19 de junio de 2017
6 de junio de 2017
De idas, vueltas y desapariciones
Algún día te podré llamar... Morena se fue hace un mes o poco más y, lo peor de todo, es que no estoy entendiendo lo que significa que se haya ido. Es triste, a veces pasaban meses sin verla y apenas nos bastaba chatearnos algunas cosas o marcarnos escasos minutos para actualizar nuestros temas, lo de siempre: yo haciendo como que tengo algo dramático qué decirle y ella y la vida le van sobre ruedas, como mochila de niño de primaria, cargadita, pero en marcha. Morena se fue hace un mes o poco más y yo, ocupado, ya saben: con cada vez más cucharaditas de café en la taza y cada vez menos tiempo de leer o de escribir algo que no sea sobre las bestias políticas que (para qué te haces, Omar) me está gustando, pero Morena se fue, y no me había fijado hasta que lo dijo ella, en un mensajito que raya entre la nostalgia y la broma: Algún día te podré llamar y que coincidan nuestros tiempos? para que hables no sé qué, para que me cuentes... y luego explaya una lista de los temas con los que nos hemos intentado amarrar la atención, que si mi padre ya me perdonó, que como es vivir sólo en un departamento, que si el corazón de mi hermano aún es una granada, que si todavía sigo sin querer tener hijos y que si he podido dejar de pensar, aunque sea sólo un día, en la chica con la que siempre pienso. Morena se fue hace un lustro o quizá hace un minuto, tal vez ni siquiera se fue o fui yo el que se alejó. Y no me había dado cuenta, siempre soy el que habla más y es que con ella me desdoblo no me da pena ser. Morena se fue y ya sé que de todos modos vuelve, de alguna manera u otra nos tendremos que ver.
Le platico que soñé que quería matarme por haber perdido una revista, pero no es cierto. En el sueño, ella sólo estaba molesta.
Como el humo. No le contesto, pero lo pienso: desde luego que sí, todos los días, con ella crecí y creo que aún crezco. Sabes, no es broma que soy como un niño, lo digo por lo de estar de un lado a otro cargando con eso de querer y después ya no, de no saber si me muero de frío o si es más bien que tengo demasiado sueño o si ayer por las mañanas tanto miedo y ya es demasiado tarde. Evito pensar qué es lo que sucede, suelo practicar la supresión porque es cómodo y es barato emocionalmente, en serio, tan solo me cuesta torcer la cara y rechinar los dientes y, de ser necesario, abrir YouTube o páginas porno. La verdad es que casi nunca nada de lo que escribo es cierto o todo pasa en las más mínimas porciones, en las más mínimas unidades cuantificables, que perfectamente caben en este espacio. Su desaparición también es chiquita. Cualquiera que la busque la va encontrar porque su desaparición es chiquita, del tamaño de una lágrima, de la mandíbula de una hormiga, de un pixel. Tan chiquita que apenas cabe en el pensamiento de los días.
30 de mayo de 2017
Un río de viento
Desde ayer o antier ya no es una extraña. Kassandra me acompaña a almorzar en el receso, después nos sentamos y platicamos de nuestros días. Ella, una universitaria común; yo, un trabajador regular. Ella pide de mi comida y da un mordida, yo a veces le pido que me regale agua. Entonces pienso -ahora que, por las noches, me platica por internet de su novio y de sus cosas- que desde hace poco ya no es una extraña y que incluso puedo decir que es una amiga. Hace tiempo que no me hago de una amiga, reflexiono, creo que la última ha sido la esposa de mi mejor amigo. Ella me platica de sus cosas de universitaria, recuerdo que la vida antes era más sencilla.
Forjar patria. Hace años -serán cinco o serán cuatro?- Diego se ofendió conmigo luego de platicar sobre salir del país. Él nos compartía que, entre sus experiencias como un trotamundos [por qué trotamundos se escribe en plural si el mundo es uno? no, espera: mundo no es planeta, es cierto] descubrió que los viajeros de países primermundistas no olvidan jamás que algún día volverán a su país para mejorarlo. Le digo que yo no volvería, que en la primera oportunidad huiría de este país y que me olvidaría de lo más posible; él me regaña, me dice que traiciono a la patria que, aunque lo niegue, me ha dado tanto. Diego vive en un país en donde solo hay sol dos veces al año, gana al mes lo que dos diputados estatales ganan en el mismo tiempo; cada año puede hacer homeoffice por dos meses, lo que le permite viajar por donde quiera en el mundo con una vida holgada. Lo digo con sinceridad: me alegra que mi amigo tenga éxito y que le suceda todo esto, ha trabajado por ello; también es verdad que siento un poco de celos, pero se me pasará. Me pregunta que qué he estado haciendo, le digo que nada, que a diario escribo de distintas maneras críticas sobre el gobierno, que ejerzo más el periodismo y que de alguna manera me he convencido que informar a la gente es una manera de generar cambios sociales. Diego volverá a Dinamarca, luego de juntar aún más dinero, regresará este país para abrir un negocio.
Un río de viento. [Las cosas se han vuelto un poco insulsas para el joven, pasan los días a una velocidad aburrida. Nada es y todo está. Piensa en los libros que lee. Cree y concuerda: si hay algo que lo pueda remediar y lo justifique todo, será el amor y sólo eso]. Me sorprende lo poco que dura en mí la idea de la felicidad con una pareja. He dañado a personas por puro dramatismo, porque aún soy muy inmaduro y egoísta, porque pienso que todos los problemas caben en mí y que a la hora de encarar los conflictos más bien lo abandono todo sin considerar a las personas que me acompañan. Creo que puedo ser feliz con quien sea. Puedo amar a quien sea. Y eso es lo de menos, o poco importa porque lo gratificante es que alguien esté dispuesto a hacer lo mismo. No he tomado en serio a las personas que han decidido compartir su tiempo y sus proyectos de vida conmigo, al menos no lo he demostrado con acciones, siempre es palabrería, siempre ha sido viento. Quiero tomarme en serio eso de amar. Durante tanto tiempo he creído amar a alguien, pero sólo lo he dicho. Amar es todo lo contrario a lo que he hecho, es tal vez lo que ella ha hecho (?). Yo no quiero estar para nadie de esta manera tan hiriente. Hechos son amores. Dejaré de hablar de conatos.
16 de mayo de 2017
27 de abril de 2017
árbol de puntas doradas
Tengo una nueva mascota: un bonsái junípero de puntas doradas. Debo aprender a podarlo y decidir la ruta de su tronco pues, sabrás, hay estilos de bonsái según la inclinación de su tronco: si es vertical o pretende horizontalidad, si ascienden su ramaje o si desciende -ya te imaginarás las analogías que surgen para aplicar a la vida-.
Pretenderé el estilo Moyogoi, busca crecer hacia arriba pero su tronco principal es sinuoso, no se sabe bien la dirección de su desarrollo, solo asciende.
Pretenderé el estilo Moyogoi, busca crecer hacia arriba pero su tronco principal es sinuoso, no se sabe bien la dirección de su desarrollo, solo asciende.
23 de abril de 2017
Refugio
Lo ha pensado una docena de veces y, por más que lo repiensa, cree que sí, que definitivamente lo mejor para él es estar zambullido en el agua. Ni siquiera el mar, ni siquiera nadar. Le basta sentir esa falsa levitación de su cuerpo en el agua, algo que a muchas personas les apabulla, pero que a él le encanta: la sensación de que el agua domina sobre los cuerpos.
Por eso guarda para sí, como un excelentísimo tesoro, dos o tres experiencias que lo fulminan de satisfacción cuando las recuerda, pero que jamás será como lo ya vivido, para nada.
Conoció la satisfacción de nadar demasiado tarde, apenas adulto, cuando se sumergió en un río de nada. El agua era tan pura que que se podían ver los peces bailar a la distancia como lagartijas que montaban al viento. Recuerda que se adentró a ese río y poco a poco olvidó la gravidez de su cuerpo, joven astronauta en una luna húmeda-húmeda.
Lo mejor es estar en el agua, piensa de nuevo, necio a repetir las afirmaciones.
Sin pretender nada, la vida lo apremió con una nueva experiencia tiempo después. Le aconteció que visitó una cueva de agua en donde el líquido era tan puro como tan oscura la cavidad. La ecolocación de los murciélagos al fondo chillaban de vez en vez. Nadar en la profunda oscuridad le resulto gratificante. A veces, en el mejor de sus sueños, replica la sensación de la completa pérdida del peso corporal.
Y es que guarda con gran satisfacción sus recuerdos, los usa cada que puede. Lo recuerda tan bien: sujeto de la mano de una mujer clara, braceó y pataleó a contra corriente de un río hasta llegar al pie de una cascada. Si el agua es un refugio, un hogar, en ese momento lo descubrió.
Nada mejor para él, dice para sí.
Por eso guarda para sí, como un excelentísimo tesoro, dos o tres experiencias que lo fulminan de satisfacción cuando las recuerda, pero que jamás será como lo ya vivido, para nada.
Conoció la satisfacción de nadar demasiado tarde, apenas adulto, cuando se sumergió en un río de nada. El agua era tan pura que que se podían ver los peces bailar a la distancia como lagartijas que montaban al viento. Recuerda que se adentró a ese río y poco a poco olvidó la gravidez de su cuerpo, joven astronauta en una luna húmeda-húmeda.
Lo mejor es estar en el agua, piensa de nuevo, necio a repetir las afirmaciones.
Sin pretender nada, la vida lo apremió con una nueva experiencia tiempo después. Le aconteció que visitó una cueva de agua en donde el líquido era tan puro como tan oscura la cavidad. La ecolocación de los murciélagos al fondo chillaban de vez en vez. Nadar en la profunda oscuridad le resulto gratificante. A veces, en el mejor de sus sueños, replica la sensación de la completa pérdida del peso corporal.
Y es que guarda con gran satisfacción sus recuerdos, los usa cada que puede. Lo recuerda tan bien: sujeto de la mano de una mujer clara, braceó y pataleó a contra corriente de un río hasta llegar al pie de una cascada. Si el agua es un refugio, un hogar, en ese momento lo descubrió.
Nada mejor para él, dice para sí.
21 de marzo de 2017
Desde lo sublime
Las crisis se me pasan luego luego. A penas me descubro tristeando y busco cómo sentirme mejor.
Cosa curiosa, de lo sublime nace también el llanto. Hace poco platicó una chica que un fin de semana, sin tener aún algún plan, se arregló por si alguien la invitaba a salir. Sacó un vestido del clóset que hace tiempo no usaba y deseaba volver a verse con él -ella recordaba que su silueta esbelta y curva lucía más con ese vestido-.
Mientras se bañaba, escuchó que su celular sonó y dejó la ducha pendiente para salir a contestar, pero no era nada: el celular callado, el agua de la ducha cayendo. Por si fuera a suceder, entró con el celular al baño y lo dejó a la mano; si alguien llamara, contestaría enseguida.
Luego de esto, mientras se colocaba el vestido, notó que, aún sin ponérselo por completo, ya no se veía muy bien con él y con pesadumbre aceptaba que no era debido al atuendo. El vestido aún era bueno, tan así que lo usaría de cualquier modo, ya no para resaltar su cuerpo, si no para que el vestido atrajera por sí mismo.
Ajustado, el vestido. Un poco incómoda. Hacía falta subir la cremallera y aunque estiraba sus brazos por detrás de su espalda, no lograba sujetar el cierre para deslizarlo. Intentó un par de maniobras ridículas subir el cierre, pero no resultaba.
Recordó que ese pequeño lío lo solucionaba fácilmente años atrás, cuando vivía con sus padres: bastaba con pedir ayuda a su madre o a su hermana. Se sintió patética, disconforme con su soltería, con su vida independiente; renegó de su cuerpo pero, sobre todo, me comenta, se descubrió sola.
Y es absurdo que estas pequeñas cosas nos entristezcan, pero pasa. Hace poco me sucedió también: fui solo al super y al ver lo pequeña que era mi despensa sentí mi soledad. Así estaba, pues, pensando en mi individualidad, entonces, al salir, la puerta automática no me detectó, como si no existiera, como si no hubiera nadie. Al final, tuve que abrir la puerta con mis manos, se resistía mucho. Salí muy a fuerzas, como si saliera de un vientre en un alumbramiento.
Ahora que lo recuerdo y platico me da una carcajada ligera y sincera.
10 de marzo de 2017
Ahí va, ahí va
15 de octubre 2016
No hay crisis del cuarto de vida, lo ha superado de alguna manera. Se mantiene ocupado en varias cosas: ha conocido a una mujer a la que aún no asimila -hurga su cuerpo, sus días, y no puede creer que sea otra-; trabaja, por fin, en algo que puede proyectarlo o no, pero de ninguna manera lo dejará donde estaba antes- por fin deja de oficiar en estos trabajos que no eran nada, y que eran de todos los días-; se prepara para continuar estudios: lee algunos artículos de Villanueva, Berkson o Blake; no entiende muy bien a Tomasello porque su inglés no es muy bueno y leerlo exige un doble esfuerzo, pero como quiera ahí va -practica su inglés con amigos japoneses o con su amigo seminarista que viajará de Ohio a Libia. Eso le da un poco de celos: su otro amigo, el programador, viajará de Budapest a Dinamarca; su otro amigo, el diseñador web, irá a Japón. Es un poco de envidia, es un poco enfado consigo mismo, ¿por qué el no está moviéndose, pro qué permanece en esa ciudad que no le gusta tanto?-; el padre del joven lo hizo enfadar, el joven se culpa, nunca supo establecer acuerdos con el señor, lo mejor hubiera sido huir de casa a tiempo -algo que también está preparando: ha comprado algunos muebles y se ha organizado con gente que podrían ser buenos compañeros de piso-; donará un órgano, la familia se queja, pero no cesa su apoyo -hubo una intervención, al final de ella el hermano lo abrazó, la madre se lamentaba aunque no dejaba de pensar que era lo mejor, la cuñada era un satélite en órbita, el joven lloraba como hace más de una década que no lo hacía, ¿el padre?, el padre puede irse mucho hacia los confines de ninguna parte-.
No hay crisis del cuarto de vida, lo ha superado de alguna manera. Se mantiene ocupado en varias cosas: ha conocido a una mujer a la que aún no asimila -hurga su cuerpo, sus días, y no puede creer que sea otra-; trabaja, por fin, en algo que puede proyectarlo o no, pero de ninguna manera lo dejará donde estaba antes- por fin deja de oficiar en estos trabajos que no eran nada, y que eran de todos los días-; se prepara para continuar estudios: lee algunos artículos de Villanueva, Berkson o Blake; no entiende muy bien a Tomasello porque su inglés no es muy bueno y leerlo exige un doble esfuerzo, pero como quiera ahí va -practica su inglés con amigos japoneses o con su amigo seminarista que viajará de Ohio a Libia. Eso le da un poco de celos: su otro amigo, el programador, viajará de Budapest a Dinamarca; su otro amigo, el diseñador web, irá a Japón. Es un poco de envidia, es un poco enfado consigo mismo, ¿por qué el no está moviéndose, pro qué permanece en esa ciudad que no le gusta tanto?-; el padre del joven lo hizo enfadar, el joven se culpa, nunca supo establecer acuerdos con el señor, lo mejor hubiera sido huir de casa a tiempo -algo que también está preparando: ha comprado algunos muebles y se ha organizado con gente que podrían ser buenos compañeros de piso-; donará un órgano, la familia se queja, pero no cesa su apoyo -hubo una intervención, al final de ella el hermano lo abrazó, la madre se lamentaba aunque no dejaba de pensar que era lo mejor, la cuñada era un satélite en órbita, el joven lloraba como hace más de una década que no lo hacía, ¿el padre?, el padre puede irse mucho hacia los confines de ninguna parte-.
Hay amigos, hay videojuegos. Series, libros, muchos muchos libros (Paco Goldman y una novela que lo exasperan hacen que todos los días se descarne un poco). Está Scorsese, Iñárritu, la familia Coppola. Hay caricaturas (The hall of egress), hay muy poco animé. Hay mucho sol a pesar de que el día dura poco. Las noches son largas e inquietantes. Los sueños son cada vez menos recurrentes. En la mayoría de ellos aparece Nereida -el único nombre que le gusta pronunciar-. Siempre dedica una parte del día para pensar en ella, la rebusca en los libros, en las imágenes, en el polvo, en la hierba.
Ahí va, se repite de noche, cuando los días lo desgastan y a penas cabe en su cuerpo la voluntad de escribir algo que lo haga encontrarse consigo mismo. Ahí va, se dice y teclea, quiere que la escritura le dé el espaldarazo que lo haga insistir en los días: ahí vas, Omar, ahí vas.
24 de febrero de 2017
Juego con una ouija para hallarme con personas en pena, para lucrar con ellas y escribir un nuevo cuento. A ti te encuentro, Ernesto, cavilando en genuflexiones. Eres humo o eres vapor. A ti te llamo:
Me llamo Ernesto, Ernesto Rojo. Cargo con un muerto, que es más grande y más pesado que cargar con una culpa.
Cargo con su presencia, tan oscura como una sombra. Viene sin que la nombre y se queda aquí conmigo haciéndome escalofríos o comiéndose mi sueño de cada noche.
-Déjame estar solo aquí -a veces le pido, y el no es un helado vació de noche que me tulle los codos y las rodillas hasta doblarme.
12 de febrero de 2017
Poema-Xalapa
Encontré un poema que escribí hace tres años cuando estuve en Xalapa. No dejo de aburrir con eso, es de las mejores experiencias que he tenido.
Neblina
Estoy tan en medio de las nubes
que se me está enmoheciendo el corazón,
que se me está enmoheciendo el corazón,
se musga mi carne y los verdores me encierran
y la neblina nada tiene que ver
porque yo ya había llegado insólito
a los vapores o humos de aquí
hace ya muchos sueños.
y la neblina nada tiene que ver
porque yo ya había llegado insólito
a los vapores o humos de aquí
hace ya muchos sueños.
9 de febrero de 2017
Raíces del corazón
Quiero pensar que no empiezan así las tragedias; que no hace falta la austeridad para unir a las familias.
Poco a poco se va perdiendo la providencia: se acaban los buenos negocios, se venden los carros y los inmuebles. ¿Pronto nos pagaremos la frase "todo salió bien"?
Nos abrazamos. Somos un gran árbol de fuertes arterias.
2 de febrero de 2017
Yo sé que sí
La madre y yo nos despedimos con mucha anticipación, todavía no me voy, pero nos preparamos. Le pregunto por las cosas que podré saquear de la casa y entre risas me dice qué sí y qué no, así: tuerce los labios a un lado y al otro junto con un gruñido, luego suelta un "ya qué" o un "estás loco", según sea.
"Yo sé que los dos nos vamos a extrañar", me dice, mi madre es muy linda, siempre lo ha sido. Yo le contesto que sí, que seguro; le pido que no me extrañe mucho, "Es más, cuando me extrañes haz pozole verde y no tardaré en llegar" le digo como una broma, por supuesto, porque podrá haber melancolía, o tristeza o resentimientos o vergüenza o furia entre nosotros, pero nunca dejamos el humor, nos moriríamos si luego de herirnos no nos hacemos reír. "Te voy a sustituir por un perro", me dice y río, aunque no sé si es cierto.
Miro mi sombra, es mi efigie. Soy Omar, el tercero de tres hijos (ahora el segundo de dos), ya tengo 26 años y aún orino la taza, a veces dejo migajas en la mesa y las cosas que me hago de comer no me gustan mucho; soy el único de los Tiscareño que terminó una carrera pero eso no es orgullo de nadie porque no gano ni siquiera lo mismo que mi hermano, ni tengo un auto, ni una casa propia y parece que voy para ser siempre solo. Y me gusta ser quien soy y me alegro de haber podido obtener todo lo que tengo: libros, palabras (muchas muchas palabras que, aunque tropiezan cuando las uso, no dejan de ser y de dar batalla), amigos y un enorme baúl en donde guardo tanto las cosas que no me gustan como las que sí.
Cómprate un perro, mamá, que no sea ni muy grande ni muy chico y que no sea mucho muy ruidoso cono Venzel. Y platícale todas las cosas del día: Ay, la señora Teresita, mamá de noséquién, o la fulanatal ayer hizo esto; y deja que el animal pare oreja, que incline la cabeza y se pregunté ¿qué estás contando?; y prepárale de comer algo y guárdalo en el refri, déjale una notita que diga "cómeme" y a tu comida ponle "¡no me comas!"; y platícale todos tus sueños, mamá, ésos en donde aparece Edgar con sus eternos 17 años y platícale durante horas de todas estas cosas que esta perra vida nos quiso hacer y no nos hizo nada porque la vida no nos duele.
-Yo sé que los dos nos vamos a extrañar
-Yo sé que sí
"Yo sé que los dos nos vamos a extrañar", me dice, mi madre es muy linda, siempre lo ha sido. Yo le contesto que sí, que seguro; le pido que no me extrañe mucho, "Es más, cuando me extrañes haz pozole verde y no tardaré en llegar" le digo como una broma, por supuesto, porque podrá haber melancolía, o tristeza o resentimientos o vergüenza o furia entre nosotros, pero nunca dejamos el humor, nos moriríamos si luego de herirnos no nos hacemos reír. "Te voy a sustituir por un perro", me dice y río, aunque no sé si es cierto.
Miro mi sombra, es mi efigie. Soy Omar, el tercero de tres hijos (ahora el segundo de dos), ya tengo 26 años y aún orino la taza, a veces dejo migajas en la mesa y las cosas que me hago de comer no me gustan mucho; soy el único de los Tiscareño que terminó una carrera pero eso no es orgullo de nadie porque no gano ni siquiera lo mismo que mi hermano, ni tengo un auto, ni una casa propia y parece que voy para ser siempre solo. Y me gusta ser quien soy y me alegro de haber podido obtener todo lo que tengo: libros, palabras (muchas muchas palabras que, aunque tropiezan cuando las uso, no dejan de ser y de dar batalla), amigos y un enorme baúl en donde guardo tanto las cosas que no me gustan como las que sí.
Cómprate un perro, mamá, que no sea ni muy grande ni muy chico y que no sea mucho muy ruidoso cono Venzel. Y platícale todas las cosas del día: Ay, la señora Teresita, mamá de noséquién, o la fulanatal ayer hizo esto; y deja que el animal pare oreja, que incline la cabeza y se pregunté ¿qué estás contando?; y prepárale de comer algo y guárdalo en el refri, déjale una notita que diga "cómeme" y a tu comida ponle "¡no me comas!"; y platícale todos tus sueños, mamá, ésos en donde aparece Edgar con sus eternos 17 años y platícale durante horas de todas estas cosas que esta perra vida nos quiso hacer y no nos hizo nada porque la vida no nos duele.
-Yo sé que los dos nos vamos a extrañar
-Yo sé que sí
20 de enero de 2017
Tragaluz
Tengo sueños en los que estoy frente a Magdalena semirecostado con los ojos cerrados y uno tercero abierto. Entonces mi cuerpo se amaga y no puedo volver de la hipnosis (algo que en verdad nunca ha sucedido, confío plenamente en este proceso que tanto me ha ayudado).
En las imágenes que se proyectan -que proyecto- está la silueta oscura de mi cuerpo, se confunde con enorme bolsa olvidada o con cualquier otra cosa sin utilidad, como las cajas o las maletas en donde mi mamá guardó la ropa de mi hermano durante años. Además de la descomposición geométrica de mi cuerpo, hay otra silueta que atisba desde la orilla de un muro, solo logro percibir su busto y su cabeza: tiene el cabello mediano y su pelo se ondula como hiedra que asciende; está a trasluz, el sol es poderoso y logra dorar todo el rededor. Sólo esa silueta y yo somos indefinidas.
He creído ahora, en consciencia, que se trata de Eme. Ella es solar y se cortó el cabello así -esos son todos los recursos que tengo para interpretarlo.
A veces -todavía-, cuando estoy con Eme, sin querer traspongo la imagen de Mónica sobre la de ella. (Qué horror de persona soy, Magdalena, ya sé: no debo de juzgarme, está bien, está bien). Me concentro en no exagerar y dejar que las cosas pasen. Soy muy dramático en ocasiones, quizá ni pasa así como lo cuento.
En los mejores días, alcanzo una sobriedad bárbara y logro explicar lo que pienso sin tropiezos. En esos días, al igual que descubrirse en un sueño, llega a mí la idea de la plenitud y no logro perdonármela.
Porque respiro y anhelo y segrego sudor y orino sin espuma y trago a veces sin tener hambre y, al derramar mi sangre -por la nariz o por las encías- todavía se puede decir que mi sangre es limpia. Y no logro tolerarlo. Una mano aparece, como la formación de una nube o vapor, y roza con sus dedos el costado derecho de mi torso, me hace cosquillas y me duele. Me duele mucho reír.
A veces -¡tantas veces!- me imagino aún con el líquido de contraste corriendo por mi cuerpo. Mi silueta frontal y entera, por ser tan oscura, dejan ver todos los espectros de mi interior sin la necesidad de un tomógrafo. Ahora mismo veo la imagen de un TAC abdominal y no logro disociarla con la que alguna vez se obtuvo de mí. ¿De qué sirve, qué es ahora esa imagen que está olvidada entre los archivos de un hospital lujoso?: es una costosa fotografía en blanco y negro de un cesto de basura.
En las imágenes que se proyectan -que proyecto- está la silueta oscura de mi cuerpo, se confunde con enorme bolsa olvidada o con cualquier otra cosa sin utilidad, como las cajas o las maletas en donde mi mamá guardó la ropa de mi hermano durante años. Además de la descomposición geométrica de mi cuerpo, hay otra silueta que atisba desde la orilla de un muro, solo logro percibir su busto y su cabeza: tiene el cabello mediano y su pelo se ondula como hiedra que asciende; está a trasluz, el sol es poderoso y logra dorar todo el rededor. Sólo esa silueta y yo somos indefinidas.
He creído ahora, en consciencia, que se trata de Eme. Ella es solar y se cortó el cabello así -esos son todos los recursos que tengo para interpretarlo.
A veces -todavía-, cuando estoy con Eme, sin querer traspongo la imagen de Mónica sobre la de ella. (Qué horror de persona soy, Magdalena, ya sé: no debo de juzgarme, está bien, está bien). Me concentro en no exagerar y dejar que las cosas pasen. Soy muy dramático en ocasiones, quizá ni pasa así como lo cuento.
En los mejores días, alcanzo una sobriedad bárbara y logro explicar lo que pienso sin tropiezos. En esos días, al igual que descubrirse en un sueño, llega a mí la idea de la plenitud y no logro perdonármela.
Porque respiro y anhelo y segrego sudor y orino sin espuma y trago a veces sin tener hambre y, al derramar mi sangre -por la nariz o por las encías- todavía se puede decir que mi sangre es limpia. Y no logro tolerarlo. Una mano aparece, como la formación de una nube o vapor, y roza con sus dedos el costado derecho de mi torso, me hace cosquillas y me duele. Me duele mucho reír.
A veces -¡tantas veces!- me imagino aún con el líquido de contraste corriendo por mi cuerpo. Mi silueta frontal y entera, por ser tan oscura, dejan ver todos los espectros de mi interior sin la necesidad de un tomógrafo. Ahora mismo veo la imagen de un TAC abdominal y no logro disociarla con la que alguna vez se obtuvo de mí. ¿De qué sirve, qué es ahora esa imagen que está olvidada entre los archivos de un hospital lujoso?: es una costosa fotografía en blanco y negro de un cesto de basura.
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| TAC abdominal con contraste |
5 de enero de 2017
Ventana sin cortinas
Duermo boca abajo, con la cara hundida en las almohadas. Dice mi hermano que si algún furtivo quisiera matarme, le bastaría un empujoncito en mi nuca con la punta de los dedos para un ahogamiento.
Eso dice mi hermano. ¿o lo digo yo? Siempre he dicho yo que lo dice mi hermano, lo he dicho más que él, si es que lo dijo él alguna vez.
No sé por qué eso de usar con otro nombre lo que me pasa. De esa manera acontecen mejor las cosas, creo.
Por ejemplo Mónica, a ella le gusta dormir desnuda y dejar la ventana abierta. Porque es sensual, porque un regimiento abandonaría la causa, o se autodestruiría con tal de detenerse para atisbar una noche su silueta oscura y dormida; imaginarla quieta, desnuda y sola.
Acá sucede diferente. Durante siglos, mi ineptitud para taladrar el concreto me ha llevado a soluciones bárbaras y precarias al momento de instalar cortinas. Luego de una exhaustiva guerra entre hombre y herramienta, me di cuenta que las cortinas ni siquiera son necesarias cuando la ventana da a las azoteas y muros de los vecinos. Ni modo, así es el hacinamiento en estas casas del sur. En el sur vivimos en casas que se amontonan para un abrazo colonial -¿se entendió el chiste?.
Siendo sincero, es cómodo dormir encuerado. Y aunque soy pudoroso, poco a poco me acostumbré a dormir así a un lado de una ventana sin cortinas. Dejé que me espiaran a sus anchas los ladrillos, los tinacos y las lagartijas.
La otra vez me despertó el ruido de una lavadora, así descubrí que las vecinas fincaron su segundo piso e hicieron su cuarto de lavado. Me incliné y me asomé a ver si era cierto que era una lavadora y mis ojos chocaron con una niña que se asomaba a hurtadillas detrás de una barda a no más de 5 metros. La panza se me sumió al espinazo del susto y se me ahogó el grito en la garganta. Demasiado espanto.
Así fue que me empeciné con el taladro y los clavos. No quiero tener a un regimiento fuera de mi ventana buscando al imbécil que se desnuda cerca de una niña. ¡Les bastaría un empujoncito para matarme!
Eso dice mi hermano. ¿o lo digo yo? Siempre he dicho yo que lo dice mi hermano, lo he dicho más que él, si es que lo dijo él alguna vez.
No sé por qué eso de usar con otro nombre lo que me pasa. De esa manera acontecen mejor las cosas, creo.
Por ejemplo Mónica, a ella le gusta dormir desnuda y dejar la ventana abierta. Porque es sensual, porque un regimiento abandonaría la causa, o se autodestruiría con tal de detenerse para atisbar una noche su silueta oscura y dormida; imaginarla quieta, desnuda y sola.
Acá sucede diferente. Durante siglos, mi ineptitud para taladrar el concreto me ha llevado a soluciones bárbaras y precarias al momento de instalar cortinas. Luego de una exhaustiva guerra entre hombre y herramienta, me di cuenta que las cortinas ni siquiera son necesarias cuando la ventana da a las azoteas y muros de los vecinos. Ni modo, así es el hacinamiento en estas casas del sur. En el sur vivimos en casas que se amontonan para un abrazo colonial -¿se entendió el chiste?.
Siendo sincero, es cómodo dormir encuerado. Y aunque soy pudoroso, poco a poco me acostumbré a dormir así a un lado de una ventana sin cortinas. Dejé que me espiaran a sus anchas los ladrillos, los tinacos y las lagartijas.
La otra vez me despertó el ruido de una lavadora, así descubrí que las vecinas fincaron su segundo piso e hicieron su cuarto de lavado. Me incliné y me asomé a ver si era cierto que era una lavadora y mis ojos chocaron con una niña que se asomaba a hurtadillas detrás de una barda a no más de 5 metros. La panza se me sumió al espinazo del susto y se me ahogó el grito en la garganta. Demasiado espanto.
Así fue que me empeciné con el taladro y los clavos. No quiero tener a un regimiento fuera de mi ventana buscando al imbécil que se desnuda cerca de una niña. ¡Les bastaría un empujoncito para matarme!
4 de enero de 2017
Bebé poeta
Brenda -esposita de Antonio- y Antonio -esposito de Brenda- se encaran, se anudan los brazos y juegan a quebrarse los pies siguiendo los ritmos de una canción pupular, la la laralá.
Un amigo detiene a su bebé triste -su bebé es poeta, así son las cosas, ni modo, qué hacer: papás felices equal bebés poetas-; es un bebé que nada de muertito sobre los brazos ajenos y no le da por llorar porque los bebés tristes, los que son de verdad tristes, saben que llorar para atraer la atención no es propio de la melancolía, pero sí de la vanidad, algo a lo que rehuyen con espanto los bebés poetas.
Por eso, cuando bebé triste quiere llamar la atención, hace un silencio poderoso para asustar a los padres:
-¿Qué tiene el niño, esposita mía?
-No lo sé, esposito, por qué lo dices
-No le notas que su silencio no es habitual
-Ay, Antonio, qué cosas dices. Olvidas que es un bebé poeta y los bebés poetas no hacen ruido.
-Lo sé, lo sé, esa es nuestra cruz, pero... ¿notaste que los grillos también se callaron?
-Ahora que lo mencionas, sí
-Y que el ronroneo del refrigerador y los pitidos de tus pájaros tampoco se escuchan
-Sí-sí, lo noto ahora
-Y tú Brenda... que no estabas cantando
-Lo estaba haciendo, pero... ahora todo tiene sentido: de pronto dejé de hacerlo y me senté a ver el techo, y no sé, sólo ya no quise hacer nada.
-Entiendo qué es lo que pasa. Entonces, ve por el niño
-¿por qué no vas tú, Antonio? -después se miran y luego de sentirse extraños van juntos a atender al bebé.
Lo que ahí sucede es que bebé poeta tiene algo, y les acontece a los padres que cada que tiene hambre o sed o necesita algún servicio, se aquieta y se deplora sin decir nada hasta crear un aura que se amplía y se detecta cada vez más.
Justo como ahora, en esta fiesta, que esposito Antonio y esposita Brenda se enredan los pies y los brazos y hacen un nudo sincero que se mueve según la música. Al final, esposita siembra besos en la cara de su pareja de baile y sin decirle le recuerda por qué son un par.
II
pendiente...
Un amigo detiene a su bebé triste -su bebé es poeta, así son las cosas, ni modo, qué hacer: papás felices equal bebés poetas-; es un bebé que nada de muertito sobre los brazos ajenos y no le da por llorar porque los bebés tristes, los que son de verdad tristes, saben que llorar para atraer la atención no es propio de la melancolía, pero sí de la vanidad, algo a lo que rehuyen con espanto los bebés poetas.
Por eso, cuando bebé triste quiere llamar la atención, hace un silencio poderoso para asustar a los padres:
-¿Qué tiene el niño, esposita mía?
-No lo sé, esposito, por qué lo dices
-No le notas que su silencio no es habitual
-Ay, Antonio, qué cosas dices. Olvidas que es un bebé poeta y los bebés poetas no hacen ruido.
-Lo sé, lo sé, esa es nuestra cruz, pero... ¿notaste que los grillos también se callaron?
-Ahora que lo mencionas, sí
-Y que el ronroneo del refrigerador y los pitidos de tus pájaros tampoco se escuchan
-Sí-sí, lo noto ahora
-Y tú Brenda... que no estabas cantando
-Lo estaba haciendo, pero... ahora todo tiene sentido: de pronto dejé de hacerlo y me senté a ver el techo, y no sé, sólo ya no quise hacer nada.
-Entiendo qué es lo que pasa. Entonces, ve por el niño
-¿por qué no vas tú, Antonio? -después se miran y luego de sentirse extraños van juntos a atender al bebé.
Lo que ahí sucede es que bebé poeta tiene algo, y les acontece a los padres que cada que tiene hambre o sed o necesita algún servicio, se aquieta y se deplora sin decir nada hasta crear un aura que se amplía y se detecta cada vez más.
Justo como ahora, en esta fiesta, que esposito Antonio y esposita Brenda se enredan los pies y los brazos y hacen un nudo sincero que se mueve según la música. Al final, esposita siembra besos en la cara de su pareja de baile y sin decirle le recuerda por qué son un par.
II
pendiente...
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