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18 de julio de 2017

Perfume nuevo

Todas las noches, Negra y yo pasamos por un bar mequetrefe y poco atractivo que tiene mucha asistencia de la underground. La popularidad consiste en que sacrifican el aseo y las instalaciones por cerveza barata y Área de fumadores en casi todo el lugar. Dato menor: Prohiben el tabaco y promueven la marihuana. Clandestino, sí, pero con responsabilidad: son muy rigurosos en la entrada a menores y te asisten si estás en malas condiciones. Esas sí son hermandades. Como una broma sincera, Negra y yo caminamos despacio delante del establecimiento e inhalamos hondo, nos decimos "ojalá que hoy estén fumando mois, ¿no? ¿nada? mmm..." luego nos reímos de que el tiempo ya nos está dejando lejecitos de nuestros buenos años, esos en los que nos castigábamos el cuerpo a cambio de una noche interesante que ahora no sé bien cómo platicar, pero que siempre se justifica diciendo que me divertí mucho y que puedo asegurar completamente que creí ser feliz, sin importar si es cierto. Ay veces que el aroma de la marihuana es muy fuerte, pero no me molesta, lo contrario, ese incómodo aroma me recuerda a Olinca; ella siempre es un perfume nuevo. 

Ya bastante me he entretenido al escribir que ella no avisó que iba a llegar a estar conmigo, ella no pidió permiso para acostarse conmigo para nada más dormir, ella no preguntó si podía dejar sus toallas sanitarias en mi baño y sus suéteres en mi clóset; no le importó si leía otra cosa y me dejó sus libros para que los leyera, le valió madres que fuera reservado y me sacó a la calle de noche, ni siquiera supo qué pensaba de mi ciudad y de todos modos la destruyó e impuso la suya. Ya bastante he escrito que ella constituyó una ciudad entera sin nombre ni geografía, pero enarbolada, acuífera y profundamente nebulosa. Cuando me marca, se disculpa de que pase tanto tiempo sin hablarnos, le digo que está bien, porque siempre nos buscamos para darnos malas noticias. Como sea está bien. Cada día que pasa creo que la aprecio más y más valoro que la haya conocido. La Olinca, la mujer nube, la mujer agua, la mujer montaña. Un recuerdo más: es el mismo escenario de siempre, la noche bufaba su peligrosidad -una ciudad que de noche se persignaba con sangre de sicarios y de malos dílers-, esa misma noche destrozaron el cuerpo de dos universitarios y los dejaron delante de sus casas como un gesto de conmiseración "ya no los busquen, están aquí y ya no nos deben nada"; esa noche llegamos a su casa luego de intoxicarnos en un bar de pésima categoría, tan así que bien se ganó el sobrenombre de El Submarrano Amarillo, yo estaba en mejores condiciones que Olinca pero en peores que Mala. Recuerdo que algo discutíamos Oli y yo y en esas nos fuimos durmiendo, desperté respirando de su axila: sudor y cenizas. Desagradable. Me tiré a otro lado del suelo a terminar un sueño en el que una mujer me perseguía con euforia y yo la rehuía haciendo parkour por las calles.

Ayer pude correr cerca de 10 minutos sin cansarme. La distancia exacta es: de mi casa al centro. Luego de atender las cosas que tenía que hacer ahí, me envalentoné y me dije que si muy hombrecito, a ver si lo hacía de nuevo. Casi: lo terminé en dos tandas, pero casi no me paré. Llegué a bañarme y mi ropa estaba realmente sudada. Se debe a la natación, pensé de rato, cuando iba caminando al trabajo. Me enseñé a respirar y a exigirle un poquito más al cuerpo cuando lo estoy castigando. Casi siempre, en los últimos 100 mts de nadar, K y yo competimos, y aunque ella tiene mejor condición, le gano. La última vez estuvo muy cerca de mí casi todo el trayecto, zambullía la cabeza y veía su braceo a la altura de mi rodilla. Un día de estos me alcanzará al menor descuido, al primer calambre, en una mala respiración. 

9 de julio de 2017


Gracias a tus manos doy
Por haberme aguantado
Tuve que quemarme
Pa'llegar hasta tu lado

rené maltête

2 de julio de 2017

De árboles y semillas que se secan

Ser Yamazaki-san no es cosa fácil. Tengo muchos pendientes con mi identidad de Yama: ir al IEA a preguntar sobre las revalidaciones, informarme sobre cómo apostillar documentos japoneses y algunas otras cosillas. Es divertido, tengo poderío nipón del ficticio (soy un godzilla), entro a instituciones como a la embajada, al Tec, a la UVM, a Relaciones Exteriores y siempre los agarro mal parados porque no saben de bien a bien cuál es el protocolo para que un extranjero estudie una maestría en la ciudad. ¿por qué alguien como Yama quisiera estudiar aquí? Tengo (es decir, tiene) un par de razones. A veces, Yamazaki-san llega cansado a casa, prende el televisor para que haga ruido y se echa a su cama con ropa ligera para leer un poco; trepa la noche y se descubre sin planes para divertirse. Lo reflexiona: ¿qué hará esta noche Yama?

Hacer amigos. ¿Por qué, si nos respetamos aunque no nos entendemos y, de hecho, nos somos interesantes mutuamente, por qué no nos hemos integrado más aguascalentenses y japoneses? Ikumi dice algo que es de lo más esencial para entender por qué: ¿y dónde? ¿cómo? ¿cuáles son los espacios para relacionarnos?. No puede ser en la calle, no puede ser en el trabajo. Y peor aún, hay un dato sombrío y triste: ni siquiera los japoneses son amigos de otros japoneses, las empresas temen al espionaje empresarial (cosa seria que casi cualquier empleado de aquí solo lo imagina en las series), los directivos de las empresas les impiden amistar mucho menos con otros japoneses. Entonces, el empleado nipón tiene pocas opciones: puede relacionarse sólo con empleados de su misma empresa (lo cual es lo que más sucede) y relacionarse muy poco porque, aunque la relación pretenda ser afectiva, pocos son los que hablan japonés o inglés o español, según sea; o también puede intentar amistar con vecinos, compañeros de algún club o con algún desconocido que en la calle los detienen para querer practicar su nivel de japonés, pero sucede el gran detalle: siempre queda la incertidumbre de si es posible confiar. Desconocidos, a fin de cuentas. 

De árboles y semillas que se secan. Mientras una mujer ve caer los pétalos de las jacarandas e, imaginativa, observa a una persona asiática dividirse entre sus orígenes y la ciudad donde vive, un hombre toma de la mano a un niño también asiático para cruzar una calle. Es la primera vez que lo hace luego de ya casi 3 años de convivir con él. La relación siempre había sido un tanto formal y distanciada, el hombre instruía al niño sobre como conjugar en español: yo, tú, él o ella. Son los últimos días de estar con él, por eso a la madre del niño ya no le importan las clases de español y da permiso para que el hombre y el niño puedan caminar dentro del residencial. El niño juega a arrojar piedras a un lago cercano al lugar y el hombre lo ve, piensa en que la infancia es un estado universal y que cualquier lago, piedra y niño de cualquier lugar en el mundo tendrán la misma interacción. Como suele hacer el hombre, practica las despedidas con tiempo para que no lo tomen desprevenido. El niño le platica de las cosas que hará en Tokyo, lo intuye un poco: la multitud le hará perder un poco de su identidad, se disolverá. El hombre le comenta que verá más los cerezos porque ahora estará en Japón en todas las estaciones y no sólo en primavera o verano. El niño asiente, además agrega un dato: aquí los cerezos no florecen, su familia intentó cultivar semillas pero murieron; a decir de sus papás, los botones de los cerezos necesitan de un frío extremo antes de entrar al calor para poder abrir flores. EL hombre lo recordará. Ahora el hombre está sentado frente a su escritorio, escribe lo poco que siente de despedirse de un amigo así como el niño. Mientras lo hace, mira a su pequeño árbol que deja junto a la ventana, está más amarillo de lo común, sus hojas caen secas, moribundas. 


ort

19 de junio de 2017

Con toda palabra



Me acerco al fuego que todo lo quema.
La luz de tu cara... La luz de tu cuerpo...

6 de junio de 2017

De idas, vueltas y desapariciones

Algún día te podré llamar... Morena se fue hace un mes o poco más y, lo peor de todo, es que no estoy entendiendo lo que significa que se haya ido. Es triste, a veces pasaban meses sin verla y apenas nos bastaba chatearnos algunas cosas o marcarnos escasos minutos para actualizar nuestros temas, lo de siempre: yo haciendo como que tengo algo dramático qué decirle y ella y la vida le van sobre ruedas, como mochila de niño de primaria, cargadita, pero en marcha. Morena se fue hace un mes o poco más y yo, ocupado, ya saben: con cada vez más cucharaditas de café en la taza y cada vez menos tiempo de leer o de escribir algo que no sea sobre las bestias políticas que (para qué te haces, Omar) me está gustando, pero Morena se fue, y no me había fijado hasta que lo dijo ella, en un mensajito que raya entre la nostalgia y la broma: Algún día te podré llamar y que coincidan nuestros tiempos? para que hables no sé qué, para que me cuentes... y luego explaya una lista de los temas con los que nos hemos intentado amarrar la atención, que si mi padre ya me perdonó, que como es vivir sólo en un departamento, que si el corazón de mi hermano aún es una granada, que si todavía sigo sin querer tener hijos y que si he podido dejar de pensar, aunque sea sólo un día, en la chica con la que siempre pienso. Morena se fue hace un lustro o quizá hace un minuto, tal vez ni siquiera se fue o fui yo el que se alejó. Y no me había dado cuenta, siempre soy el que habla más y es que con ella me desdoblo no me da pena ser. Morena se fue y ya sé que de todos modos vuelve, de alguna manera u otra nos tendremos que ver. 



Volvió de la nada.
Me envía un saludo y le contesto. Nos preguntamos que cómo estamos y nos decimos que nos da gusto que estemos bien. Somos educados, hasta eso. Dice que quiere arreglar problemas del pasado y que estoy en ellos. Me parece extraño, yo no creía que los tuviéramos. Durante mucho tiempo tuvimos una buena amistad y, para ser sinceros, no estoy muy seguro de por qué se perdió. Al principio, pensé que me pediría algo. Reviso el historial de nuestras conversaciones y solo se trata de que pueda ayudarla en algo. Luego de intentar desperezar nuestra platica de síes y noes, de frases cortas y protocolarias *así como lo dictan las buenas costumbres*, me dice ella que, punto y aparte, que si la puedo ayudar con algo que está haciendo. No quiero pensar mal. La escucharé cuando nos veamos.
Le platico que soñé que quería matarme por haber perdido una revista, pero no es cierto. En el sueño, ella sólo estaba molesta. 

Como el humo. No le contesto, pero lo pienso: desde luego que sí, todos los días, con ella crecí y creo que aún crezco. Sabes, no es broma que soy como un niño, lo digo por lo de estar de un lado a otro cargando con eso de querer y después ya no, de no saber si me muero de frío o si es más bien que tengo demasiado sueño o si ayer por las mañanas tanto miedo y ya es demasiado tarde. Evito pensar qué es lo que sucede, suelo practicar la supresión porque es cómodo y es barato emocionalmente, en serio, tan solo me cuesta torcer la cara y rechinar los dientes y, de ser necesario, abrir YouTube o páginas porno. La verdad es que casi nunca nada de lo que escribo es cierto o todo pasa en las más mínimas porciones, en las más mínimas unidades cuantificables, que perfectamente caben en este espacio. Su desaparición también es chiquita. Cualquiera que la busque la va encontrar porque su desaparición es chiquita, del tamaño de una lágrima, de la mandíbula de una hormiga, de un pixel. Tan chiquita que apenas cabe en el pensamiento de los días.






30 de mayo de 2017

Un río de viento




Desde ayer o antier ya no es una extraña. Kassandra me acompaña a almorzar en el receso, después nos sentamos y platicamos de nuestros días. Ella, una universitaria común; yo, un trabajador regular. Ella pide de mi comida y da un mordida, yo a veces le pido que me regale agua. Entonces pienso -ahora que, por las noches, me platica por internet de su novio y de sus cosas- que desde hace poco ya no es una extraña y que incluso puedo decir que es una amiga. Hace tiempo que no me hago de una amiga, reflexiono, creo que la última ha sido la esposa de mi mejor amigo. Ella me platica de sus cosas de universitaria, recuerdo que la vida antes era más sencilla.

Forjar patria. Hace años -serán cinco o serán cuatro?- Diego se ofendió conmigo luego de platicar sobre salir del país. Él nos compartía que, entre sus experiencias como un trotamundos [por qué trotamundos se escribe en plural si el mundo es uno? no, espera: mundo no es planeta, es cierto] descubrió que los viajeros de países primermundistas no olvidan jamás que algún día volverán a su país para mejorarlo. Le digo que yo no volvería, que en la primera oportunidad huiría de este país y que me olvidaría de lo más posible; él me regaña, me dice que traiciono a la patria que, aunque lo niegue, me ha dado tanto. Diego vive en un país en donde solo hay sol dos veces al año, gana al mes lo que dos diputados estatales ganan en el mismo tiempo; cada año puede hacer homeoffice por dos meses, lo que le permite viajar por donde quiera en el mundo con una vida holgada. Lo digo con sinceridad: me alegra que mi amigo tenga éxito y que le suceda todo esto, ha trabajado por ello; también es verdad que siento un poco de celos, pero se me pasará. Me pregunta que qué he estado haciendo, le digo que nada, que a diario escribo de distintas maneras críticas sobre el gobierno, que ejerzo más el periodismo y que de alguna manera me he convencido que informar a la gente es una manera de generar cambios sociales. Diego volverá a Dinamarca, luego de juntar aún más dinero, regresará este país para abrir un negocio.


Un río de viento. [Las cosas se han vuelto un poco insulsas para el joven, pasan los días a una velocidad aburrida. Nada es y todo está. Piensa en los libros que lee. Cree y concuerda: si hay algo que lo pueda remediar y lo justifique todo, será el amor y sólo eso]. Me sorprende lo poco que dura en mí la idea de la felicidad con una pareja. He dañado a personas por puro dramatismo, porque aún soy muy inmaduro y egoísta, porque pienso que todos los problemas caben en mí y que a la hora de encarar los conflictos más bien lo abandono todo sin considerar a las personas que me acompañan.  Creo que puedo ser feliz con quien sea. Puedo amar a quien sea. Y eso es lo de menos, o poco importa porque lo gratificante es que alguien esté dispuesto a hacer lo mismo. No he tomado en serio a las personas que han decidido compartir su tiempo y sus proyectos de vida conmigo, al menos no lo he demostrado con acciones, siempre es palabrería, siempre ha sido viento. Quiero tomarme en serio eso de amar. Durante tanto tiempo he creído amar a alguien, pero sólo lo he dicho. Amar es todo lo contrario a lo que he hecho, es tal vez lo que ella ha hecho (?). Yo no quiero estar para nadie de esta manera tan hiriente. Hechos son amores. Dejaré de hablar de conatos.


16 de mayo de 2017

Flores

Fleurs

Ho riempito la casa di fiori.
Per non sentirmi
sola,
per difendermi
per liberarmi
da questa assurda stagione
di malcerte emozioni
di segrete paure.


S.O.

27 de abril de 2017

árbol de puntas doradas

Tengo una nueva mascota: un bonsái junípero de puntas doradas. Debo aprender a podarlo y decidir la ruta de su tronco pues, sabrás, hay estilos de bonsái según la inclinación de su tronco: si es vertical o pretende horizontalidad, si ascienden su ramaje o si desciende -ya te imaginarás las analogías que surgen para aplicar a la vida-.

Pretenderé el estilo Moyogoi, busca crecer hacia arriba pero su tronco principal es sinuoso, no se sabe bien la dirección de su desarrollo, solo asciende.


23 de abril de 2017

Refugio

Lo ha pensado una docena de veces y, por más que lo repiensa, cree que sí, que definitivamente lo mejor para él es estar zambullido en el agua. Ni siquiera el mar, ni siquiera nadar. Le basta sentir esa falsa levitación de su cuerpo en el agua, algo que a muchas personas les apabulla, pero que a él le encanta: la sensación de que el agua domina sobre los cuerpos.
Por eso guarda para sí, como un excelentísimo tesoro, dos o tres experiencias que lo fulminan de satisfacción cuando las recuerda, pero que jamás será como lo ya vivido, para nada.
Conoció la satisfacción de nadar demasiado tarde, apenas adulto, cuando se sumergió en un río de nada. El agua era tan pura que que se podían ver los peces bailar a la distancia como lagartijas que montaban al viento. Recuerda que se adentró a ese río y poco a poco olvidó la gravidez de su cuerpo, joven astronauta en una luna húmeda-húmeda.
Lo mejor es estar en el agua, piensa de nuevo, necio a repetir las afirmaciones.
Sin pretender nada, la vida lo apremió con una nueva experiencia tiempo después. Le aconteció que visitó una cueva de agua en donde el líquido era tan puro como tan oscura la cavidad. La ecolocación de los murciélagos al fondo chillaban de vez en vez. Nadar en la profunda oscuridad le resulto gratificante. A veces, en el mejor de sus sueños, replica la sensación de la completa pérdida del peso corporal.
Y es que guarda con gran satisfacción sus recuerdos, los usa cada que puede. Lo recuerda tan bien: sujeto de la mano de una mujer clara, braceó y pataleó a contra corriente de un río hasta llegar al pie de una cascada. Si el agua es un refugio, un hogar, en ese momento lo descubrió.
Nada mejor para él, dice para sí.

21 de marzo de 2017

Desde lo sublime



Las crisis se me pasan luego luego. A penas me descubro tristeando y busco cómo sentirme mejor.

Cosa curiosa, de lo sublime nace también el llanto. Hace poco platicó una chica que un fin de semana, sin tener aún algún plan, se arregló por si alguien la invitaba a salir. Sacó un vestido del clóset que hace tiempo no usaba y deseaba volver a verse con él -ella recordaba que su silueta esbelta y curva lucía más con ese vestido-.

Mientras se bañaba, escuchó que su celular sonó y dejó la ducha pendiente para salir a contestar, pero no era nada: el celular callado, el agua de la ducha cayendo. Por si fuera a suceder, entró con el celular al baño y lo dejó a la mano; si alguien llamara, contestaría enseguida.

Luego de esto, mientras se colocaba el vestido, notó que, aún sin ponérselo por completo, ya no se veía muy bien con él y con pesadumbre aceptaba que no era debido al atuendo. El vestido aún era bueno, tan así que lo usaría de cualquier modo, ya no para resaltar su cuerpo, si no para que el vestido atrajera por sí mismo.

Ajustado, el vestido. Un poco incómoda. Hacía falta subir la cremallera y aunque estiraba sus brazos por detrás de su espalda, no lograba sujetar el cierre para deslizarlo. Intentó un par de maniobras ridículas subir el cierre, pero no resultaba.

Recordó que ese pequeño lío lo solucionaba fácilmente años atrás, cuando vivía con sus padres: bastaba con pedir ayuda a su madre o a su hermana. Se sintió patética, disconforme con su soltería, con su vida independiente; renegó de su cuerpo pero, sobre todo, me comenta, se descubrió sola.

Y es absurdo que estas pequeñas cosas nos entristezcan, pero pasa. Hace poco me sucedió también: fui solo al super y al ver lo pequeña que era mi despensa sentí mi soledad. Así estaba, pues, pensando en mi individualidad, entonces, al salir, la puerta automática no me detectó, como si no existiera, como si no hubiera nadie. Al final, tuve que abrir la puerta con mis manos, se resistía mucho. Salí muy a fuerzas, como si saliera de un vientre en un alumbramiento.

Ahora que lo recuerdo y platico me da una carcajada ligera y sincera.

10 de marzo de 2017

Ahí va, ahí va

15 de octubre 2016


No hay crisis del cuarto de vida, lo ha superado de alguna manera. Se mantiene ocupado en varias cosas: ha conocido a una mujer a la que aún no asimila -hurga su cuerpo, sus días, y no puede creer que sea otra-; trabaja, por fin, en algo que puede proyectarlo o no, pero de ninguna manera lo dejará donde estaba antes- por fin deja de oficiar en estos trabajos que no eran nada, y que eran de todos los días-; se prepara para continuar estudios: lee algunos artículos de Villanueva,  Berkson o Blake; no entiende muy bien a Tomasello porque su inglés no es muy bueno y leerlo exige un doble esfuerzo, pero como quiera ahí va -practica su inglés con amigos japoneses o con su amigo seminarista que viajará de Ohio a Libia. Eso le da un poco de celos: su otro amigo, el programador, viajará de Budapest a Dinamarca; su otro amigo, el diseñador web, irá a Japón. Es un poco de envidia, es un poco enfado consigo mismo, ¿por qué el no está moviéndose, pro qué permanece en esa ciudad que no le gusta tanto?-; el padre del joven lo hizo enfadar, el joven se culpa, nunca supo establecer acuerdos con el señor, lo mejor hubiera sido huir de casa a tiempo -algo que también está preparando: ha comprado algunos muebles y se ha organizado con gente que podrían ser buenos compañeros de piso-; donará un órgano, la familia se queja, pero no cesa su apoyo -hubo una intervención, al final de ella el hermano lo abrazó, la madre se lamentaba aunque no dejaba de pensar que era lo mejor, la cuñada era un satélite en órbita, el joven lloraba como hace más de una década que no lo hacía, ¿el padre?, el padre puede irse mucho hacia los confines de ninguna parte-.
Hay amigos, hay videojuegos. Series, libros, muchos muchos libros (Paco Goldman y una novela que lo exasperan hacen que todos los días se descarne un poco). Está Scorsese, Iñárritu, la familia Coppola. Hay caricaturas (The hall of egress), hay muy poco animé. Hay mucho sol a pesar de que el día dura poco. Las noches son largas e inquietantes. Los sueños son cada vez menos recurrentes. En la mayoría de ellos aparece Nereida -el único nombre que le gusta pronunciar-. Siempre dedica una parte del día para pensar en ella, la rebusca en los libros, en las imágenes, en el polvo, en la hierba.
Ahí va, se repite de noche, cuando los días lo desgastan y a penas cabe en su cuerpo la voluntad de escribir algo que lo haga encontrarse consigo mismo. Ahí va, se dice y teclea, quiere que la escritura le dé el espaldarazo que lo haga insistir en los días: ahí vas, Omar, ahí vas.

24 de febrero de 2017



Juego con una ouija para hallarme con personas en pena, para lucrar con ellas y escribir un nuevo cuento. A ti te encuentro, Ernesto, cavilando en genuflexiones. Eres humo o eres vapor. A ti te llamo:

Me llamo Ernesto, Ernesto Rojo. Cargo con un muerto, que es más grande y más pesado que cargar con una culpa.

Cargo con su presencia, tan oscura como una sombra. Viene sin que la nombre y se queda aquí conmigo haciéndome escalofríos o comiéndose mi sueño de cada noche.

-Déjame estar solo aquí -a veces le pido, y el no es un helado vació de noche que me tulle los codos y las rodillas hasta doblarme.



12 de febrero de 2017

Poema-Xalapa

Encontré un poema que escribí hace tres años cuando estuve en Xalapa. No dejo de aburrir con eso, es de las mejores experiencias que he tenido.

Neblina
Estoy tan en medio de las nubes
que se me está enmoheciendo el corazón,
se musga mi carne y los verdores me encierran
y la neblina nada tiene que ver
porque yo ya había llegado insólito
a los vapores o humos de aquí
hace ya muchos sueños.

9 de febrero de 2017

Raíces del corazón

Quiero pensar que no empiezan así las tragedias; que no hace falta la austeridad para unir a las familias. 

Poco a poco se va perdiendo la providencia: se acaban los buenos negocios, se venden los carros y los inmuebles. ¿Pronto nos pagaremos la frase "todo salió bien"?

Nos abrazamos. Somos un gran árbol de fuertes arterias. 

2 de febrero de 2017

Yo sé que sí

La madre y yo nos despedimos con mucha anticipación, todavía no me voy, pero nos preparamos. Le pregunto por las cosas que podré saquear de la casa y entre risas me dice qué sí y qué no, así: tuerce los labios a un lado y al otro junto con un gruñido, luego suelta un "ya qué" o un "estás loco", según sea.

"Yo sé que los dos nos vamos a extrañar", me dice, mi madre es muy linda, siempre lo ha sido. Yo le contesto que sí, que seguro; le pido que no me extrañe mucho, "Es más, cuando me extrañes haz pozole verde y no tardaré en llegar" le digo como una broma, por supuesto, porque podrá haber melancolía, o tristeza o resentimientos o vergüenza o furia entre nosotros, pero nunca dejamos el humor, nos moriríamos si luego de herirnos no nos hacemos reír. "Te voy a sustituir por un perro", me dice y río, aunque no sé si es cierto.

Miro mi sombra, es mi efigie. Soy Omar, el tercero de tres hijos (ahora el segundo de dos), ya tengo 26 años y aún orino la taza, a veces dejo migajas en la mesa y las cosas que me hago de comer no me gustan mucho; soy el único de los Tiscareño que terminó una carrera pero eso no es orgullo de nadie porque no gano ni siquiera lo mismo que mi hermano, ni tengo un auto, ni una casa propia y parece que voy para ser siempre solo. Y me gusta ser quien soy y me alegro de haber podido obtener todo lo que tengo: libros, palabras (muchas muchas palabras que, aunque tropiezan cuando las uso, no dejan de ser y de dar batalla), amigos y un enorme baúl en donde guardo tanto las cosas que no me gustan como las que sí.

Cómprate un perro, mamá, que no sea ni muy grande ni muy chico y que no sea mucho muy ruidoso cono Venzel. Y platícale todas las cosas del día: Ay, la señora Teresita, mamá de noséquién, o la fulanatal ayer hizo esto; y deja que el animal pare oreja, que incline la cabeza y se pregunté ¿qué estás contando?; y prepárale de comer algo y guárdalo en el refri, déjale una notita que diga "cómeme" y a tu comida ponle "¡no me comas!"; y platícale todos tus sueños, mamá, ésos en donde aparece Edgar con sus eternos 17 años y platícale durante horas de todas estas cosas que esta perra vida nos quiso hacer y no nos hizo nada porque la vida no nos duele.


-Yo sé que los dos nos vamos a extrañar
-Yo sé que sí