigo, yo sólo la saludé y ella se aventó hacia mí... ¡y me besó! Yo no sabía por qué estaba pasando, pero tú sabes, Elizabeth no está nada mal, eh, y no iba a desaprovechar eso que estaba ocurriendo. Yo la tomé por la cintura y poco a poco bajé la mano porque pensé que eso no iba a ser solo un beso ¡pero lo detuvo! y de la misma manera se fue, no me dijo nada, no me dijo ni adiós, fueron como cuarenta segundos... cuarenta o cuarenta y cinco, más o menos.

-Marco, tengo que comer. ¿Querías decirme algo?
-¿Qué dices? ¡Que besé a Elizabeth en la boca, te digo!
-Quiero decir, ¿querías contarme algo más? es que no tengo tiempo
-Bueno, no. Nada más eso.
-Entonces adiós- y le colgué así sin más.

¿Por qué me lo dijo? ¿Qué esperaba que hiciera con todo eso? Muy bien, Marco, ahora celebraremos por siempre este día, ¡eres grande! Besaste a Elizabeth durante cuarenta y cinco segundos, y la gente te recordará por eso, ¿Esperabas algo así, Marco? Además, fue ella quien te besó y tú no hiciste nada para que lo hiciera, te escogió a ti como habría sido cualquier otro idiota. Cualquier otro...

-La comida está servida, ya siéntate- me llamó mi madre
-¡No quiero nada! ¡No quiero nada de nadie!- y subí al cuarto.


Omar Tiscareño

25 de agosto de 2019

Usted puede ser mejor persona (o no)

Había días en los que no sabía ni qué. Y en lo que pasaba el tiempo, o yo pasaba a través del tiempo me sentaba a escribir en modo automático, con la intención de decir todas las palabras que me sé en una estructura más o menos organizada.

En veces había un arco y a veces era nada.

Justo ahora tengo en mente dos cosas que tal vez un día escriba:

1. Sobre el miedo de la imaginación. Esto trataría sobre un terror social e interior. Un pequeño thriller psicológico de constante autodestrucción imaginaria. Porque a veces es tan desesperante imaginar, pensar, y no poder detenerlo.

2. Sobre algo que titularía Coaching para personas que no quieren superarse. Una sátira de los asquerosos discursos de superación personal. Pensaría en el áurea mediócritas y en la mofa como motor. Incluso ya se me han ocurrido algunos temas y títulos, más o menos parto del humor negro de Enrique Ponce, Julio Torri (leí El fin de México y me desternillé) de Ibargüengoitia  (Sálvese quien pueda sería la base) y un mucho de Gil Gamés:

La felicidad está sobrevalorada,
Mañana procrastinamos
No evadas tus responsabilidades si son muchas, mejor ignóralas
Un primo mío era exitoso y de todos modos se murió,
Ser fracasado es fracasar,
Tal vez no me merezco lo que quiero y ya
El sacrificio es el mejor recurso de las personas que no sabemos hacer nada,


Tecleo con risa. Son frases de pesimismo, pero con el discurso del teaching y del not giving up, del obstinado perdedor que solemos ser:


"La clave del éxito está en el multitask, saber hacer dos o más cosas al tiempo te hace aprovechar más el día y recolectar más frutos (recuerda que lo que no aproveches en el día, otro más lo tomará).

"Comparto mis consejos que seguido no fallan: me lavo los dientes mientras me ducho, tecleo frente al monitor mientras hablo por teléfono, envío mensajes de texto mientras manejo, como helado cuando lloro, juego en el celular mientras orino la taza (lo cual implica un triple esfuerzo), cuento las hojas de los árboles mientras espero el autobús.

"No es fácil saber hacer dos o más cosas al tiempo. Es como multiplicarse hacia adentro. En caso de no poder, te recomiendo mejor no hacer nada, para no entorpecer ni una ni la otra actividad".


Sé que este tópico ya se ha usado mucho, pero quiero divertirme con eso. En fin, olvidé de que iba a ser esta entrada.

Corte

15 de agosto de 2019

Fall in love again - Adventure Time



I heard that you loved me
But only for two weeks
To be hopeless or not to be,
I'm weak with indecision
Could we begin again
On a terrible date
It would be greatly appreciated by me
I'll wear my normal shoes this time
Then maybe you'd like me
Better in the sunlight
If I built a raft
Will you stay with me then
And fall in love all over again

4 de agosto de 2019

De cómo perdí la vista

Para qué discutir sobre lo que seremos si aún no sabemos lo que somos
Granada. K.G.

Uno:

Crucé por todos los pidemontes al norte de Bisharrí cuando tenía 14 años. Me perdí entre las cordilleras y los altos cedros y ya nadie supo de mí, ni de mi nombre, y pocos fueron los que me buscaron durante algún breve tiempo.

Llegué al Bosque de los Cedros de Dios y encontré al loco que vivía ahí. Le lloré y le dije que estaba perdido y él me dijo que qué más daba. Le confesé que yo quería salir. Me preguntó que si ya había encontrado lo que perdí y yo no entendí que quería saber con eso: Yo había huido de casa porque estaba fúrico, recordaba el rechazo de los padres y padecía aún el dolor de perder al hermano único, ¿qué hacer ante tal desplome?

El loco me dijo que me quedara aquí y que tendría la alegría del olvido.

-Este es el Bosque de Dios, y ellos -dijo al colocar una palma sobre un cedro-, ellos son los hombres que le han orado durante cientos de años.

Agradecí sus palabras y viré. Yo no he querido ser nunca un árbol, siempre he querido ser un pájaro de largos tañidos.


Dos:

Yo no soy centinela ni de lo moral ni de lo inadmisible. El loco lo sabe, por eso puede andar desnudo delante de mí, o decir las cosas que dice sobre la gente. A veces quiero ser como el loco y decir las cosas que pienso desde lo más oscuro de mi corazón.

Algunas noches, cuando el loco finge no verme, simulo que lo hago: me desnudo y me coloco delante de los charcos y dejo caer mi Yo con estrépito.

No sé si soy una pequeña hoja que cae de un árbol seco o florido.

Tres:

A veces el loco desentierra los hombres dormidos que hay en las raíces de los Cedros de Dios. Hoy adopté uno, nos ponemos de frente para platicar:

-Hace cientos de años, tal vez muchos más, las contradicciones eran más fáciles de resolver. La fe era ciega y absoluta aunque el llamado del cielo también era mudo.

No entendí. Nunca he querido entender.
Le ofrecí arándanos y dátiles, le ofrecí rodear otros árboles lejanos al de su custodia.

-Mínima liviandad, compañera de mi cuerpo, ¿en dónde estás?

El loco le susurra que aún no es tiempo de volver, lo arrastra de la mano hasta su nicho. La mayoría de ellos, dice mientras rocía el cuerpo del hombre con tierra húmeda, duermen incompletos, intranquilos.

Esa noche soñé que los cedros crecían tan alto que alcanzaban al cielo con la última hoja de su altura.

Cuatro: 

"Había un poco más de gente conmigo, había consuelo y certidumbre", dice el loco sin mirarme, "ser feliz no era una tarea personal y tampoco difícil.

"Pero ahora vivo solo, entre gente que duerme entre raíces y sueña que hace cosas buenas, a nadie le rinden explicaciones sobre sus actos y aún así se sienten bendecidos.

"Pero yo no me siento solo, ni me siento rodeado de gente que se equivoca.

"¿a quién le debemos la inexorable libertad de aceptar nuestro destino o de eludirlo?".


ort

25 de junio de 2019

(Apuntes X) Sobre la tranquilidad

Se escuchó como si algo reventara y entró así de golpe, sin anunciarse, sin pedirle permiso a nadie.

Tenía astas, pero no mugía. Era bípedo, pero no tenía pies. Si tenía extremidades en el torso, no logré  vérselas. Hubiera bastado decir que era demoníaco, lucía violento y que entró a la casa.

Ilá sacó garras y mostró los dientes, esa expresión defensiva lo mantuvo bajo el marco de la puerta. Yo, por otra parte, me acerqué despacio al buró para sacar la nueve. Sea lo que sea, si se acerca, le haré hoyos en la cara, pensé. Tenía cara.

Aquello dio un paso. Cargué. En su segundo movimiento, Ilá se le arrojó como un tren a lo que podría ser su abdomen. Le arrancó un trozo. Sí, era de carne, olía a carne. Su segunda dentellada fue hacia la cara, luego ya no tenía cara. Eso abanicó un par de cornadas, nada que lo salvara.

Es suficiente, Ila, dije, pero no hizo caso. Lo masticó hasta desentender su figura de por sí aberrante. Esto tardó en morir y lo hizo con dolor: dio tres resoplidos largos y uno débil.

Guardé los restos en bolsas negras y los tiré al depósito; más adelante me enteraría de que esto no es lo correcto, pero que da igual.

Las siguientes noches, Ilá durmió a mi lado, bajo mis brazos. Acariciaba su pelaje y le repetía “No temas, no temas; nada nos hará daño”, hasta que dejaba de temblar.


Omar Tiscareño

18 de junio de 2019

17 de junio de 2019

Parece terrible quedarse soltero

Es difícil de creer, pero a veces llega un momento del día en que A. y yo no sabemos qué más hacer. Las primeras horas las desgastamos en decirnos qué hemos estado haciendo este tiempo: que ya va a terminar la primaria, que si a mi chica aún le gustan o no los gatos, que si es verdad que se nota que A. ya ha crecido tres punto cinco centímetros más que la última vez, "Un día serás como ese árbol de allá", le digo.

Después de hablarnos y de testearnos los juegos que nos inventamos, llega un punto del día en el que ya no sabemos qué más podríamos hacer. Nos tiramos al sofá, ella se acurruca en mi estómago y nos hacemos autómatas que ven el televisor: una terrible serie que trata de sirenas. Pienso: el cabello de A. mide más de medio metro, seguro que sí.

A. estira la mano y toma un libro de los que están frente al sillón y pregunta si éste ya lo leí. Le digo que no. Médico rural y otros relatos pequeños. Intenta leerlo:

-Propósitos. Superar el abatimiento debería ser fácil... ¿qué es abatimiento?- pregunta luego de una lectura lenta y pausada.
-Déjame ver...

Tomo el libro que me muestra y ella regresa de nuevo al lugar en mi panza que siempre hay para ella. Es verdad, hay relatos cortos. Este, "Propósitos", trata de lo sufrible que es simular que no te afecta la gente; que saludas, sonríes, te comportas amable y lo soportas todo.

Leo otros tres relatos, el tercero se llama "La desgracia de los solteros" y comienza así: "parece terrible quedarse soltero". Más adelante dice: "Y cuando se llega a viejo, suplicar una invitación, intentando mantener la dignidad, cada vez que se quiere pasar una velada en compañía de otros... Traerse la cena a casa en una sola mano, tener que maravillarse de los niños de los demás y no tener que repetir siempre 'Yo no tengo hijos'".

Pausa dramática: yo no tengo hijos. De hecho, A. no es mi hija y tampoco mi hermana menor. Su madre sí que podría decirse ser mi hermana: vivimos más de una década juntos, baja la misma casa, dividimos el poco alimento durante muchos años, pero entonces ella ramificó su vida hacia otros lados y se dedicó a otras cosas, por ejemplo a crear a una bebé, nombrarla A. y traerla, ahora de niña, de visita para dejarla toda la tarde, a veces días enteros.

Yo no veo en A. la figura de la hermana menor que no tuve, tampoco de la hija que aún no tengo, y cuando a veces hasta sin notar enrollo los dedos en su cabello, pienso también en que se parece al de su madre cuando ella y yo éramos niños. Cómo no decirlo si sus cabellos son tan largos como esos días con hambre.

A. tampoco me mira como un hermano mayor, o tal vez sí, no lo sé, pero definitivamente no como un padre, tiene el suyo. Yo creo que me ve más bien como un amigo porque a veces me habla de las cosas que le dicen sus padres de por qué la regañan "¡es injusto!", y ni siquiera espera mi aprobación como adulto, sino sólo ser escuchada sin que la regañen, sin que la corrijan.

En fin, yo no tengo hijos, tengo libros; tampoco mi novia los tiene, ella tiene gatos, y tal vez un día haya alguien que lea y acaricie un gato a la vez, sería lindo. Pero hasta ahora no me había sentido insuficiente o sobajado por eso, por que los hijos de mis hermanos o de los amigos me vean como su amigo y me platiquen cosas que no quieren contarle a sus padres y sí a un adulto que no los vea como idiotas porque de alguna manera, si quieres incluso patética, algunos solteros somos los niños más grandes para ellos.

Bueno: fin de la pausa dramática. Cierro el libro, sólo tres relatos cortos leídos y me parece excelente, así es Kafka.

-¡Ah, abatimiento me dijiste! Es como cuando...

Intento explicarle, pero A. está ahora dormida, no me iba a esperar a que terminara mis sinsentidos. Ella está cómoda y la verdad es que yo también, sólo apago el televisor porque esa teleserie de sirenas felices que a A. le gusta ver está como para prenderle fuego y barrer las cenizas.

Pienso: "está bien, dormimos una hora y después la regreso a su casa, antes de que anochezca".

Dormimos tres horas al hilo.

2 de junio de 2019

Ella es tan joven

Hace tiempo que no veíamos a Laura en el salón de baile, pero, dijo ella, nunca está mal intentar otra vez. "Y mira a quién se lo dices, Laurita", le contestó una de nosotras.

Nos acomodamos el pelo, retocamos nuestras caras y nos deseamos buena suerte; con sinceridad, sí, pero con más ganas de ser una misma la que se lleve la fortuna puesta sobre la mesa.

Laura apuró rápido los primeros tres tragos, bailó sola un par de veces y casi nunca dejó de sonreír. Aún así, no logró conversar con nadie. "Si se tratara de devoción, Laurita ya habría salido", dijo una.

El último trago lo extendió hasta que la noche abrió bien sus fauces. A ella como a nadie la revestían las ilusiones.

Antes de irse, echó un vistazo alrededor: quedaban algunas personas en el salón, la mayoría mujeres de nuestra edad. Dio los adioses y se encaminó a la salida.

Un hombre la abordó poco antes de que se fuera, nos inclinamos de frente para avistarle bien el rostro.

"A ese no lo conozco", "es nuevo", "viene con los de allá", dijimos entre nosotras.

Un hombre sucio y descolorido. Conversaron un poco. En la mirada de ella, esa amenaza que no cuajaba jamás en el acto. Al poco tiempo, igual se fue sola.

Sirvieron las últimas copas, bebimos rápidamente. Nos persiguió entonces el tema de Laura. "Estuvo tan cerca", así lo dijo una, "siendo ella tan joven", dijo otra. Nadie lo iba a decir, pero teníamos entre nuestras manos un caso que sabíamos de antemano perdido.

Salimos del salón hasta después del cierre. Afuera, como un expediente rutinario, nos despedimos sólo por costumbre.


ot

22 de mayo de 2019

Un rostro

Aunque soy corto de vista, la reconocí de lejos, le alcé la mano para que me viera. Poco a poco aclaré  su rostro: ese gesto que llevamos las personas que no hallamos tibieza. En fin, es necesario tener una cara y la suya siempre es sincera.

-¿Qué haremos? -le pregunté, con esa actitud que a veces adoptamos, la de ser hojas caídas. 
-Justo ahora no tengo ganas de nada

Estamos sentados de frente a un muro y bajo un cielo sin protesta. Yo persigo algunas cosas con la mirada: lo gris del pavimento, el débil verdor de un árbol, el naranja de los ladrillos gastados que están en la pared. Y pienso ¿qué color tiene el mundo a través de sus ojos? Mi cuerpo se templa cuando lo creo saber.