Que tiene algo de alegre tu compañía,
y que en otras formas como lo imagino,
es parecido al temple
de esos volcanes que viven en islas pequeñas
5 de enero de 2019
29 de noviembre de 2018
Una mujer que escribe y que hace un jardín en su laberinto. Que guarda las flores en sus manos, como un pequeño rosario de reveses, para que renazcan; que acompaña, con su respiración, el vapor de los sueños.
Si cierro los ojos, la veo también con sus pies en el río de allá, de la selva a la que fuimos (la imaginé como un fruto del agua).
Guardo bien las palabras con las que la nombro todavía.
Si cierro los ojos, la veo también con sus pies en el río de allá, de la selva a la que fuimos (la imaginé como un fruto del agua).
Guardo bien las palabras con las que la nombro todavía.
5 de noviembre de 2018
Maremágnum
Qué es esto, que a veces se me presenta como una hojita de clavo bajo la lengua,
Que se desliza por la mitad de mi cuerpo, que digo yo que es vertiginoso.
Este frío que me jala el órgano desde adentro.
Por qué estos sueños en los que derramo la sangre y la orina,
En los que se desdibujan los espectros bajo mi carne, en donde se modula el miedo con sudoraciones y espasmos.
A qué me debo con tanta culpa.
Porque existo y me niego a decir que es otra cosa, me enjuago en el maremágnum que clama mi nombre, que lo exige para colgarlo en lo alto bajo del sol
Y todavía me atrevo a decir, que soy el de la conciencia que se desanuda, que se descascara;
Que me reconozco a la orilla de cualquier calificativo.
24 de septiembre de 2018
Descascarar
El joven identificó en un capitulo de una serie que es un tema común: Don se siente desconcertado y escribe para ordenarse y nada para aclarar dudas, por eso el joven no deja de hacerlo, para no olvidar este recurso que lo reconcilia consigo mismo.
Aunque ya no con la misma frecuencia, el joven teclea de vez en vez y trata de desanudar un poco el mundo, el suyo: la chica que lo acompaña -o él a ella-; la cajita donde labora; las venitas que abrazan al corazón del hermano. Tantas cosas. Y escribe y piensa y planea, como si la risa de dios no resonara tan fuerte.
uno.
Leyó o releyó Mejor que arder, de Lispector. Le da risa que en verdad sí sea tan fácil descascarar el mundo, doblar los líos mitad tras mitad hasta que quepan en un puño. Qué fácil es resolver el mundo cuando se tienen ganas de habitarlo, piensa, pero el joven qué sabe, él se repite todos los días a sí mismo, como la condena de los fantasmas, y asegura que sí se puede ser feliz, aunque por ejemplo, Valenzuela le repita que no, que así no se puede vivir, no no no, pero ella qué sabe.
dos.
Se cuestiona si el asunto se quedará sólo entre ellos, rigurosamente entre ellos. Seguro que no, pero se dice, como se suele decir, que va a llevar esto con dignidad, que dejará de lado las voces de esbirros o aliados y que sólo dejará la puerta abierta para que pase ese río de flores que se prometieron dibujar con palabras que se le ocurrieran a los dos.
9 de agosto de 2018
Diana se encuentra a su ex pareja
Un poco más
Creí que, al vernos, me llamaría por mi nombre y yo por el suyo,
que practicaríamos ese saludo que había ensayado hace tanto,
que nos miraríamos a los ojos y no nos aguantaríamos las ganas de admitir que de nada sirve la serenidad ni la prudencia
Y que, con todo lo demás, pensé que podría platicarle que crecí uno punto tres centímetros, pero que cuando estoy dormida o me ilusiono mucho, crezco un poco, un poquito más
Ort
4 de agosto de 2018
Al alba
Se acerca la hora de emitir un juicio ¿Qué dirá? ¿Qué es eso que lo salvará? Nada.
El joven se detiene; detrás están algunos que lo observan. Las miradas se le acumulan en la nuca -una deseara tener la contundencia férrea para desplomarlo de un golpe-. ¿Qué va a decir? ¿Lo correcto, lo honorable; una apología, un verso? Nada.
¿Qué dirías tú, Coetzee? ¿Qué habrías hecho tú, Eliot? O tú, Paz, dinos de una vez. Porque no me queda claro qué hacen los hombres intachables.
El joven se cuestiona si pesa más la culpa o el rencor, y luego de dilucidar un rato, concluye que sí: es hermoso el gorjeo de los pájaros al alba.
3 de agosto de 2018
Enemigo callado
Y como no tenía un enemigo real, quise inventarme uno para mantenerme siempre alerta: un descuido o un error mío (que surgiría de un falso pastoreo o de un espacio hueco para un pivote), me haría maldecir el resto de la vida.
Escogí el nombre y el apellido más insignificante que conocía y luego lo reduje sólo a Pérez: el de la poética subversiva, el del periodicazo en el hocico, el que se busca la propia cola para oliscarla como un uroboros de las suciedades. Le di talla, y aunque hice justicia con las proporciones, fue una figura maltrecha y reducida.
A veces, cuando tengo mal aliento, le grito largas maljurias a la cara, y en otras ocasiones, le pregunto que si conoce el sabor de los dátiles o el olor de las montañas níveas, pero no me dice nada.
31 de julio de 2018
Persecución
Es un sueño en el que Pérez camina detrás de mi, a mi paso, sin alcanzarme.
Yo vengo de la universidad, atravesaré un par de jardines para tomar el autobús y estoy enfadado con Pérez porque otra vez se empeña en perseguirme para que le dé un perdón o algo así. Yo no lo quiero ni ver.
Le digo, deja ya, lárgate, ¿que no te ocupas en algo más que en fastidiar? Y él retrocede, pero vuelve a mis pasos cuando regreso a mi camino.
No sé qué le pasa a Pérez, que quiere de mí. Dice que me ha hecho daño, me fastidia esa vocecita que tiene, de falsa inocencia.
Está detrás de mí en la parada del autobús. Al llegar mi ruta, subo y justo en el tercer escalón del estribo volteo y le doy un tremendo zapatazo en el rostro para que no aborde. Cae al suelo de una. El chofer cierra de pronto la puerta y arranca como si huyéramos de algo. Todos aplauden, aplauden con mucho estrépito, se alzan de sus asientos, el ruido de las palmas es cada vez más ensordecedor.
Dos:
A veces el sueño es más sencillo. Doy la media vuelta en el jardín que está justo antes de la parada, y le digo que está bien, que me diga todo lo que tenga que decirme, pero él escapa como los pájaros que se sorprenden con las campanadas.
15 de julio de 2018
Protocolo del café en la oficina
Ay, mujer, cómo le vamos a hacer para salir de la crisis, si nos tomó tan poco preparados; nos agarró con la cafetera a medio hervir y con los ojos virando para el suelo en intermitencias de cansancio
y uno que está tan cansado de bendecir pañuelos a escondidas, de acurrucarse en pequeñas dosis de pésames y de ibuprofeno.
Eso nos pasa por autorregañarnos con las varitas más duras,
por no cargar con el impermeable cuando entristecemos,
por escatimar cuando se nos ve contentos
y el café que todavía no hierve.
Yo propongo, mujer, que mientras pensamos cómo le vamos a hacer para apaciguar nuestros piensos, no colguemos los dedos en el teclado un momento y nos enfoquemos en dos cosas, que son las màs importantes:
tú en sacar uñas y colorarlas, y yo en darle play al ruidero...
Ahora me preguntas que qué decías. Te digo que ya no sé, pero que sigas
y que ya casi está el café
y uno que está tan cansado de bendecir pañuelos a escondidas, de acurrucarse en pequeñas dosis de pésames y de ibuprofeno.
Eso nos pasa por autorregañarnos con las varitas más duras,
por no cargar con el impermeable cuando entristecemos,
por escatimar cuando se nos ve contentos
y el café que todavía no hierve.
Yo propongo, mujer, que mientras pensamos cómo le vamos a hacer para apaciguar nuestros piensos, no colguemos los dedos en el teclado un momento y nos enfoquemos en dos cosas, que son las màs importantes:
tú en sacar uñas y colorarlas, y yo en darle play al ruidero...
Ahora me preguntas que qué decías. Te digo que ya no sé, pero que sigas
y que ya casi está el café
22 de junio de 2018
A la cuenta de tres:
Uno:
Recuerdo más o menos que sí, que había un tiempo en que no tenía miedo de decir qué pensaba y hablaba casi siempre de corridito sin que la viergüenza me pusiera una pata para tirarme de nariz al suelo.
Qué pena me da ahora hablar y qué coraje me da ahora el mundo cuando me equivoco
¡Malditos mequetrefes!, grito a veces para desahogarme luego de mirar a todos lados para asegurarme de estar solo, no vaya a ser la de malas
No vaya a ser que me encuentre a ese que digo que tanto detesto -aunque no sea cierto- y nos hagamos de puños
No vaya a ser que alguien crea que en verdad estoy fúrico por maldecir a nadie y me quiera dar cátedra de controlar el enfado
No toleraría de nuevo escuchar que me tranquilice, que respire, que respire, que ya va a pasar.
No! No lo toleraría! He dicho que no!
Y sabes qué haría?:
Alzaría mi puño con el índice erguido y... y...
Qué pena decir...
Dos:
Porque da pena y da escozor que te encuentren siendo quien eres:
Soy el furioso, soy el que grita para desahogarse, soy el que tresta... tarasta... trastabillea
Qué pena hallarse a uno siendo quien es. Como olerle el aliento, verle el acné a alguien; encontrar una lágrima o un moco en la cara del otro, o las dos cosas más un gemido.
Qué pena ser alguien que llora -cúbrase bien el rostro cuando llore y asegúrese de gemir en silencio, no vaya a convocar al abrazo-
Yo pienso que somos más nosotros cuando lloramos que cuando reímos.
Por eso, cuando practico ser yo, me asomo a un lado y al otro para sentirme en secreto y me dispongo a la lágrima para que caiga al suelo sin que nada la detenga
Sin que nadie tenga que decirme ánimo, ya va a pasar, ya va a pasar, respira -como si no hiciera tal cosa-
Y media para las y...:
Recuerdo más o menos que sí. Que era valiente por mi inconsciencia: amarraba los dedos y apretaba los dientes, y a la cuenta de tres hacía eso que no me animaba
Decirle a Jazmín que me gustaba aunque su boca no fuera fresca,
Apurar el vaso con la bebida
Saltar de bruces al río
Y hasta detener la mota en los pulmones
Ahora a veces me digo que voy a contar hasta tres y que por favor, al final de la cuenta, que ya se haya ido eso que aqueja
20 de junio de 2018
Pláticas
Escribiré aquí algunas conversaciones muy graciosas que amigos han tenido con otras personas y me han platicado, y que no quisiera olvidar por lo mucho que me hicieron reír.
Baruch vs los deberes de la casa
Entra ella al hogar -desde el camino a casa ella se repetía “si Baruch no lavó el baño me voy a encabronar, si Baruch no lavó el baño me voy a encabronar, si Baruch el baño encabronar; Baruch, baño, encabronar”. Al cruzar la puerta, Baruch se levanta con estrépito del sofá y suelta el mando del Xbox.
-Valenzuela, ya veniste- le dice con voz nerviosa
contesta ella con desgano, lo mira adormilado, como si no se hubiera movido del sofá en todo el día
-Baruch, ¿verdad que hiciste ya tu parte de la limpieza?
-este... quería hablarte de eso
Valenzuela se muerde la comisura de los labios y se tuerce un poco los dedos para no estallar.
-qué me querías decir sobre eso?
-estaba pensando en que yo no debería limpiar el baño...
-qué estás diciendo, Baruch? Ya hemos platicado que todos vamos a hacer algo...
-Claro-claro, no es eso, me refiero a que yo debo hacer otra cosa, pero no el baño, eso no me debería tocar a mi
-Baruch...- a ella se le rompía la pasciencia
-es que, sabes? Estaba pensando en que yo no debería lavar el baño porque yo no lo ensucio
-qué estás diciendo, Baruch?
-sí, es en serio. Siento que yo no lo ensucio
-pero Baruch, todos usamos el baño, es el único de la casa
-ah claro, sí lo uso, pero no lo ensucio
-por dios, Baruch...
-es que deja te digo... yo cuando hago del dos, procuro que todo se vaya por el agujero del retrete y luego luego de que hago le jalo a la palanca para que se vaya rápido
Cuando me platico Valenzuela yo estallé de risa, pero ella al escuchar eso no daba crédito.
-Baruch, es en serio lo que me estás diciendo?
-Sí, en serio, todo lo hago rápido para que no se ensucie el baño, no son ni 20 segundos
-no puedo creer que lo digas en serio. A ver... mira: cuando haces popó...
Y luego le explicó de manera detallada sobre hacer del baño y sobre cómo hay gérmenes en todas partes.
¿Por qué no haces caviar?
Él llega a casa luego de trabajar, su madre le sirve de comer frijoles y le dice
-siempre comemos lo mismo. Ya un día deberías hacer otra cosa, ¿por qué no haces caviar?
-y eso qué es?
-pues carne, jefa, ¿qué más?
9 de junio de 2018
Apuntes VIII
El método
Esta mañana ha entrado de nuevo así -con furia, dando portazos en cualquier planicie-. Ilá reposaba en el sofá junto a mí y yo recién había tomado un libro y me disponía a leerlo, pero entonces escucho el escándalo de su llegada y le hago la señal a Athá para que sigamos el protocolo que hemos practicado durante tiempo.
La señal es ésta: sea ella o sea yo quien identifique la intromisión, nos miramos a la cara y gesticulamos como si fuéramos a lanzar un fuerte grito, pero sin separar los dientes, y cuando el otro lo ve, hacemos lo mismo para confirmar el entendimiento i got it, roger-roger.
El protocolo es éste: es difícil, pero la historia de los magiares y los bereberes nos ha demostrado que funciona -Athá-Ilá dice que lo leyó en un libro especializado en estas conductas, y le creo: fingimos nuestra desaparición, es decir, simulamos que no tenemos alma, que solo está nuestra parte orgánica con un mínimo funcionamiento, como respirar, parpadear, salivar, mover los bigotes y las orejas.
Los resultados son éstos: la última y única vez que pusimos en práctica nuestro método, nos había tomado por sorpresa; Jugábamos a que Athá me perseguía para morderme y yo escapaba de ella por toda la casa, dando tumbos y traspiés (nos divierte en demasía este juego porque a ella le da gracia verme dar estos saltitos para esquivar sus duras dentelladas y a mí me gusta que gastemos todas nuestras energías antes de dormir), aconteció, entonces, que entró esa presencia extraña y lancé mi careta a Athá para advertirle, pero ella no se dió cuenta y no se detuvo, me empujó con su enorme fuerza y caí con estrépito al suelo, aún así, conseguí lanzar de nuevo la señal y por fin, Athá-Ilá lo entendió. La presencia entró a la habitación donde estábamos con un fuerte grito, como si le llorara a un muerto, pero ni mi compañera ni yo hicimos nada, y nos recorrió el cuerpo completo y nos jaló un poco de los párpados para que lagrimáramos con ella, pero nos supimos comportar y no dijimos nada, ni nos pronunciamos al respecto hasta que se hartó de olisquearnos y se marchó. Esto fue un gran avance, porque en otras circunstancias hubiera hecho notar que me enfurece que hostigue a Ilá, y al hacer eso, la presencia queda satisfecha, regresa de nuevo al lugar por donde entró y pega una risa que dura en la casa durante varias semanas sin que Athá-Ilá o yo podemos ignorarla y esto, está demás decirlo, nos saca de quicio.
Esta mañana estamos de nuevo a prueba: entró de nuevo esa presencia extraña a la casa, tiró un portazo a la pared y se dirigió a nosotros (en la casa siempre estamos juntos). Ella envía la señal y yo la recibo. Esta vez la presencia parece entender lo que sucede y toma una nueva forma, la mía. Se acerca a Athá-Ilá y le grita que detesta su compañía siempre simulada e hipócrita, que la odia porque de nada ha servido haberla inventado y fingir que a veces estamos contentos "para qué demonios me sirve inventar una Athá-Ilá que sea inútil y melancólica" le grita, pero Ilá no responde, mantiene la respiración larga y tranquila que teníamos ensayado.
Como no funcionó con ella, vira conmigo con la forma de mi compañera; se sienta delante de mí y me tuerce los labios con un gesto malicioso "no estás fingiendo nada, este eres tú y este es tu comportamiento natural, ser una persona inmovilizada y sin trascendencia, y si te crees que al alejarme y cerrar las puertas y ventanas las cosas van a ser distintas, debo decirte que es un enorme fallo tuyo, porque tú crees que tu vida se desploma por mi culpa cuando sabes que esto no es cierto, yo vengo a recoger los restos de lo que tú te provocas", pero tampoco digo nada.
La presencia dice que con eso es suficiente y se retira. Yo, desde donde estoy, miro a Ilá y ella también me mira, no nos decimos nada. Mantenemos esta pose durante toda la tarde hasta llegar el anochecer. Después dormimos de la misma manera sin decirnos nada.
ort
6 de junio de 2018
De cómo perdí la vista
Para qué discutir sobre lo que seremos si aún no sabemos lo que somos
Granada. K.G.
Crucé por todos los pidemontes al norte de Bisharrí cuando tenía 14 años. Me perdí entre las cordilleras y los altos cedros y ya nadie supo de mí, ni de mi nombre, y pocos fueron los que me buscaron durante algún breve tiempo.
Llegué al Bosque de los Cedros de Dios y encontré al loco que vivía ahí. Le lloré y le dije que estaba perdido y él me dijo que qué más daba. Le confesé que yo quería salir. Me preguntó que si ya había encontrado lo que perdí y yo no entendí que quería saber con eso: Yo había huido de casa porque estaba fúrico, recordaba el rechazo de los padres y padecía aún el dolor de perder al hermano único ¿qué hacer ante tal desplome?
El loco me dijo que me quedara aquí y que tendría la alegría del olvido.
-Este es el bosque de Dios, y ellos -dijo al colocar una palma sobre un cedro-, ellos son los hombres que le han orado durante cientos de años.
Agradecí sus palabras y viré. Yo no he querido ser nunca un árbol, siempre he querido ser un pájaro de largos tañidos.
Dos:
Yo no soy policía ni de lo moral ni de lo inadmisible. El loco lo sabe, por eso puede andar desnudo delante de mí, o decir las cosas que dice sobre la gente. A veces quiero ser como el loco y decir las cosas que pienso desde lo más oscuro de mi corazón.
Algunas noches, cuando el loco finge no verme, simulo que lo hago: me desnudo y me coloco delante de los charcos y dejo caer mi Yo con estrépito. No sé si soy una pequeña hoja que cae de un árbol seco o florido.
Tres:
A veces el loco desentierra los hombres dormidos que hay en las raíces de los Cedros de Dios. Hoy adopté uno, nos ponemos de frente para platicar:
-Hace cientos de años, tal vez muchos más, las contradicciones eran más fáciles de resolver. La fe era ciega y absoluta aunque el llamado del cielo también era mudo.
No entendí. Nunca he querido entender.
Le ofrecí arándanos y dátiles, le ofrecí rodear otros árboles lejanos al de su custodia.
-Mínima liviandad, compañera de mi cuerpo ¿en dónde estás?
El loco le susurra que aún no es tiempo de volver, lo arrastra de la mano hasta su nicho. La mayoría de ellos, dice mientras rocía el cuerpo del hombre con tierra húmeda, la mayoría de ellos duermen incompletos, intranquilos.
16 de mayo de 2018
Fotografía del padre junto a una mujer
La cuarta vez que el padre cruzó la frontera lo hizo por avión, con documentos de una persona que se parecía mucho a él –mi padre es como muchos hombres. Ya había pisado el desierto, ya había montado a La Bestia y también ya había nadado por el río. Antes de irse esa cuarta y última vez, mi madre le insistía que ya mejor se quedara: pronto mi hermana y yo seríamos adultos y dejaríamos la casa eventualmente, para qué ese afán de volver al norte; pero mi padre respondió, como siempre le respondió, que tenía que hacerlo porque era su responsabilidad.
Mi padre se iba y no sabíamos nada de él por semanas: si el tren le atravesó el cuerpo, si el sol lo disecó por completo. Las noticias de su triunfo sobre el norte nos llegaban con una maleta repleta de muchas cosas para nosotros: celulares, computadoras, videojuegos, y a veces cartas con cosas que se le olvidaba decirnos antes de que se fuera.
No recuerdo si en la segunda o tercera vez que nos llegó esa maleta, encontramos un celular con fotografías suyas que olvidó borrar: paisajes de Estados Unidos y un poco de pornografía. Entre ese compilado extraño de erotismo vulgar y naturaleza muerta, había una fotografía de él muy cerca de una muchacha muy bonita, en un semi abrazo que delataba costumbre entre ambos cuerpos. Mi madre nos dijo que esa fotografía no la borráramos y que tampoco olvidáramos ese rostro, por si en algún momento le tengamos que poner un nombre.
ort
6 de mayo de 2018
Conjuro de la sangre sobre el fuego
dos:
En una mano empuña la daga, en la otra mi palma; se aferra a ambas por igual, y aunque no comprendo y me aterra el chirrido de la Flama al centro del recinto, no cerraré los ojos y confiaré.
Repite que no tiemble ni ahora ni después, con la cabeza le aseguro que ya no lo haré, que resistiré. Sin vacilar acerca el filo a mi palma y deja que se resbale en un tajo rápido y profundo, salta mi sangre y se irriga la Flama.
El grito se me ahoga en la garganta, la llama combustiona. Contaré hasta seis, dice, y si en ese momento no has sucumbido, nada te va a detener. Me mira con risa: Tú no estás preparado para esto.
Lo veo todo desde lo hondo de sus ojos: tirará de mi mano y la restregará sobre las brasas, y ella confiará en que yo no grite o que por impulso me aleje o le pida que se detenga, que le diga que tenía razón, que no estoy preparado para esto, que fue un error haber venido, que me arrepiento; ella continuará: dos, tres... y mi grito crecerá hasta no caber en el recinto y la Flama saldrá de esas piedras que la contienen y se elevará como si naciera de una larva. Si eso sucede, espero ser merecedor de su fuego, dejaré que el ardor me abrace hasta cumplir la transmutación, y entonces ya no rendiré los puños y mis ojos no segregarán más agua, y buscaré a mis enemigos, encontraré a mis enemigos, cuatro, cinco... Cuando encuentre a mis enemigos, no restallará mi odio sobre su espalda durante una tarde completa porque tendré en mente mejores cosas para ellos, ya nadie tendrá miedo, a nadie se le quebrará la voz, siempre arderá la luz.
Tú no estás preparado para esto, repite, y antes de que ella haga algo, despojo mi cuerpo por completo y me entrego a la Flama.
ort
En una mano empuña la daga, en la otra mi palma; se aferra a ambas por igual, y aunque no comprendo y me aterra el chirrido de la Flama al centro del recinto, no cerraré los ojos y confiaré.
Repite que no tiemble ni ahora ni después, con la cabeza le aseguro que ya no lo haré, que resistiré. Sin vacilar acerca el filo a mi palma y deja que se resbale en un tajo rápido y profundo, salta mi sangre y se irriga la Flama.
El grito se me ahoga en la garganta, la llama combustiona. Contaré hasta seis, dice, y si en ese momento no has sucumbido, nada te va a detener. Me mira con risa: Tú no estás preparado para esto.
Lo veo todo desde lo hondo de sus ojos: tirará de mi mano y la restregará sobre las brasas, y ella confiará en que yo no grite o que por impulso me aleje o le pida que se detenga, que le diga que tenía razón, que no estoy preparado para esto, que fue un error haber venido, que me arrepiento; ella continuará: dos, tres... y mi grito crecerá hasta no caber en el recinto y la Flama saldrá de esas piedras que la contienen y se elevará como si naciera de una larva. Si eso sucede, espero ser merecedor de su fuego, dejaré que el ardor me abrace hasta cumplir la transmutación, y entonces ya no rendiré los puños y mis ojos no segregarán más agua, y buscaré a mis enemigos, encontraré a mis enemigos, cuatro, cinco... Cuando encuentre a mis enemigos, no restallará mi odio sobre su espalda durante una tarde completa porque tendré en mente mejores cosas para ellos, ya nadie tendrá miedo, a nadie se le quebrará la voz, siempre arderá la luz.
Tú no estás preparado para esto, repite, y antes de que ella haga algo, despojo mi cuerpo por completo y me entrego a la Flama.
ort
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