Sería tan terrible alejarse sin tener la razón. Como irse de casa sin cerrar la puerta y tener la sensación de que te van a hurtar, que sería tu culpa por cometer un error. Y todavía darle explicaciones a las personas de las cosas que haces y no haces.
Qué tan absurdo sería no tener la razón. Descolocar la coherencia interna donde todo es lógico en la propiavisión: ¿qué buscas al tener la razón, si la verdad son peces huídizos en estanques turbios?
De alguna manera hay que regular al mundo, hay que darle un orden a lo incierto y lo caótico, sentir que la ilusión de control está en nuestras manos, que nuestras desiciones son las correctas sin son causas justas. No querría caer tan incipiente a la locura si estos hilos que he desanudado son cabellos y los cabellos son hilos; que la luz y el gas fueron las paredes de mi mente, que me he mantenido en control engañándome; y que, si no ha sido posible solucionar los conflictos interpersonales, al menos me he mantenido limpia en mi integridad, que es lo que más me ha dañado esto de mantener relaciones inconsistentes, mustias e insensatas.
Quiero elevar la razón a la defensa del yo. Decidir con qué voy a reinterpretar la realidad y quedarme con lo que me construya, degradar lo que intentó reconfigurarme a su modo para que pudiera irse con la conciencia traquila. Tan moralino él.
He vuelto para cerrar con llave una casa que voy a abandonar. Tener la razón es mantenerme cuerda. No puedo arrepentirme de esto.