IX Sobre el desvelo de las cosas ocultas
Mientras leo, Atha-Ilá ronda por la casa, de arriba abajo, de adentro a afuera. Olisquea esos huecos de la casa que ni siquiera sospecho que existen.
Doy vuelta a la página: Conrad habla sobre la verdad íntima que se esconde por suerte. Por suerte. Te lo debo a ti, Conrad, ocultar lo más puro en las hondas tinieblas, ahí en donde ni Atha-Ilá rastrearía así olfateara todos los días, en todos lados. Vuelta a la página.
Para el anochecer, Ilá ya estaba tendida en la alfombra, junto a mí. Los dos tirando bostezos mudos. Me hipnotiza sentir su respiración porque se mece en el viento con un aire cálido; me adormece su pelaje, hundiría mi cuerpo en ella. Sacudo el rostro: no es tiempo para dormir, pero descansa tú, Ilá, has estado muy activa. Voy a la cocina a preparar té. El cuerpo pesado, como si leer hubiera sido un largo sueño. Tal vez.
En la cocina está Maud otra vez. ¿Es en serio, Maud, es en serio? ¿de nuevo por aquí? ¿por dónde entras, con qué permiso?
De vez en vez, Maud llega de esta forma a la casa. Como la formación inmediata de las nubes. Pregunta cosas, me revisa. Me vaticina alguna enfermedad que tal vez ni exista y después se va luego de agotarme. Yo sé que quiere que le diga lo que pienso, pero justo ahora no pienso en nada. En nada. Pero si quiere, me esforzaré hasta expresar algunas palabras, aunque no tengan sentido, aunque solamente yo las entienda.
-...era un ejercicio desesperante, siempre me sentía perseguido por alguna cosa, ¿sabes?, algo que no podía definir: si era una persona, si era un pendiente que no había terminado, si era la culpa...
Maud me mira como si me entendiera de cabo a rabo, por completo, en excelencia. Como si decirlo fuera una repetición. Casi siento que su condescendencia me ofende.
-...y en ocasiones me siento bien librado, ¿sabes?, como si fuera un acróbata mortal, como si hubiera redes de seguridad al pie del acantilado. Me arrojo y lo sobrevuelo todo. Lo sobrevuelo...
No sé si es suficiente para Maud, nunca da la señal, ya sabes: un marcador discursivo, un chasquido de boca que dijera ¡por favor ya basta! ...por favor. Y desde siempre, desde que llega aquí con esta forma inesperada, me veo obligado a continuar porque también librarme de ella es un alivio.
-... lo peor de todo esto es que me reconozco en la lejanía, no me gusta para nada. Para nada. Porque sé que no se trata de mí, sé que yo estaré bien de alguna u otra manera, sin embargo...
Al decir lo último que digo, alzo la vista y Maud no está. Siempre olvida decir adiós o, cuando menos, gracias.
Hiervo el té. Lo sirvo. Regreso a la alfombra. Athá-Ilá me dice que si todo está bien, que me escuchó hablar. Le respondo que sí, que vuelva a su sueño. Tomo su oreja -un triángulo suave y terso- y la tuerzo con amabilidad. Ella la sacude como en automático. Ay, Ilá, qué no haría yo por ti.
Enfrento el sueño. Afuera, la luna es roja y el clima es de un azul que casi no reconozco.
omar tiscareño
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sobre lo muy hondo, lo muy oculto que tiene que ser expresado ante una voz en off. Y me siento libre, con una cadena al cuello que es eternamente larga. Conrad. Boris Vian y Melo.
5 de febrero de 2019
Nunca en nada
El señor Eliodoro ya no tiene la razón nunca en nada, y aun así no deja de opinar ni de defender lo que cree que es cierto. Todo el mundo se lo repetimos, con amabilidad, con molestia, con mofa: no, don Eli, no, así no es, usted esta mal, está equivocado, usted ya no sabe, no y no.
No lo haremos nunca entender, está casado consigo mismo.
Qué difícil de tratar es don Eliodoro, tan así que a veces guarda silencio sólo por contrariar.
Ort
No lo haremos nunca entender, está casado consigo mismo.
Qué difícil de tratar es don Eliodoro, tan así que a veces guarda silencio sólo por contrariar.
Ort
29 de enero de 2019
Jab
Que va a llegar de una u otra manera; te tomará desprevenido. No te dará tiempo ni de cerrar los ojos ni de apretar los puños, o de guardar atrás de los dientes esas cosas que ya no quieres repetir.
Y estás aquí tumbado; quieto, furioso, con un color que apenas reconoces ¿es el azul el color de los que responden al llamado de nuestros miedos?
Es así la amenaza, un golpe de jab del que nadie te avisa: jab, jab, gancho. Y tú qué te crees el dueño de los sentimientos férreos, jab, jab; el del inconmensurable cinismo, jab, jab.
Que va a llegar de una manera, que te tomará desprevenido. Jab-jab; picoteo del pecho
Y estás aquí tumbado; quieto, furioso, con un color que apenas reconoces ¿es el azul el color de los que responden al llamado de nuestros miedos?
Es así la amenaza, un golpe de jab del que nadie te avisa: jab, jab, gancho. Y tú qué te crees el dueño de los sentimientos férreos, jab, jab; el del inconmensurable cinismo, jab, jab.
Que va a llegar de una manera, que te tomará desprevenido. Jab-jab; picoteo del pecho
23 de enero de 2019
De cómo perdí la vista
Para qué discutir sobre lo que seremos si aún no sabemos lo que somos
Granada. K.G.
Crucé por todos los pidemontes al norte de Bisharrí cuando tenía 14 años. Me perdí entre las cordilleras y los altos cedros y ya nadie supo de mí, ni de mi nombre, y pocos fueron los que me buscaron durante algún breve tiempo.
Llegué al Bosque de los Cedros de Dios y encontré al loco que vivía ahí. Le lloré y le dije que estaba perdido y él me dijo que qué más daba. Le confesé que yo quería salir. Me preguntó que si ya había encontrado lo que perdí y yo no entendí que quería saber con eso: Yo había huido de casa porque estaba fúrico, recordaba el rechazo de los padres y padecía aún el dolor de perder al hermano único, ¿qué hacer ante tal desplome?
El loco me dijo que me quedara aquí y que tendría la alegría del olvido.
-Este es el Bosque de Dios, y ellos -dijo al colocar una palma sobre un cedro-, ellos son los hombres que le han orado durante cientos de años.
Agradecí sus palabras y viré. Yo no he querido ser nunca un árbol, siempre he querido ser un pájaro de largos tañidos.
Dos:
Yo no soy centinela ni de lo moral ni de lo inadmisible. El loco lo sabe, por eso puede andar desnudo delante de mí, o decir las cosas que dice sobre la gente. A veces quiero ser como el loco y decir las cosas que pienso desde lo más oscuro de mi corazón.
Algunas noches, cuando el loco finge no verme, simulo que lo hago: me desnudo y me coloco delante de los charcos y dejo caer mi Yo con estrépito.
No sé si soy una pequeña hoja que cae de un árbol seco o florido.
Tres:
A veces el loco desentierra los hombres dormidos que hay en las raíces de los Cedros de Dios. Hoy adopté uno, nos ponemos de frente para platicar:
-Hace cientos de años, tal vez muchos más, las contradicciones eran más fáciles de resolver. La fe era ciega y absoluta aunque el llamado del cielo también era mudo.
No entendí. Nunca he querido entender.
Le ofrecí arándanos y dátiles, le ofrecí rodear otros árboles lejanos al de su custodia.
-Mínima liviandad, compañera de mi cuerpo, ¿en dónde estás?
El loco le susurra que aún no es tiempo de volver, lo arrastra de la mano hasta su nicho. La mayoría de ellos, dice mientras rocía el cuerpo del hombre con tierra húmeda, duermen incompletos, intranquilos.
Esa noche soñé que los cedros crecían tan alto que alcanzaban al cielo con la última hoja de su altura.
Cuatro:
"Había un poco más de gente conmigo, había consuelo y certidumbre", dice el loco, "ser feliz no era una tarea personal y tampoco difícil.
"Pero ahora vivo solo, entre gente que duerme entre raíces y sueña que hace cosas buenas, a nadie le rinden explicaciones sobre sus actos y aún así se sienten bendecidos.
"Pero yo no me siento solo, ni me siento rodeado de gente que se equivoca.
"¿a quién le debemos la inexorable libertad de aceptar nuestro destino o de eludirlo?".
Amœnus
Recuerdo las mañanas colmadas de un aire cálido, del tacto rosa que se dejaba caer como hojas de jacaranda; su abdomen horizontal; mis ojos habituados a los suyos, al diario desgaste de la compañía.
-¿qué escuchas?
-un pájaro, las hojas de este, ese y ese árbol, la gente, otro pájaro, una música lejana.
El movimiento tranquilo de nuestros labios que se agazapan, de peces que hierven en el viento.
-¿qué escuchas?
-un pájaro, las hojas de este, ese y ese árbol, la gente, otro pájaro, una música lejana.
El movimiento tranquilo de nuestros labios que se agazapan, de peces que hierven en el viento.
22 de enero de 2019
Asta
Un ser con astas que teme la embestida
que rehusa su cornada
Pisa la orilla de un río largo y quieto,
y sorbe
Mira los peces que juegan a una persecución invisible
Y la danza es ágil e intrépida
como el movimiento de los pájaros
o de otro animal que no se detiene cuando es sorprendido
ort
que rehusa su cornada
Pisa la orilla de un río largo y quieto,
y sorbe
Mira los peces que juegan a una persecución invisible
Y la danza es ágil e intrépida
como el movimiento de los pájaros
o de otro animal que no se detiene cuando es sorprendido
ort
5 de enero de 2019
29 de noviembre de 2018
Una mujer que escribe y que hace un jardín en su laberinto. Que guarda las flores en sus manos, como un pequeño rosario de reveses, para que renazcan; que acompaña, con su respiración, el vapor de los sueños.
Si cierro los ojos, la veo también con sus pies en el río de allá, de la selva a la que fuimos (la imaginé como un fruto del agua).
Guardo bien las palabras con las que la nombro todavía.
Si cierro los ojos, la veo también con sus pies en el río de allá, de la selva a la que fuimos (la imaginé como un fruto del agua).
Guardo bien las palabras con las que la nombro todavía.
5 de noviembre de 2018
Maremágnum
Qué es esto, que a veces se me presenta como una hojita de clavo bajo la lengua,
Que se desliza por la mitad de mi cuerpo, que digo yo que es vertiginoso.
Este frío que me jala el órgano desde adentro.
Por qué estos sueños en los que derramo la sangre y la orina,
En los que se desdibujan los espectros bajo mi carne, en donde se modula el miedo con sudoraciones y espasmos.
A qué me debo con tanta culpa.
Porque existo y me niego a decir que es otra cosa, me enjuago en el maremágnum que clama mi nombre, que lo exige para colgarlo en lo alto bajo del sol
Y todavía me atrevo a decir, que soy el de la conciencia que se desanuda, que se descascara;
Que me reconozco a la orilla de cualquier calificativo.
24 de septiembre de 2018
Descascarar
El joven identificó en un capitulo de una serie que es un tema común: Don se siente desconcertado y escribe para ordenarse y nada para aclarar dudas, por eso el joven no deja de hacerlo, para no olvidar este recurso que lo reconcilia consigo mismo.
Aunque ya no con la misma frecuencia, el joven teclea de vez en vez y trata de desanudar un poco el mundo, el suyo: la chica que lo acompaña -o él a ella-; la cajita donde labora; las venitas que abrazan al corazón del hermano. Tantas cosas. Y escribe y piensa y planea, como si la risa de dios no resonara tan fuerte.
uno.
Leyó o releyó Mejor que arder, de Lispector. Le da risa que en verdad sí sea tan fácil descascarar el mundo, doblar los líos mitad tras mitad hasta que quepan en un puño. Qué fácil es resolver el mundo cuando se tienen ganas de habitarlo, piensa, pero el joven qué sabe, él se repite todos los días a sí mismo, como la condena de los fantasmas, y asegura que sí se puede ser feliz, aunque por ejemplo, Valenzuela le repita que no, que así no se puede vivir, no no no, pero ella qué sabe.
dos.
Se cuestiona si el asunto se quedará sólo entre ellos, rigurosamente entre ellos. Seguro que no, pero se dice, como se suele decir, que va a llevar esto con dignidad, que dejará de lado las voces de esbirros o aliados y que sólo dejará la puerta abierta para que pase ese río de flores que se prometieron dibujar con palabras que se le ocurrieran a los dos.
9 de agosto de 2018
Diana se encuentra a su ex pareja
Un poco más
Creí que, al vernos, me llamaría por mi nombre y yo por el suyo,
que practicaríamos ese saludo que había ensayado hace tanto,
que nos miraríamos a los ojos y no nos aguantaríamos las ganas de admitir que de nada sirve la serenidad ni la prudencia
Y que, con todo lo demás, pensé que podría platicarle que crecí uno punto tres centímetros, pero que cuando estoy dormida o me ilusiono mucho, crezco un poco, un poquito más
Ort
4 de agosto de 2018
Al alba
Se acerca la hora de emitir un juicio ¿Qué dirá? ¿Qué es eso que lo salvará? Nada.
El joven se detiene; detrás están algunos que lo observan. Las miradas se le acumulan en la nuca -una deseara tener la contundencia férrea para desplomarlo de un golpe-. ¿Qué va a decir? ¿Lo correcto, lo honorable; una apología, un verso? Nada.
¿Qué dirías tú, Coetzee? ¿Qué habrías hecho tú, Eliot? O tú, Paz, dinos de una vez. Porque no me queda claro qué hacen los hombres intachables.
El joven se cuestiona si pesa más la culpa o el rencor, y luego de dilucidar un rato, concluye que sí: es hermoso el gorjeo de los pájaros al alba.
3 de agosto de 2018
Enemigo callado
Y como no tenía un enemigo real, quise inventarme uno para mantenerme siempre alerta: un descuido o un error mío (que surgiría de un falso pastoreo o de un espacio hueco para un pivote), me haría maldecir el resto de la vida.
Escogí el nombre y el apellido más insignificante que conocía y luego lo reduje sólo a Pérez: el de la poética subversiva, el del periodicazo en el hocico, el que se busca la propia cola para oliscarla como un uroboros de las suciedades. Le di talla, y aunque hice justicia con las proporciones, fue una figura maltrecha y reducida.
A veces, cuando tengo mal aliento, le grito largas maljurias a la cara, y en otras ocasiones, le pregunto que si conoce el sabor de los dátiles o el olor de las montañas níveas, pero no me dice nada.
31 de julio de 2018
Persecución
Es un sueño en el que Pérez camina detrás de mi, a mi paso, sin alcanzarme.
Yo vengo de la universidad, atravesaré un par de jardines para tomar el autobús y estoy enfadado con Pérez porque otra vez se empeña en perseguirme para que le dé un perdón o algo así. Yo no lo quiero ni ver.
Le digo, deja ya, lárgate, ¿que no te ocupas en algo más que en fastidiar? Y él retrocede, pero vuelve a mis pasos cuando regreso a mi camino.
No sé qué le pasa a Pérez, que quiere de mí. Dice que me ha hecho daño, me fastidia esa vocecita que tiene, de falsa inocencia.
Está detrás de mí en la parada del autobús. Al llegar mi ruta, subo y justo en el tercer escalón del estribo volteo y le doy un tremendo zapatazo en el rostro para que no aborde. Cae al suelo de una. El chofer cierra de pronto la puerta y arranca como si huyéramos de algo. Todos aplauden, aplauden con mucho estrépito, se alzan de sus asientos, el ruido de las palmas es cada vez más ensordecedor.
Dos:
A veces el sueño es más sencillo. Doy la media vuelta en el jardín que está justo antes de la parada, y le digo que está bien, que me diga todo lo que tenga que decirme, pero él escapa como los pájaros que se sorprenden con las campanadas.
15 de julio de 2018
Protocolo del café en la oficina
Ay, mujer, cómo le vamos a hacer para salir de la crisis, si nos tomó tan poco preparados; nos agarró con la cafetera a medio hervir y con los ojos virando para el suelo en intermitencias de cansancio
y uno que está tan cansado de bendecir pañuelos a escondidas, de acurrucarse en pequeñas dosis de pésames y de ibuprofeno.
Eso nos pasa por autorregañarnos con las varitas más duras,
por no cargar con el impermeable cuando entristecemos,
por escatimar cuando se nos ve contentos
y el café que todavía no hierve.
Yo propongo, mujer, que mientras pensamos cómo le vamos a hacer para apaciguar nuestros piensos, no colguemos los dedos en el teclado un momento y nos enfoquemos en dos cosas, que son las màs importantes:
tú en sacar uñas y colorarlas, y yo en darle play al ruidero...
Ahora me preguntas que qué decías. Te digo que ya no sé, pero que sigas
y que ya casi está el café
y uno que está tan cansado de bendecir pañuelos a escondidas, de acurrucarse en pequeñas dosis de pésames y de ibuprofeno.
Eso nos pasa por autorregañarnos con las varitas más duras,
por no cargar con el impermeable cuando entristecemos,
por escatimar cuando se nos ve contentos
y el café que todavía no hierve.
Yo propongo, mujer, que mientras pensamos cómo le vamos a hacer para apaciguar nuestros piensos, no colguemos los dedos en el teclado un momento y nos enfoquemos en dos cosas, que son las màs importantes:
tú en sacar uñas y colorarlas, y yo en darle play al ruidero...
Ahora me preguntas que qué decías. Te digo que ya no sé, pero que sigas
y que ya casi está el café
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