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16 de mayo de 2018

Fotografía del padre junto a una mujer

La cuarta vez que el padre cruzó la frontera lo hizo por avión, con documentos de una persona que se parecía mucho a él –mi padre es como muchos hombres. Ya había pisado el desierto, ya había montado a La Bestia y también ya había nadado por el río. Antes de irse esa cuarta y última vez, mi madre le insistía que ya mejor se quedara: pronto mi hermana y yo seríamos adultos y dejaríamos la casa eventualmente, para qué ese afán de volver al norte; pero mi padre respondió, como siempre le respondió, que tenía que hacerlo porque era su responsabilidad.

Mi padre se iba y no sabíamos nada de él por semanas: si el tren le atravesó el cuerpo, si el sol lo disecó por completo. Las noticias de su triunfo sobre el norte nos llegaban con una maleta repleta de muchas cosas para nosotros: celulares, computadoras, videojuegos, y a veces cartas con cosas que se le olvidaba decirnos antes de que se fuera.
No recuerdo si en la segunda o tercera vez que nos llegó esa maleta, encontramos un celular con fotografías suyas que olvidó borrar: paisajes de Estados Unidos y un poco de pornografía. Entre ese compilado extraño de erotismo vulgar y naturaleza muerta, había una fotografía de él muy cerca de una muchacha muy bonita, en un semi abrazo que delataba costumbre entre ambos cuerpos. Mi madre nos dijo que esa fotografía no la borráramos y que tampoco olvidáramos ese rostro, por si en algún momento le tengamos que poner un nombre.

ort

6 de mayo de 2018

Conjuro de la sangre sobre el fuego

dos:

En una mano empuña la daga, en la otra mi palma; se aferra a ambas por igual, y aunque no comprendo y me aterra el chirrido de la Flama al centro del recinto, no cerraré los ojos y confiaré.

Repite que no tiemble ni ahora ni después, con la cabeza le aseguro que ya no lo haré, que resistiré. Sin vacilar acerca el filo a mi palma y deja que se resbale en un tajo rápido y profundo, salta mi sangre y se irriga la Flama.

El grito se me ahoga en la garganta, la llama combustiona. Contaré hasta seis, dice, y si en ese momento no has sucumbido, nada te va a detener. Me mira con risa: Tú no estás preparado para esto.

Lo veo todo desde lo hondo de sus ojos: tirará de mi mano y la restregará sobre las brasas, y ella confiará en que yo no grite o que por impulso me aleje o le pida que se detenga, que le diga que tenía razón, que no estoy preparado para esto, que fue un error haber venido, que me arrepiento; ella continuará: dos, tres... y mi grito crecerá hasta no caber en el recinto y la Flama saldrá de esas piedras que la contienen y se elevará como si naciera de una larva. Si eso sucede, espero ser merecedor de su fuego, dejaré que el ardor me abrace hasta cumplir la transmutación, y entonces ya no rendiré los puños y mis ojos no segregarán más agua, y buscaré a mis enemigos, encontraré a mis enemigos, cuatro, cinco... Cuando encuentre a mis enemigos, no restallará mi odio sobre su espalda durante una tarde completa porque tendré en mente mejores cosas para ellos, ya nadie tendrá miedo, a nadie se le quebrará la voz, siempre arderá la luz.

Tú no estás preparado para esto, repite, y antes de que ella haga algo, despojo mi cuerpo por completo y me entrego a la Flama.

ort

26 de abril de 2018

Iniciación del conjuro de la sangre sobre el fuego

Que llegara entonces y me condujera al recinto donde se encontrara la flama, me dijera que me colocará de rodillas y yo obedeciera.

Me preguntara qué quisiera de beber entre té, o café o chocolate o canela o atole, y yo le pidiera solo agua, le dijera "solo agua está bien", que al apurar un largo trago descubriera que fuera mezcal.

Se sentara delante de mí y me mirara, me mirara meticulosamente: de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba, de afuera hacia adentro, y de adentro ya no volviera. 

Acertara que tengo un poco de miedo, pero que jamás habría llegado ahí si no fuera algo mayor que ya no me contuviera; que me dijera: tú no te preocupes, nada de lo que te aqueje es más fuerte que tu voluntad, y entonces yo pensara que en otras circunstancias haber escuchado eso me habría provocado una risa maníaca. 

Que ella atizara sus manos en cenizas y aceites, que se persignara al revés: besara primero sus dedos y destrazara las cruces; que recitara oraciones oscuras que hablaran de sacrificios, de la miseria y de la sangre de mis enemigos. 

No tiembles ni cierres los ojos, advirtiera ella, luego diera un trago hondo al licor de su mesa para luego escupirlo sobre la flama y yo escuchara el chillido de las brasas como quejidos humanos. 

No tiembles ni cierres los ojos, advirtiera ella poco antes de sujetar con su diestra mi mano y con la siniestra la daga.

ort

19 de abril de 2018

Cuento en el que se me acabaron los recursos y terminé nomás así

CAMBIO DE ARMAS


Satatán, el Enorme, seguía victorioso luego de la tercera contienda, y entonces, a nada de arremeter para vencerlo, pidió tiempo para un cambio de armas. 

Todos nos preguntamos porqué lo habría hecho si estaba a punto de vencer. 

Escogió la maza porque era sanguinario y podía con ella; se imaginó estrellarlo sobre su adversario: Íla, el que lanzaba conjuros, el que se mueve como las sombras. Imaginó impactarlo tantas veces hasta abrirle el cráneo como una flor. 

Íla se sintió abrumado, pero no vencido. Quería regresar a casa como diera lugar. Si lo lograra, tiraría su báculo y su escudo y atravesaría, por fin, libre las rejas, descendería el cerro con sus piedras y flores, caminaría la llanura las noches que fueran necesarias para luego atravesar los ríos que se le atravesaran. No podría perder contra el Enorme jamás, nunca, de ninguna manera, así pensáramos lo que pensáramos nosotros, los que desde las gradas esperábamos que por fin Satatán empuñará la maza y se diera el encontronazo cuerpo a cuerpo. 

Pero Satatán no se decidió por la maza porque atinó en que eso lo haría más lento y él, maestro en todas las armas y experto en los combates, sabía que un buen golpe de Íla, el que se escabulle como el viento, podría dar vuelta a las cosas. Mejor pidió las cadenas arpadas, bastaría que se prensara de un gancho para ya no librarse de él, dejaría caer sus puños sobre su desnutrido cuerpo hasta el sonar de sus huesos. 

Si Íla venciera y ganara su libertad y cruzara rejas, llanuras y ríos, se encontraría con Magdalena; le diría que por fin llegó, que lamenta haber tardado; le pediría sopa con jarabe de yuca, por la noche le pediría que se desenvolviera de su ropa y se durmiera con él para dormir juntos en un mismo nudo. Con eso en mente, Íla se tiro al suelo en una genuflexión y se lanzó un conjuro que solo se recita cuando los hombres emprenden grandes hazañas. 

Y nosotros nos preguntábamos si eso iba a ayudar, porque sabíamos que el pisa suave era buen lanzador de conjuros, pero luego de tanto tiempo en el encierro, dudábamos de que aún sirviera su magia. 

Como el Enorme siempre se toma a cosa seria las hechicerías y maldiciones, dejó de vacilar y se determinó a cabar la contienda. Regresó a la espada que había dejado al principio, porque era el mejor en ella, y pisó resonante una vez más la arena. 

Íla tiró el escudo y se aferró solo al báculo, lo mismo Satatán con la espada. Y nosotros asegurábamos que ese iba a ser el espectáculo que pedíamos, que se derramaría la sangre que exigíamos a gritos, pero aquello terminó rápidamente. 


ort

31 de marzo de 2018

Negrín

A veces surge en la noche, de los cajones vacíos, del viento frío afuera de la ventana o de las pequeñas y sencillas hojas congeladas; despierta con hambre y con el enfado de un niño que busca que romper. Se proyecta como en celuloide: inicia con la sensación de un diente helado y recorre poco a poco el cuerpo con la misma incomodidad de la cosquilla, es ahí cuando se concibe la tabula y se repiten las cosas nunca escritas:

uno: que era un gran inventor y que estaba solo en una isla donde no quería ser encontrado

qué aburrido hubiera sido ser como los demás; Negrín nunca permitió la nitidez de las cosas, desenfocaba hasta el borde en donde casi se desentendían los objetos, luego jugaba con ellos. Negro-Negrín era un artista del juego, cualquier objeto visible o manipulable provocaba la risa con mínimos ajustes: las hojas de los árboles mudaban en pájaros y las piedras en edificaciones conclusas.

Negrín, el artista de las transmutaciones, de los artefactos hechizos e incomprendidos.



dos: que a nadie le pedíamos perdón, nunca quisimos hacerlo

Acontecía que una nube oscura se alzaba del suelo y poseía a Negrín. Le hacía doblar las piernas y los brazos en contorciones arriesgadas; le hacía cambiar su lenguaje a uno de gritos guturales y aullidos insonoros. Los dedos torcidos, la boca amordazada. Sus ojos perdidos, como un pajarito que no sabe a donde volar. Nosotros, los que desde pequeños aprendimos que sería una manifestación constante, diseñamos un protocolo que repetíamos con solemnidad, como el ritual en el que se espera de rodillas y se repiten palabras.

La gente no lo entendería ni tendría por qué importarle. A nadie le hemos pedido siquiera que posen su vista sobre nosotros ni que nos dirijan la palabra, ni que nos concedan de su compasión o nos regalen abrazos o nos repartan palmaditas al hombro, a nadie le hemos pedido que nos regalen atención o que disparen bengalas y hagan girar las sirenas.

La gente se incomodaba porque a veces Negrín luchaba contra su propio cuerpo. Nosotros, los que lo amábamos, siempre lo íbamos a amar, y entre nosotros nos entenderíamos y nos dirigiríamos palabras, nos regalaríamos abrazos y nos concederíamos atención. Pero sucede que a mucha gente le incomodaba retrasar el viaje o detener el tour, o se exasperaban porque ya todas las bengalas caían del suelo como estrellas inútiles y porque todos juntos habían emitido el mismo grito de auxilio y al llegar la gente que tendría que hacer algo, nosotros les decíamos que no, que no era necesario, que así no funcionaban las cosas, y se desesperaban aún más porque el cuerpo de Negrín tardaba en recuperarse de una batalla que siempre libraba.









27 de febrero de 2018

Prueba piloto

I (recuerdo vago)

Los jóvenes salen del cine y él, con una torpe sonrisa de satisfacción, simula pasos absurdos como queriendo imitar el filme que acaba de ver. Le parece que en realidad no es una película tan buena, pero que lo haya puesto a bailar esas sandeces, es síntoma de algo alarmante (por favor, ¡a qué tonto le gustan los musicales?). Ella, ríe así sin más y encadena sus boberías con más sonrisas y aplausos para motivar al joven aprendiz de baile. Él le pide su mano para bailar y acepta -ella siempre se presta a este tipo de juegos y el también acepta los suyos, la varía invención entre ambos es inagotable-.

II (de las cosas que hacían cosquillas a los costados del torso, y que nunca quisimos que se detuviera)

Lo piensas de distintas maneras, pero no es posible negar que fueron buenos momentos, que fuiste feliz, que eso era tentativamente la felicidad. 

Te imaginas con ella del brazo y por una enorme calle nevada; te imaginas con ella nadando bajo una cascada tibia; te imaginas con ella reposando los sábados y los domingos; te imaginas con ella arrojando bachichas de cigarro a la gente más ebria del bar; te imaginas con ella llorando porque la vida es una cabrona o algo así. 

(Cenan desnudos, se comparten la pasta dental y antes de acostarse, se dividen el espacio de la cama aunque luego no se respete.)

Lo piensas de distintas maneras, pero no puedes negar que fueron buenos tiempos.

III (prueba piloto)

Admito que me equivoqué en muchas cosas y que no fui muy sincero. Que me fastidia no tener la suficiente inteligencia emocional ni la madurez como para ser feliz sin que explote la caja de mi mente.

En fin. Hemos hablado largamente de que esto es madera que ya ardió y nos agradecemos haber coincidido y tenernos la confianza de haber sido cómplices de épocas de irse todo a la mierda. (Maldita sea, no sé qué decir que no suene a folleto de Pare de sufrir o  a una Guía práctica para ser felices, carajo).

 La imagino a ella en diferentes proyectos en donde no me incluye y no por eso sus aspiraciones se restan.  La imagino a ella en una felicidad certera. Fuimos una excelente prueba de que podemos ser felices. 

Ojalá yo llegue a ser tan feliz como ella. 



12 de febrero de 2018

Apuntes


VII (Visita)

Creo que es verdad todo lo que dice Athá-Ila sobre el cansancio. Y aunque le creo, no le digo nada, no me inmuto. Entonces cierro los ojos durante mucho mucho tiempo y al despertar ya ha oscurecido en mi habitación. Athá-Ilá se cansó de hablar y durmió delante de mí: su boca abierta, un hilo de baba le escurría hasta gotear al suelo.

La cubro con mi chamarra para que no sienta frío, la lleno de besos y recorro con mi mano el pelaje de su nuca, es tan cálida cuando está dormida.

Camino a tientas por la habitación, luego por el pasillo y es hasta la cocina donde enciendo las luces y al hacer suitch aparece, como la formación inmediata de una nube, la figura de una mujer que me sonríe como para no asustarme, como si tal.

Me saluda con voz suave, pretendiendo que ella es amable y yo un tonto. No le digo nada. En verdad le tengo miedo, pero no se lo demostraré con un grito ni dejando ver la temblorina de mis rodillas. Le doy la espalda y finjo que prepararé café y eso es lo que haré todo el tiempo hasta que se aburra y me deje en paz.

Fingiré que no me nombra, que no me mira. Ella se acercará a mí por los lados y sabrá que la miro con el rabillo del ojo; hará un gesto con su mano, con el dedo índice y me dirá "ven, ven" moviendo de adelante hacia atrás su índice como si gatillara un disparo.

No, no, no y no. Me repetiré desde lo más hondo de mis pensamientos, para que no me escuche. No. Si quiere que hable con ella tendrá que buscar otro modo y no ser tan invasiva. Se me ocurren un par de cosas, solo por poner ejemplos:

UNO: que durante el alba, cuando Atha-Ila persigue los primeros sonidos de la casa, timbre y espere en la puerta hasta que me vista bien y la atienda "Buen día, ¿en qué puedo ayudarte?. Voy de salida al trabajo, ¿quieres acompañarme durante el camino?", le diría.

y DOS: que durante el ocaso, cuando vuelvo otra vez a esta mi casa con este yunque sobre el cuerpo, con las hartas ganas de querer romperme; entre sin avisar por la ventana y me pida bailar un poco,  antes de que me eche a llorar como las cosas que de repente lloran.

–Vamos a bailar, un poco, tan solo un poco -me preguntaría. Sólo así se ganaría mi confianza; le abriría todas las puertas de mi casa, incluso las que están bajo llave, las puertas que dentro de sí esconden baúles, armarios y cajones, podría entrar a cualquier rincón de este hogar.- Ándale, vamos a bailar una canción tranquila los tres.

Y aunque en verdad quisiera, le diría que no, que muchas gracias, que estoy muy cansado.

9 de febrero de 2018

Apuntes sobre Piedra y el remolino de la mañana

I

¿Por qué Piedra se despierta con quizá el mismo dolor de cabeza que el mío y me mira (los ojos rojos, la mirada medio perdida) para decirme que qué onda?

¿Por qué no hemos llegado a nuestras casas y nos quedamos con Calavera? ¿fue demasiado buena esta juerga que nos hizo beber de más, pero Piedra y yo no les toleramos el paso, y luego de secuencias entre cortadas uno a uno fuimos cerrando los ojos: primero Piedra, luego yo?

Ahora Piedra se alza, me mira a los ojos y me dice que qué onda y yo le digo que nada, que aquí nomás, que ya amaneció. Entonces Calavera entra, nos dice que qué onda y repetimos. ¿por qué Calavera nos dice que tenemos que dejar la casa antes de que llegue su esposa? ¿por qué doy un trago hondo a una bebida olvidada antes de cerrar la puerta y dejar a Calavera del otro lado?

¿en qué trabaja la esposa de Calavera?

Afuera, Piedra y yo nos preguntamos si tenemos hambre y nos decimos que sí, que mucha, que necesitamos un caldo caliente y al menos una cerveza para que el día no sea un desastre. Nos proponemos ir a una fonda y pagar entre los dos, nos decimos que está bien.

¿Por qué Piedra solo habla con ese lenguaje de síes y noes, quién le regaló tantos nosés que ahora los reparte para todos y en todas ocasiones?

-Nos sentamos aquí? de este otro lado está dando más fuerte el Sol y a mí el Sol, no sé tú, me está rompiendo la cara, la cabeza
-sí

Cuando Piedra sorbe de su cuchara, se escucha un silbido como si fuera el tañido de una flauta. Un sonido ascendente y cómico que nadie más percibe o no quiere percibir. Si tuviera la suficiente confianza, le diría que su silbido me da risa. Me río, pero él no me pregunta por qué.

20 de enero de 2018

No sé a qué edad (tuya o mía) nos conoceremos (tú a mí o yo a ti), ni cuáles serán las primeras palabras (mías o tuyas). 

No sé con qué gracia nos amparará el destino (el tuyo o el mío), que nos pueda recoger en un abrazo (el nuestro) y nos haga (me haga) por fin decir (decirte) que nos encontramos para hacernos ( tú a mí y yo a ti) lo que se dice felices. 

17 de enero de 2018

Uno: de la ludopatía aún no controlada



En algún rincón del mundo. En algún fragmento del tiempo (pendiente de acontecer o ya sucedido), Mónica cierra los ojos con fuerza y se lleva la palma a la nariz en un movimiento semirápido, cuasiveloz. Plaz! Cachetada al rostro. 

Y es que su padre hace una vez más de las suyas y esta vez no hay quien lo pare:  Se ha metido a la fuerza a jugar con los menores el juego de mesa históricamente peligroso para la dinastía Tiscareño. Billetes aquí, casitas de plástico allá; dados caen y ruedan con el mismo recorrido abrupto de la imprudencia del padre. 

Pero Mónica sabe que tiene la culpa, como si no supiera de la carcajada bárbara que le estalla al padre cuando los números le coinciden, o del aullido gutural que emite cuando no. Mira que proponer ese juego con visitas en la casa, por qué? Por qué!

Y eso es precisamente lo que está provocando que Mónica se reparta palmas a la nariz: dos seises le hicieron al padre caer de espaldas; dos treses le derramaron la bebida a la compañera; y un par de cuatros le dirigieron un codazo a la cara del jugador vecino, al chico guapo, al que Mónica ama en secreto. 

-papá! -grita Mónica, mientras el chico (la verdad es que ni tan guapo) se pega la nuca al cuello para detener la hemorragia en la nariz. 
-perdóname, hija, no quise apenarte delante de tus amigos... menos delante del que te gusta
-papá!!!!!





12 de enero de 2018

Castigo

Abbas, aquél que perdió la vista  de un ojo por ver a una diosa morir, desenterró del desierto a un hombre cuando huía de su pueblo. Al incorporarse el hombre, éste le tomó de la mano y recitó una oración que se otorgan a las personas que emprenden grandes empresas, como alguna vez la esposa de Abbas se la otorgara cuando partiría a La Capital para asesinar a su hermano rey; "pero por qué me otorgas esta oración en vez de sólo agradecer" preguntó Abbas. "Hombre, no sabes lo que acabas de hacer, has desenterrado al último gran demonio del desierto, ahora tu vida estará llena de malaventura, perderás la razón y todo tipo de conocimiento, no sabrás distinguir entre la realidad y la pesadilla". Una vez dicho esto, el hombre se pulverizó y una corriente de aire arreciado se lo llevó. Abbas alzó la vista de su ojo bueno, la arena cambiaba de forma, se contorsionaba para adquirir nuevas estructuras sólidas, edificaciones grises. Una vez efectuados los cambios, Abbas se convirtió en una persona anónima que camina por el mundo sin saber adónde ir.


ort

3 de enero de 2018

Vapulear sin querer

De la plática que repetimos algunas veces mientras se calienta el café

Negra me platica de sus cosas y yo le platico de las mías. Le digo que yo, siendo quien soy, no me daría la oportunidad de nuevo. Y es lo mismo que platico con Valenzuela.

Valenzuela me platica que vuelve y vuelve y vuelve a encontrarse con la misma persona. Se miran. Se besan. Y cuando hacen el amor, se golpean, pero creen que es sano porque dicen que es sano el amor. De eso es de lo que me platica Valenzuela, del amor y la violencia, de la sangre que hierve; del cuerpo de su chico, Vicente, sobre el cuerpo de otro hombre vapuleado, porque "Esta loco, de verdad está loco. Se juntan él y otros hombres para golpearse (...), se para delante del hombre que golpeó y se deja escurrir la sangre sobre él, como si se glorificara por haberlo lastimado". Ella me dice que si se puede superar la violencia, se puede superar todo. Yo pienso que la violencia es una bestia dormida, que despierta con hambre; que es un niño que derrama la leche y no pide perdón a nadie porque no fue su intención. 

Pero de lo que no platico con Valenzuela, es de las cosas mías porque me apena decirle en verdad cómo soy: Cómodo con las repeticiones, despierto con la esperanza de que el día no sea tan distinto. Siempre espero dormir un poco más. No me emociono de conocer nuevas personas porque creo tener la cantidad justa de mis amistades, con ellos hablo lo suficiente a través de memes y chistes repetidos, o juego FIFA los viernes que descanso (FIFA, Valenzuela; es en serio: ¡FIFA!). No hablo con Valenzuela sobre la chica con la que salía porque incluso a mí me da pena pensar en eso, pero sí le hablo de la chica con la que siempre pienso, pero se aburre de escucharme porque es una historia repetida y a ella le aburren las historias que se repiten, que se repiten. 

Por eso, cuando platico con Negra, las cosas son más cómodas porque tienden a ser platicas cortas que casi siempre van al grano, no vaya a ser que algo en el trabajo nos distraiga y nos deje a medias. Ella me platica y luego yo le platico. A veces, desde nuestras experiencias personalísimas, los grandes temas que contar son los mismos: una persona se vuelve a ver con otra porque piensa que será mejor que antes. Le digo que yo, siendo quien soy, no me daría la oportunidad de nuevo. Sin embargo, así están las cosas: despierto con la esperanza de que haya un mensaje que leer o durante el día pienso en cuál sería el hilo negro de su sonrisa y pruebo suerte en compartirle las cosas que me hacen reír; a veces no me parece tan tonto creer que los dos ocupamos el mismo espacio en el pensamiento (el donador de almas), pero que ella siempre está callada. Negra no me lo dice por completo -porque algo siempre nos distrae-, pero supongo que algo le pasó hace tiempo, hasta que se cansó de repetir.


De gente tan mala, tan mala, que no titubea y dice delante de toda la familia que ya no cree en dios

Supongo que Valenzuela vuelve con su chico porque no lo ve como una repetición (hard reset cortesía del apetito sexual), sino como un nuevo comienzo. Entonces lo ve y no encuentra al hombre que vapulea o que le muerde los pezones con imprudente fuerza durante el acto, sino a una persona que tenía un oscuro pasado que poco a poco ha sabido apaciguar. Ahora lo ve como una flamita larga y tersa que mantiene firme su plasma durante toda la mecha. Yo no voy a negar que ese hombre pudo cambiar, que dejó de salivar como un perro cada que alguien le discutía algo (qué estás mirando, pendejo). No lo voy a negar porque todos, de alguna manera, hemos querido ser mejores personas para alguien que decimos amar.

Y me apena (en realidad me enferma) que muchos hombres seamos como él, un Vicente que lastima a personas con golpes no necesariamente físicos. Que muchos hombres estemos copipasteados del mismo archivo (Big data de las chingaderas, con pene y excusas de diferentes tamaños). Entonces, no estaría tan mal ahora que lo pienso: juntarnos los hombres de nuestra calaña para hacer un club de la pelea en el que nos autoexterminemos por culeros. 



2 de diciembre de 2017

Las tantas ganas de permanecer y nada más

Esa vez que duré como tres horas sin hacer nada; cuando estaba echado en la cama panzarriba tratando de encontrarle formas al techo; esa vez que descansé y no tenía ni una pizca de voluntad de hacer nada,


pensé que aún así, a pesar de que casi nunca haya cambios sustanciales en mis días; a pesar de querer siempre repetirme todos los días, como usar siempre la misma playera con los mismos tenis, o condenarme a mandar el mismo saludo de las buenas tardes a las mismas personas;


pensé que aún así le tengo miedo a la muerte


y que casi no me gustan las magnolias, ni los refrescos de toronja

17 de noviembre de 2017

Ensuciar a la gente hablando a media voz

Uno: la media inmensidad

... y es de verdad horrible tener la suma precaución de no ser demasiado feliz, de dosificar la carcajada con pequeñas punzaditas en la barriga para que esos piquetes no se hagan uno solo que te rompan el corazón. 

Disponer solo de la mitad del llanto, reír nomás un pellizco. 

Procurar no cubrir con todo tu amor a la futura hija, no vaya a ser que te quiebre la paternidad, ¿y luego qué van a decir de ti? Que te hizo añicos una bebé. Te lo van a decir, cuídate porque te lo van a decir apenas les des la espalda, o te agaches y cierres los ojos. 


Dos: de imaginarse escribir con la voz


Me imaginé ciego a causa de la demasiada lectura y los rayos azules de las pantallas. Y mi principal preocupación era la escritura, me imaginaba diciéndole a mi hermano que luego cómo iba a escribir, necesitaría de alguien que me redactara y eso me quitaría mi privacidad. 

La alternativa sería el audio, grabar mi voz en notas de audio. Bueno -me confortaba- tal vez mejoraría mi dicción. 

No solo eso, tal vez mis poemas serían más fonéticos, musicales pues. Además, siguiendo el mejor consejo para esto de escribir, mi narrativa sería cada vez más sincera si tuviera que grabar lo que quisiera escribir 

porque, ¿hay algo más sincero que un hombre que se habla a solas en la más profunda oscuridad?


Tres: las máculas 

... lo demás no es una mácula indeleble. El dedo y el susurro de la gente. la niña con la varita de sauce restallando en las conciencias de los que se niegan a portarse bien. 


7 de noviembre de 2017

Ausente

Cuando estás ausente, tu figura se dilata hasta el punto de llenar el universo. Pasas al estado fluido, que es el de los fantasmas. Cuando estás presente, tu figura se condensa; alcanzas las concentraciones de los metales más pesados, del iridio, del mercurio. Muero de ese peso, cuando me cae en el corazón. 

M.Y.