La calle es estrecha, el camino corto, las nubes altas -altísimas-, la tierra caliente. En sus ojos hay arena, en su boca piedras; tiene la voz apocada y respira hondo, es lo que mejor le escucho. Tiene muy pocos recuerdos -a veces los inventa-, imagina las cosas que serán y se lamenta por lo que no ha sido. Desde esta esquina, donde la dejo, el zaguán parece blanco, pero tiene muy poca luz.
--Me siento vencida por esa casa, es como una bestia que me devora, me pudro adentro; mas esa bestia es por demás repugnante pues vuelve a tragar de lo que regurgita.
Entra con la cabeza gacha al zaguán, parece que su sombra le va sujetando los pies por debajo, cierra la puerta y desaparece.
-Omar Tiscareño-